Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.
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Capítulo 4: La primera fuga
La llovizna sobre Brianza se transformó en un manto de niebla helada cuando el Audi blindado cruzó de regreso los portones de Villa Moretti al filo de las nueve de la noche.
Durante el trayecto de vuelta desde la torre de Porta Nuova, el silencio en el habitáculo había sido espeso, casi asfixiante. Martina se había limitado a teclear en su tableta en el asiento trasero, ignorando deliberadamente el reflejo de los ojos grises que la vigilaban desde el retrovisor; por su parte, Dereck conducía con una calma pétrea, aunque en su interior las piezas no terminaban de encajar.
O, mejor dicho, se obligaba a encajarlas a la fuerza.
En la soledad de la suite contigua a la de Martina, asignada a él para garantizar una custodia permanente, Dereck se despojó de la americana y tiró la funda con la semiautomática sobre la cómoda de nogal. Se sirvió dos dedos de bourbon y se quedó de pie frente al ventanal que daba a los jardines traseros, repasando lo encontrado en la maleta rígida.
El desconcierto inicial había sido rápidamente devorado por su cinismo habitual.
Vendajes gastados, linimento y un carnet amateur de Massachusetts...
Dereck soltó una risa seca, despectiva, antes de apurar el trago. Claro. Era la moda entre los cachorros de la élite en Boston y Nueva York: pagar fortunas a entrenadores personales de dudosa reputación para desahogar frustraciones burguesas en gimnasios exclusivos de Beacon Hill, creyendo que romper una bolsa de cuero los preparaba para el mundo real. Las hijas de los capos siempre buscaban fetiches exóticos para sentirse independientes antes de volver al redil a casarse por conveniencia. Lo más probable era que Martina hubiera contratado a algún peleador callejero para que le diera clases privadas... y algo más entre las sábanas de algún apartamento alquilado.
¿Y el cuaderno con cifras en clave y los fideicomisos a ciegas? Peor aún. Típico de una consentida desconfiada: desviar una tajada del dinero de su padre hacia cuentas opacas para asegurarse un fondo de lujos personales intocable, tal vez para mantener el nivel de vida de algún amante que no tenía el valor de pisar suelo europeo.
Una libertina con ínfulas de estratega. Nada más.
Dereck dejó el vaso sobre la mesa auxiliar y encendió su tableta táctica, conectándose a los sensores del perímetro este de la villa. Si Don Lorenzo creía que su hija era una brillante prodigio de las finanzas y las leyes, Dereck se encargaría de destapar la verdad antes de que el compromiso de boda se hiciera público. No iba a atarse a una mujer que a las primeras de cambio le metería a un extraño en la cama o que vendería la organización por un arrebato de egoísmo.
A las dos de la madrugada, la mansión entera dormía bajo una quietud sepulcral.
El único sonido era el goteo constante del agua cayendo desde las cornisas de piedra hacia los senderos de grava. En la suite contigua, Martina no había encendido una sola luz en tres horas.
Dereck, sentado en un sillón orejero con la espalda recta y el oído entrenado para captar cualquier alteración en el silencio, estaba a punto de cerrar los ojos cuando una anomalía microscópica parpadeó en la pantalla táctica sobre su regazo.
El sensor térmico del balcón del ala este —el que daba directamente a la habitación de Martina— se desactivó durante una fracción de segundo, emitiendo una falsa lectura de saturación por condensación antes de volver a la normalidad.
Dereck se puso de pie en un solo movimiento fluido, sin hacer crujir la madera.
No hubo alarmas perimetrales; los hombres de Don Lorenzo seguían apostados en las garitas fumando bajo los porches. Pero Dereck conocía los trucos de inserción: alguien acababa de puentear el sensor con un emisor de calor estático.
Cruzó hacia la puerta que comunicaba ambas habitaciones. Apoyó la oreja en la madera: nada. Introdujo una ganzúa fina en la cerradura interna y la giró sin el menor chasquido.
La suite de Martina estaba en penumbra. La cama con dosel de seda estaba deshecha, con dos almohadones colocados longitudinalmente bajo el edredón para simular la silueta de un cuerpo dormido. La puerta acristalada del balcón estaba entornada dos centímetros, dejando entrar el viento húmedo de la noche.
Dereck se acercó al balcón con paso felino y miró hacia abajo.
La hiedra centenaria que cubría el muro de piedra conservaba varias ramas rotas a la altura del primer piso, justo por encima de un ángulo ciego donde las cámaras de circuito cerrado no alcanzaban debido a la copa de un ciprés.
Una sonrisa amarga y cargada de un veneno triunfal curvó los labios de Dereck en la oscuridad.
Ahí estaba.
