Valeria muere asesinada por su esposo, Alejandro, un empresario frío y perfecto ante el mundo.
Pero despierta 8 años en el pasado, antes de conocerlo.
Decide cambiar su destino, evitar ese matrimonio…
y vivir una vida tranquila.
Lo que no sabe es que en su vida pasada, ella ignoró a la única persona que realmente intentó amarla.
El hombre que siempre estuvo a su lado…
pero al que nunca miró.
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Capítulo 17: Las reglas del juego
La lluvia seguía cayendo sobre la ciudad, un muro gris que parecía reflejar el torbellino dentro del pecho de Valeria. Corrió por las calles empapadas, ignorando el frío que se le metía en los huesos, ignorando las miradas de los pocos transeúntes que se refugiaban bajo los aleros de los edificios. Solo había un destino en su mente, un único puerto seguro en la tormenta que su vida se había convertido.
Llegó al edificio de Laura sin aliento, con la ropa pegada al cuerpo y el pelo pegado a la cara en mechones oscuros. Golpeó la puerta con los puños, con una desesperación que no intentaba ocultar.
Laura abrió casi de inmediato, como si estuviera esperando junto a la cerradura. Al ver el estado de su prima, sus ojos se llenaron de un terror inmediato.
—¿Qué pasó? ¿Te hizo algo? ¿Te siguió?
Valeria entró tropezando, dejando un charco en el suelo de madera. Se dejó caer en el sofá, temblando no solo de frío, sino de una rabia tan pura y concentrada que le impedía hablar.
—Se llevó a Daniel —logró articular finalmente, con una voz que sonaba rota—. Lo mandó lejos. Le compro un futuro para que desapareciera de mi vida.
Laura se quedó paralizada. Luego, lentamente, cerró la puerta y se acercó a ella, arrodillándose para tomarle las manos heladas.
—¿Cómo?
—Una beca. Europa. No sé los detalles. Solo sé que Daniel se fue esta mañana, sin avisar, sin despedirse, dejando todo atrás. Y Alejandro me lo dijo como quien habla del clima. Como si fuera un favor. Como si hubiera hecho algo bueno.
—Maldito... —siseó Laura, apretando los dientes—. Maldito bastardo. Es su firma. Aislar a la presa. Hacerte sentir sola, pequeña, sin recursos. Mi ex hacía lo mismo, pero a escala menor. Él... él tiene los recursos para hacerlo a lo grande.
—Creí que tenía el control. Creí que si documentábamos, si íbamos con cuidado... pero él no juega con las mismas reglas. Él no ve personas, Laura. Ve piezas. Y él mueve las piezas a su antojo. Daniel era... Daniel era una pieza que estorbaba.
—¿Y ahora qué? ¿Qué vas a hacer?
Valeria levantó la cabeza. En sus ojos, Laura vio algo que no había visto antes. No era miedo. No era desesperación. Era un fuego frío y determinado, una resolución que había nacido de las cenizas de la pérdida.
—Voy a cambiar las reglas.
—¿Cómo?
—Alejandro cree que me ha debilitado. Cree que, sin Daniel, voy a caer en sus brazos porque no tengo a nadie más. Es su error. Su arrogancia. Él cree que conoce el juego, pero no sabe que yo he jugado esta partida antes. Solo que la otra vez, yo no sabía que estaba jugando. Ahora sí.
—¿Qué tienes en mente?
—Información. Es lo único que él respeta. El poder se mide en información. En la otra vida, yo era su esposa, pero era ciega. No sabía nada de sus negocios, de sus tratos, de sus sombras. Aceptaba la vida que él me daba sin preguntar de dónde venía. Ahora, necesito saber. Necesito encontrar sus puntos débiles. Todos tienen. Hasta los hombres que a simple vista parecen invencibles los tienen.
—Pero, ¿dónde buscas? Si tiene a la policía y a los abogados comprados...
—No en los sitios obvios. Busco en su pasado. En su historia. En la gente que dejó atrás. Los hombres como Alejandro dejan un rastro de destrucción, Laura. Es inevitable. No puede ser que yo sea la primera a la que ha perseguido. No puede ser que Daniel sea el primero al que ha "eliminado". Tiene que haber otros. Y esos otros... esos otros tienen historias que contar.
Laura se quedó en silencio, evaluando las palabras de su prima. La lluvia golpeaba la ventana con fuerza, un ritmo constante que marcaba la tensión del momento.
—Puedo ayudarte con eso —dijo finalmente—. En mi trabajo, en la oficina de contabilidad, vemos cosas. Números que no cuadran. Transferencias extrañas. He oído rumores sobre empresas pantalla, sobre lavado de dinero, sobre adjudicaciones de contratos públicos que huelen mal. Nunca me metí porque no era mi negocio, y porque tengo miedo. Pero si tú estás dispuesta a luchar... yo puedo mirar los libros. Con cuidado, pero puedo mirar.
—¿Eso no es peligroso para ti?
—Todo es peligroso ahora. Si Alejandro tiene tus datos, probablemente tiene los míos. Si vas a caer, prefiero caer peleando a tu lado, no esperando sola en mi esquina.
Valeria apretó las manos de su prima, encontrando en ellas una fuerza nueva.
—Gracias. De nuevo.
—No me des las gracias todavía. Primero, quítate esa ropa mojada. Te va a dar una pulmonía y no podemos permitirnos que estés enferma ahora.
Mientras Valeria se secaba con una toalla prestada, el plan empezaba a tomar forma en su mente. Alejandro había ganado una batalla, sí. Había quitado a Daniel del tablero. Pero había cometido un error fatal: había subestimado la determinación de una mujer que ya había muerto una vez y no tenía nada que perder.
Las reglas del juego habían cambiado. Y Valeria iba a asegurarse de que Alejandro Rivas fuera el último en darse cuenta.