Unidos por sueños compartidos y separados por oscuras mentiras, Alexander y Alana deberán luchar contra la traición para descubrir que el amor verdadero siempre encuentra el camino a la realidad.
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Capítulo 17: Cuerdas tensionadas
Punto de vista: Alexander
El aire en el salón de L'Avenue se volvió denso, irrespirable, insoportable.
Sentado en la mesa principal frente a Victoria, apenas registraba la voz de la mujer que se suponía que era mi prometida. Ella leía la carta del menú en voz alta, opinando con tono crítico sobre los cortes de carne, los mariscos para la recepción y el maridaje de vinos. Pero cada palabra suya sonaba en mis oídos como un ruido blanco, lejano y hueco.
Toda mi atención, mi sangre y mi pulso estaban clavados en la mesa a mis espaldas.
Podía oír el murmullo de la voz de Mateo Ríos y la risa suave de Alana. Cada gesto de intimidad que compartían me clavaba una espina en el pecho. Me ardía la piel con una furia negra e incontrolable que nunca antes en mi vida había experimentado.
«Amor».
La forma en que ella pronunció esa palabra para referirse a ese chico me retumbó en la cabeza como un golpe seco. La vi sonreírle, dejarse tomar la mano y mirarlo con una calidez que me quemó las entrañas. Sabía que Alana lo estaba haciendo a propósito, que sus ojos ámbar brillaban con una provocación directa hacia mí tras haberme visto llegar con Victoria. Pero aun siendo consciente del juego, la sola idea de que otro hombre tocara su piel o tuviera el derecho de llamarla suya en la vida real me estaba volviendo loco.
Apreté la copa de cristal entre mis dedos con tanta fuerza que los nudillos se me tornaron completamente blancos. Un segundo más de presión y el vidrio se habría pulverizado en mi mano.
—...y por eso creo que la crème brûlée de lavanda es demasiado arriesgada para la cena de ensayo, Alex —decía Victoria, dándole un sorbo a su copa de vino blanco—. ¿Tú qué opinas, querido?
Giré la cabeza lentamente hacia ella. La miré con una frialdad que hizo que Victoria borrara de golpe la sonrisa calculadora de sus labios.
—Opino que deberíamos terminar con esto de una vez —dije con la voz rasposa, profundamente alterada.
—¿Perdón? —Victoria frunció el ceño, apoyando la copa sobre la mesa de manteles blancos—. ¿A qué te refieres con terminar?
—A la elección del menú, Victoria —mentí con la mandíbula apretada, tratando de recobrar un mínimo de control ejecutivo—. Dile al chef que elija los platillos tradicionales. No tengo paciencia para esta discusión hoy.
Victoria entornó los ojos con suspicacia, ajustándose el abrigo de piel que llevaba sobre los hombros.
—Estás insoportable desde que llegamos —siseó en un susurro cargado de veneno, acercándose a la mesa—. Y sé perfectamente por qué. Crees que soy tonta, Alexander, pero me di cuenta de cómo miraste a esa pasante en la entrada. Tu comportamiento es humillante.
—Cuidado con las acusaciones que haces, Victoria —advertí en un murmullo bajo y peligroso, sosteniéndole la mirada con frialdad—. Estás en un lugar público.
—No me amenaces —respondió ella con una sonrisa gélida—. Esa chica es una muerta de hambre que no tiene nada que hacer en tu mundo. Y si vuelve a cruzarse en nuestro camino o a distraerte de lo que realmente importa, me voy a encargar personalmente de que no vuelva a conseguir trabajo en ninguna firma de arquitectura de este país. ¿Te queda claro?
Un chispazo de ira pura me atravesó el cuerpo. La amenaza explícita hacia Alana encendió todas mis alarmas. Si Victoria o la familia Sterling usaban sus contactos para hundir la carrera de Alana, no me lo perdonaría jamás.
En ese momento, al fondo del salón, vi a Mateo levantarse de la mesa, pedir la cuenta y ayudar a Alana a ponerse el abrigo. Ella se ajustó la prenda sobre los hombros y caminó hacia la salida del restaurante, manteniéndose erguida, hermosa y distante.
No lo pensé. No medí las consecuencias ni el escándalo diplomático que podía provocar.
Me puse de pie de golpe.
—¿A dónde vas? —exclamó Victoria, tomándome con fuerza del brazo, con los ojos fuera de sí por la indignación.
—Tengo un asunto urgente que resolver de la empresa —solté, zafando mi brazo de su agarre con brusquedad firme—. Pide el auto a tu nombre. Te veré mañana.
Dejé una fajo de billetes sobre la mesa sin siquiera contar el monto y salí a pasos firmes y apresurados hacia la calle, dejando a Victoria hirviendo de rabia en medio del salón.
La brisa nocturna de Los Ángeles me azotó el rostro en cuanto crucé la puerta del restaurante.
A pocos metros, junto a la cera iluminada por los faroles, Mateo abría la puerta del copiloto de un auto deportivo de lujo para que Alana subiera. Se le veía hablarle al oído con afecto, intentando robarle otra sonrisa.
Caminé con rabia hacia ellos. El ruido de mis pisadas pesadas sobre la cera hizo que Alana y Mateo se giraran al mismo tiempo.
—Señorita Mendoza —llamé con una voz grave, autoritaria y temblorosa de celos reprimidos.
Alana se congeló en su sitio. Mateo dio un paso al frente, interponiéndose de inmediato entre ella y yo con la mandíbula tensa.
—¿Se le ofrece algo, señor Hale? —preguntó Mateo con tono desafiante, manteniendo una postura firme frente a mi figura de 1.90m—. Ya terminó el horario laboral.
Ignoré por completo la presencia del chico. Clavé mis ojos azules directamente en los de Alana, acorralándola con la mirada.
—Necesito los archivos corregidos de la propuesta de Malibú en mi despacho a primera hora mañana —dije, dando un paso más hacia ella, reduciendo la distancia al mínimo tolerable en la vía pública—. Y quiero que los presente usted personalmente. A solas.
Alana me sostuvo la mirada. Sus ojos color ámbar brillaron con una mezcla de indignación, deseo reprimido y el orgullo herido de la escena del restaurante.
—Los archivos estarán en su escritorio a las ocho en punto, señor Hale —respondió ella con una frialdad impecable que me dolió más que un golpe directo—. No se preocupe. No le haré perder su valioso tiempo.
Subió al auto de Mateo sin decir una sola palabra más. Mateo me dedicó una última mirada cargada de triunfo y rivalidad antes de cerrar la puerta, dar la vuelta e irse acelerando por la avenida.
Me quedé de pie en la acera, viendo cómo las luces rojas del auto se alejaban en la noche.
El juego de apariencias se estaba saliendo de control. Estaba a punto de perder la cabeza y el control de mi propio imperio, pero una cosa me quedó dolorosamente clara en ese instante: no iba a dejar que ningún otro hombre se quedara con la mujer que reinaba en mis sueños y me destruía en la vida real.