No había aguantado ni cuarenta y ocho horas en Italia. La heredera impecable, la que presumía de títulos en Harvard y le imponía reglas de distancia en los despachos corporativos, se escapaba por la ventana como una gata en celo en plena madrugada. Seguro tenía una cita clandestina en algún hotel de cinco estrellas de Milán con algún contacto americano, o se dirigía a algún reservado exclusivo donde los hijos pródigos de la mafia se drogaban y gastaban el dinero de la familia lejos de los ojos de los patriarcas.
—Mimada y libertina —murmuró Dereck entre dientes, con una rabia sorda y posesiva encendiéndose en su estómago sin que pudiera controlarla—. Vamos a ver a qué cama corres, signorina.
En menos de tres minutos, Dereck se enfundó una sudadera negra con capucha, vaqueros oscuros y botas tácticas sin herrajes metálicos. Bajó por la escalera de servicio del ala norte evitando a la guardia somnolienta y salió a los garajes subterráneos exteriores.
No tomó el Audi blindado de la empresa. En una esquina apartada descansaba una Ducati Diavel negra mate, una bestia mecánica sin distintivos ni placas rastreables que él mismo había hecho trasladar desde Como dos días atrás.
Arrancó el motor con el silenciador de escape acoplado: un zumbido apenas perceptible que se perdió entre el rumor del viento y la lluvia.
Al cruzar el camino secundario que serpenteaba por las colinas de Brianza, los faros tenues de la moto captaron a lo lejos las luces traseras de un utilitario oscuro y modesto —un Alfa Romeo antiguo de los que usaba el personal de servicio de la villa— que descendía a gran velocidad hacia la autopista en dirección a la periferia industrial de Milán.
Dereck mantuvo una distancia prudencial de trescientos metros, apagando las luces de la moto en las rectas iluminadas por las farolas de vapor de sodio.
El coche no tomó la salida hacia el centro financiero ni hacia la zona de los hoteles de lujo de Corso Como, donde los jóvenes ricos solían alquilar suites para sus orgías privadas. Para desconcierto de Dereck, el Alfa Romeo enfiló hacia el este, adentrándose en las zonas portuarias secas y los polígonos industriales en desuso de Sesto San Giovanni.
Calles desiertas, naves de chapa oxidada, farolas rotas y charcos de agua aceitosa reflejando la luna entre las nubes.
¿Qué demonios hace aquí?, pensó Dereck, reduciendo la marcha de la moto y ocultándose tras el muro de un desguace abandonado. ¿Drogas? ¿O es que el amante de la niña rica es algún matón de poca monta de los suburbios?
El Alfa Romeo se detuvo frente a un almacén de ladrillo rojo con las ventanas tapiadas por planchas de metal. Sobre la puerta de hierro herrumbrosa colgaba una bombilla roja protegida por una jaula de alambre, y dos hombres corpulentos con chaquetas de cuero y tatuajes carcelarios en el cuello custodiaban la entrada bajo un toldo improvisado.
La puerta del conductor del utilitario se abrió.
Martina bajó del auto.
Se había despojado de los trajes sastre y las sedas de ejecutiva. Llevaba unos pantalones deportivos negros ajustados, zapatillas de boxeo de caña alta, una sudadera gris con la capucha cubriéndole la cabeza y una bolsa cilíndrica de lona colgada al hombro.
Uno de los porteros dio un paso hacia ella, pero Martina no titubeó: se bajó la capucha un segundo, dijo dos palabras secas que Dereck no alcanzó a oír y le entregó al hombre un fajo pequeño de billetes doblados antes de que la pesada puerta de hierro se abriera para dejarla pasar.
Dereck apagó el motor de la Ducati, apoyó la máquina contra una valla y se deslizó entre las sombras del callejón con la soltura de una pantera.
La rabia le quemaba en la garganta. La sospecha de que Martina estaba cruzando una línea que pondría en jaque a ambas familias se volvía más densa a cada paso. Se acercó a la parte trasera del edificio, escaló con facilidad una tubería de desagüe hasta alcanzar una claraboya rota en el tejado de zinc y se asomó a la penumbra interior.
El hedor que subía desde las entrañas del almacén no era el de un burdel de lujo ni el de una fiesta clandestina.
Olía a óxido, a cerveza barata, a humo de tabaco negro y a sangre fresca.
Abajo, rodeado por una multitud vociferante de medio centenar de hombres del bajo mundo, se alzaba un enrejado circular de alambre de espino: un foso de pelea clandestina sin guantes ni reglas federativas.
Y en la esquina norte del foso, quitándose la sudadera gris para revelar los hombros fibrosos, la espalda tensa y los vendajes negros ya enrollados en sus nudillos, estaba Martina Moretti.