Ella ha dedicado su vida a entrenar y aunque ahora reencarna en otra época no dejará sus sueños.
* Esta Novela es parte de un mundo mágico*
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Despedida 1
Constance sabía que no podía ocultarlo para siempre.
El ejército no era una clase optativa.
No era un pasatiempo.
Era un compromiso formal con el reino de Bernicia.
Tenía que avisarle a su familia.
Pero no todavía.
No mientras pudiera disfrutar unos días más de esa sensación nueva: decidir por sí misma sin que nadie intentara corregirla.
[Esperaré hasta el último momento]
Días después, tras la clase de equitación, el sol aún estaba alto y el aire olía a hierba recién cortada. Constance desmontó con elegancia y entregó las riendas al encargado del establo.
Fue entonces cuando escuchó su voz.
—¡Constance!
Se giró.
Damian caminaba hacia ella con paso ligero, el cabello claro despeinado por el viento, los ojos brillantes de entusiasmo genuino.
No llevaba espada.
No llevaba expresión desafiante.
No parecía el rival insistente de meses atrás.
Parecía… un tío orgulloso.
—Tenías que verla.. Es pequeña, pero ya tiene carácter. ¡Diana me jaló el cabello esta mañana!
Constance lo miró en silencio unos segundos.
Él continuó, animado..
—Tiene los ojos más azules que he visto. Y cuando se ríe… es como si la casa entera se iluminara. Mi cuñada está agotada, pero feliz. Mi hermano no deja que nadie la cargue demasiado tiempo.
El nombre de la niña resonó suavemente.
Diana.
La sobrina recién nacida de Damian Devlin.
Constance sintió algo cálido en el pecho. No era envidia. No era tristeza.
Era… ternura.
Y sonrió.
Fue una sonrisa sincera, suave, distinta a las que él estaba acostumbrado a recibir de ella.
Damian se quedó en silencio.
Sorprendido.
Porque en todos esos meses, Constance rara vez sonreía frente a él.
—La pequeña Diana tiene mucha suerte.. Nació en un hogar lleno de amor.
Sus palabras no tenían ironía.
No tenían juicio.
Solo una verdad simple.
Damian la observó con atención, como si intentara descifrar algo nuevo en su expresión.
Había cambiado.
No sabía cómo.
No sabía por qué.
Pero lo sentía.
Constance acomodó sus guantes con calma.
—Espero que te vaya bien, Damian.
La frase lo dejó inmóvil.
Ella nunca le había deseado nada.
Nunca se había despedido así.
Siempre se marchaba sin más.
—¿Irme bien… en qué?
Pero ella ya había dado un paso atrás.
—En lo que elijas hacer.
Y se dio media vuelta y caminó hacia el edificio principal sin apresurarse.
Damian permaneció quieto.
Algo no encajaba.
No era solo la sonrisa.
No era solo la despedida.
Era la distancia.
No la distancia fría de antes.
Sino una distancia decidida.
Como si ella estuviera caminando hacia algo… lejos de él.
Damian no era ingenuo.
Y los Devlin no carecían de recursos.
Esa misma noche, movido por una inquietud que no supo nombrar, comenzó a hacer preguntas discretas. No directamente sobre ella.. no quería que el rumor se extendiera, pero sí sobre el reciente reclutamiento militar.
Uno de los oficiales menores, que debía favores a la familia Devlin, terminó confirmándolo.
Constance había firmado.
Ingresaría como cadete en período de prueba en el ejército de Bernicia.
Damian se quedó en silencio cuando recibió la información.
[Ejército]
No era un capricho.
No era una aventura pasajera.
No era un entrenamiento más.
Era un camino duro.
Peligroso.
Definitivo.
Ahora entendía su cambio.
La serenidad.
La despedida.
La manera en que habló de su sobrina, como si estuviera observando una vida distinta a la que ella misma había elegido.
Por primera vez desde que comenzó a entrenar con ella, Damian no sintió competencia.
Sintió que se estaba quedando atrás.
Y algo dentro de él.. algo que nunca se había tomado demasiado en serio.. comenzó a inquietarse.
Porque Constance no solo estaba alejándose.
Estaba avanzando.
Asi que.. la inquietud que había comenzado como una sospecha se transformó en urgencia. Si Constance entraría al ejército de Bernicia, quería escucharlo de su boca.
La buscó en el patio de entrenamiento.
En las aulas.
En los establos.
Finalmente la encontró en el jardín lateral, cerca de la fuente de piedra.
Y no estaba sola.
Frente a ella se encontraba un hombre vestido con uniforme militar oscuro. Sin armadura completa, pero con el porte inconfundible de alguien acostumbrado a mandar. Su postura era relajada, pero firme. La luz de la tarde destacaba su piel morena y los pequeños rizos oscuros que caían sin orden sobre su frente.
El capitán Asaf.
Constance sonreía.
No la sonrisa cortés que ofrecía en sociedad.
No la sonrisa breve que a veces dejaba escapar tras un combate.
Era una sonrisa abierta.
Sincera.
Y lo miraba con algo que a Damian le apretó el pecho.
Admiración.
El capitán decía algo en voz baja, y ella asentía con atención, como si cada palabra tuviera peso.
La sangre le subió a la cabeza.
No pensó.
No midió.
Se acercó con paso firme.
—Constance.
Ambos giraron hacia él.
Asaf no se movió.
Solo lo observó con curiosidad tranquila.
Damian ignoró al capitán y clavó la mirada en ella.
—¿Por qué no me dijiste que te ibas?
El tono no fue una pregunta suave.
Fue una exigencia.
Constance lo miró sin alterarse.
—¿Irme?
—Al ejército —respondió, incapaz de ocultar la molestia—. ¿Por qué tuve que enterarme por otros?
Hubo un silencio breve.
El capitán Asaf ladeó ligeramente la cabeza, observando el intercambio con interés silencioso.
Constance habló con calma.
—No tenía por qué darte explicaciones sobre lo que hago con mi vida.
La frase fue firme.
Sin agresividad.
Pero inamovible.
Damian sintió que algo se quebraba en su interior.
Asaf, percibiendo la tensión, sonrió apenas. No burlón, pero sí consciente.
—¿Acaso yo debía informarle algo, joven Devlin? —preguntó con suavidad calculada.
Damian giró hacia él, irritado.
—No es su asunto.
Los ojos claros de Asaf brillaron apenas.
—Entonces tampoco lo es el suyo.
El aire se tensó.