Devastada y embarazada, Isabella crio sola a su hijo durante diez años. Pero Alexander no murió: la mafia rusa exhumó su cuerpo y su verdadero padre lo trajo de vuelta a la vida para convertirlo en el heredero de un imperio criminal.
Ahora, Alexander regresa por el amor de su vida sin saber que un niño lleva su nombre, ni que el verdadero villano es el padre de Isabella, quien está dispuesto a matarlo por segunda vez para proteger sus secretos.
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Capitulo 6
El silencio en la casa de Isabella era denso, sofocante y pesado. Dos semanas habían transcurrido desde la tarde fatídica en que la tierra cubrió el féretro de Alexander, pero para ella el tiempo se había detenido por completo en aquel altar manchado de sangre. Las cortinas de su habitación permanecían cerradas, dejando ingresar apenas tenues hilos de luz grisácea que iluminaban la penumbra. Sobre la peinadora, los retratos de ambos sonriendo en días felices parecían burlarse de la desolación que ahora reinaba en su pecho.
Isabella yacía sobre la cama, vistiendo aún una bata oscura y sosteniendo contra su rostro una prenda de vestir que conservaba el aroma tenue del perfume de su prometido. No había comido prácticamente nada en días; su piel lucía pálida, translúcida, y las ojeras violetas marcaban la profundidad de un luto que amenazaba con consumirla. Cada rincón de la casa le recordaba los planes frustrados, los besos robados y las promesas de un futuro juntos que las balas arruinaron sin piedad.
De pronto, un malestar repentino y punzante en la boca del estómago la obligó a incorporarse con torpeza. Un mareo intenso hizo que la habitación girara a su alrededor. Se cubrió los labios con la mano y corrió hacia el cuarto de baño, donde se arrodilló frente al inodoro presa de unas náuseas devastadoras. Su cuerpo temblaba incontrolablemente mientras el estómago se le contraía en espasmos dolorosos, expulsando solo hilos de bilis debido a la falta de alimento.
Apoyó la frente contra la losa fría del lavabo, respirando con dificultad mientras intentaba recuperar el aire. No era la primera vez en la semana que experimentaba esos malestares matutinos, pero hasta ese momento los había atribuido al estrés traumático, al llanto ininterrumpido y al vacío absoluto que le provocaba la ausencia de Alexander.
Sin embargo, mientras permanecía allí sentada sobre las baldosas heladas, una sospecha repentina y helada le atravesó la mente.
Se puso de pie con lentitud y observó su rostro en el espejo. Su reflejo le devolvía la imagen de una mujer rota, pero al bajar la mirada hacia su abdomen, una corazonada instintiva hizo que se llevara las manos a la cintura. Su ciclo menstrual llevaba días de retraso, algo que en medio de la vorágine de la tragedia había pasado por alto por completo.
Con el corazón batiendo con una mezcla de pavor y repentina ansiedad, buscó en el cajón del mueble de baño una prueba de embarazo casera que había comprado meses atrás, cuando el matrimonio era solo un sueño cercano y la idea de formar una familia era un motivo de ilusión compartido.
Con manos temblorosas y los dedos tiritando de nerviosismo, realizó el procedimiento. Colocó el pequeño dispositivo plástico sobre la repisa de mármol y se alejó un par de pasos, incapaz de fijar la vista en la pequeña pantalla. Los minutos de espera se transformaron en una eternidad agónica. El tic-tac del reloj de pared resonaba como un martillazo en el silencio del baño.
Isabella apretó los puños contra su pecho, cerró los ojos con fuerza y comenzó a suplicar en un susurro entrecortado:
—Por favor... por favor, Dios mío... si me quitaste a Alexander, no me dejes en la oscuridad total...
Cuando consideró que el tiempo indicado había transcurrido, abrió los ojos lentamente. Dio dos pasos vacilantes hacia el lavabo y posó la mirada sobre el pequeño visor digital de la prueba.
Dos líneas rojas, nítidas, marcadas y profundas, destacaban sobre el fondo blanco.
Positivo.
La respiración de Isabella se detuvo de golpe. Un escalofrío eléctrico recorrió cada centímetro de su columna vertebral. Sus piernas perdieron fuerza y tuvo que apoyarse en la orilla del mueble para no caer al suelo. Volvió a mirar el dispositivo, convencida de que su mente devastada le estaba jugando una broma macabra, pero las dos marcas continuaban allí, inalterables, proclamando una verdad irrefutable.
Llevó ambas manos hacia su vientre plano de forma instintiva. En medio de la muerte que la rodeaba, en medio del dolor desgarrador que le consumía el alma, una chispa de vida pura y sagrada acababa de encenderse en su interior. Un fragmento vivo de Alexander, una semilla de su amor conceived en las vísperas de la tragedia, latía en sus entrañas.
—Un bebé... —susurró con la voz rota, sintiendo cómo las lágrimas volvían a brotar de sus ojos, pero esta vez no eran únicamente de dolor, sino de una emoción abrumadora que le quemaba el pecho.
Se dejó caer de rodillas sobre la alfombra del cuarto de baño, abrazando su propio abdomen con desesperación protectora. El recuerdo de Alexander volvió a su mente con una nitidez casi palpable: su sonrisa, la calidez de sus manos, la forma en que le decía que no había nada en este mundo que pudiera separarlos. La muerte le había arrebatado a su prometido en el altar, pero el destino, en su misteriosa piedad, le enviaba un milagro para no dejarla sucumbir en las sombras.
—Está vivo... parte de ti sigue aquí conmigo, mi amor —sollozó Isabella, pegando la frente a sus rodillas mientras las lágrimas bañaban sus mejillas—. Estás en mi vientre... Tu corazón sigue latiendo dentro de mí.
El llanto se transformó en una risa ahogada y temblorosa. Por primera vez en catorce días de penumbra, la oscuridad que aprisionaba su pecho se agrietó para dar paso a un rayo de luz deslumbrante. El dolor por la ausencia de Alexander no desaparecía, pero la desesperanza que la empujaba hacia el abismo fue reemplazada de golpe por un propósito férreo, invencible e inquebrantable.
Ya no estaba sola. Ya no tenía derecho a dejarse morir de pena en aquella habitación a oscuras. Un ser indefenso dependía de su fuerza, de su salud y de su capacidad para resistir ante la adversidad.
Se puso de pie con una determinación renovada que no había sentido desde la tarde de la boda. Caminó hacia la ventana del dormitorio, sujetó la cuerda de las cortinas y las abrió de un solo tirón. La luz del sol matutino inundó la estancia, iluminando el polvo en el aire y borrando la penumbra que la había rodeado durante semanas.
Isabella miró hacia el cielo claro a través del cristal, manteniendo una mano firme y amorosa posada sobre su vientre.
—Te lo prometo, Alexander —dijo en voz alta, con una firmeza que hizo vibrar las paredes de la habitación—. Voy a ser fuerte. Voy a cuidar a nuestro hijo con mi propia vida si es necesario. Nadie le hará daño, y crecerá sabiendo que su padre fue el hombre más maravilloso y valiente de este mundo.
La semilla de la esperanza había sido sembrada en medio de las cenizas de la tragedia. Isabella desconocía la tormenta de secretos que rodeaba la muerte de su prometido, ignoraba que el verdadero villano dormía bajo su mismo techo y no sospechaba que Alexander no yacía en la tumba que ella visitaba. Pero en ese preciso instante, mirando hacia el horizonte, supo que el amor de su vida continuaría habitando la tierra a través de la vida que nacía en su interior.