Gino Esparza es el líder mafioso más temido de la ciudad. Frío, implacable y acostumbrado a imponer su voluntad, no acepta un no por respuesta. La piedad no existe en su vocabulario… hasta que una tarde sus ojos se encuentran con los de una joven estudiante de mirada turquesa.
Candance tiene dieciocho años, una deuda que no le pertenece y un sueño que nadie le arrebatará: estudiar Finanzas en Oxford. Cuando unos usureros intentan llevársela para cobrar cincuenta mil dólares, Gino paga la deuda y la lleva a su mansión.
Ella jamás imaginó convertirse en la mujer de un mafioso tan peligroso. Él le ofrece lujos, protección y un amor tan intenso como posesivo. Pero Candance no nació para vivir encerrada ni permitirá que otro decida su destino.
Gino puede comprar su deuda, pero jamás su voluntad. ¿Tendrá Candance el valor de escapar de la jaula del hombre que podría destruirla… y al que ha comenzado a amar?
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El regreso a la realidad
La mañana siguiente llegó con la claridad de un cubo de agua helada sobre la cabeza. Desperté con la luz del sol apenas filtrándose por las cortinas, y durante unos segundos estúpidos, olvidé dónde estaba. Olvidé que no era mi casa, que no tenía control sobre mi propio día, que cada minuto de mi vida dependía del humor de un hombre que me había comprado como si fuera un objeto. Pero entonces escuché pasos en el pasillo, firmes y decididos, y el corazón se me hundió en el pecho. Sabía que esa breve tregua de la noche anterior había sido solo eso: una excepción, no un cambio. Y él se encargó de recordármelo antes de que pudiera siquiera sentarme en el borde de la cama.
La puerta se abrió sin llamar. Gino entró ya vestido, con el ceño fruncido y esa expresión impasible que significaba que no habría piedad hoy. Se detuvo junto a la cama y miró el reloj en su muñeca, luego me miró a mí, como si cada segundo que yo tardaba en ponerme de pie fuera una ofensa personal contra su tiempo.
—Son las siete y media —dijo, con voz cortante—. Ya deberías estar abajo. No te quedes ahí mirándome como si no supieras qué hacer. Levántate. Lávate. Vístete. Y baja en quince minutos. Si llegas tarde, no me culpes a mí por lo que pase. Tú decides cómo empieza tu día. Y hasta ahora, lo estás haciendo mal.
Me puse de pie de un salto, el sueño desvaneciéndose en un instante reemplazado por la familiar ansiedad que ya empezaba a reconocer como mi compañera constante. No me atreví a decir ni "buenos días". Sabía que si lo hacía, probablemente me respondería con alguna burla sobre mi amabilidad innecesaria o me recordaría que no éramos amigos. Así que simplemente asentí, agarré la primera ropa que vi sobre la silla y me encerré en el baño con las manos temblorosas. Mientras me lavaba la cara con agua fría, me miré en el espejo y me dije a mí misma que no esperara más de lo que él daba. Que esa noche pasada había sido una ilusión, un momento de debilidad suya que él mismo se arrepentía de haber mostrado. Que cuanto antes aceptara que su amabilidad no era permanente, menos me dolería cuando desapareciera.
Bajé las escaleras exactamente a las siete y cuarenta y cuatro minutos. Gino estaba sentado a la mesa, hojeando unos documentos, y no levantó la vista hasta que me detuve junto a mi silla, esperando su permiso para sentarme. Sin levantar la cabeza, señaló la silla con un gesto breve de la mano.
—Siéntate. Y come rápido. No tengo toda la mañana para esperarte mientras masticas. Tienes veinte minutos. Cuando termine, recoges los platos y te quedas en la sala hasta que yo salga. No leas. No mires por la ventana. Quédate ahí disponible. Si necesito algo, estarás ahí. ¿Entendido?
—Sí —dije en voz baja, tomando un poco de fruta con manos que todavía no dejaban de temblar—. Entendido.
—«Sí, señor Esparza» —corrigió de golpe, levantando la vista y clavando sus ojos oscuros en los míos—. No te acostumbres a la familiaridad. Una noche de silencio compartido no te da derecho a tratarme como a tu igual. Soy quien soy. Y tú eres quien eres. No se te olvide la diferencia entre nosotros, porque yo no la olvido jamás. Así que endúlzate el trato. No me cuesta nada recordarte tu lugar cada mañana si insistes en olvidarlo.
—Sí, señor Esparza —repetí, tragándome el nudo que se me había formado en la garganta.
—Mejor. Y otra cosa: hoy vendrán unos socios a cenar. Tres hombres importantes. Te quiero presente, visible, pero callada. Te sientas a mi lado. Sirves lo que falte. Si te preguntan algo, respondes con educación y mirándome a mí antes de hablarles a ellos. No tienes opinión. No tienes historias. No tienes vida fuera de lo que yo diga. Eres… agradable y silenciosa. Como debe ser. Si te portas bien, no pasará nada. Si te equivocas, si dices algo que no debes, si te pones nerviosa y empiezas a temblar como haces cuando te asustas… entonces te llevas una sorpresa que no te gustaría en absoluto. ¿Claro? No es una petición. Es una obligación. Y sabes qué pasa cuando no cumples tus obligaciones aquí.
—Claro, señor Esparza —dije, sintiendo cómo el pánico se apoderaba de mi estómago—. No diré nada. Solo estaré ahí. Callada. Como quieras.
—Como quiera —repitió, asintiendo lentamente—. Exactamente. Como yo quiera. Qué difícil te resulta entender algo tan simple. Pero veo que hoy al menos estás intentando. Sigue así. Quizás entonces tu vida aquí sea soportable para ti. Y para mí.
Terminé de desayunar en silencio absoluto. No me atreví a hacer ningún ruido que pudiera molestarlo. Cada vez que cambiaba de página en sus documentos, yo contenía la respiración, esperando que me dijera algo, que me mandara a algún sitio, que me hiciera sentir útil o al menos necesaria para algo que no fuera su entretenimiento o su demostración de poder. Pero no dijo nada más hasta que cerró sus carpetas, se puso de pie y me miró desde su altura, con esa mirada que me hacía sentir diminuta e irrelevante al mismo tiempo.
—Recoge todo. Lava lo que haya que lavar. Luego siéntate en el sofá de la sala. No en el que está frente a la ventana. En el de espaldas a la luz. Y espera. No te levantes sin motivo. No hables contigo misma. No canturrees. Solo espera. Es lo que mejor sabes hacer, ¿no? Esperar a que decida qué hacer contigo. Pues hazlo bien hoy. No me des motivos para arrepentirme de haberte dejado bajar de esa habitación. ¿Entendido o necesito que te lo escriba en la mano para que no se te escape?
—Entendido —susurré—. No me moveré.
—Eso espero. Ahora ponte a hacerlo. Y recuerda: tu comportamiento hoy no es solo por ti. Si te ves bien, yo me veo bien. Y si me veo bien, te trato mejor. Así que es tu propio interés el que está en juego. No lo arruines.
Salió del comedor y me dejó sola con los platos y con el peso de sus palabras sobre mis hombros. Mientras recogía la mesa, me dije que no era justo, que no tenía por qué tratarme como si fuera un adorno que podía estropearse con una sola palabra mal dicha. Pero luego pensé en la noche anterior, en ese breve instante en que parecía haber algo más entre nosotros, y comprendí que eso era lo más peligroso de todo: que de vez en cuando me daba una migaja de humanidad solo para quitarla al día siguiente y demostrarme que nunca había sido mía para empezar. Que esa era su forma de tenerme atrapada: hacerme anhelar algo que él mismo se aseguraba de que nunca fuera constante. Y mientras yo siguiera esperando que volviera a ser ese hombre de la noche anterior, nunca podría odiarlo lo suficiente como para irme. Y eso, me dije con una tristeza profunda mientras guardaba la taza en el armario, era exactamente lo que él quería. Que mi esperanza fuera mi prisión. Que mi deseo de que cambiara fuera lo que me mantuviera dócil y obediente. Y lo peor de todo era que estaba funcionando. Porque ahí estaba yo, lavando su taza, agradeciendo que me hubiera hablado claro en lugar de encerrarme, perdonándole su frialdad porque anoche me había permitido sentarme en silencio a su lado. Y sabía que mientras siguiera perdonándolo todo tan fácilmente, nunca aprendería a valorarme lo suficiente como para exigir algo mejor. Pero también sabía que no tenía a dónde ir. Y que mientras no tuviera opciones, él siempre tendría razón en una cosa: mi gratitud era su mayor ventaja. Y no dudaría en usarla una y otra vez hasta que aprendiera a no esperar nada que él no estuviera dispuesto a darme.