La Esposa Villana Del CEO Es Fatal
Tras morir en un accidente, una arquitecta ambiciosa y sin piedad despierta en el cuerpo de Morana Miller: la mujer gorda, despreciada y odiada de una novela que termina abandonada, despojada de sus hijos y de todo. Pero no llega antes de los errores. Llega cuando ya no hay vuelta atrás, cuando la villana que todos desprecian ya es ella.
Con disciplina férrea, inteligencia afilada y un orgullo inquebrantable, se transforma, estudia y regresa años después: hermosa, poderosa, fría y dueña de su destino. No viene a suplicar. Viene a reclamar lo que es suyo, a vengarse de quienes la destruyeron y a proteger a sus hijos —aunque para ello deba convertirse en la villana.
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Capítulo 12 El despertar de la reina
Amanecí antes de que el sol asomara por la ventana. El silencio de la casa me rodeaba cuando salí de la habitación… y el aroma a café recién hecho y mantequilla derretida me detuvo en el pasillo.
Ian estaba en la cocina. Llevaba un delantal limpio atado a la cintura, y tenía las manos ocupadas sirviendo fruta en un plato, tostadas doradas y una jarra con jugo fresco. Al oír mis pasos, se giró con una sonrisa suave.
Ian:
—Buenos días, esposa —dijo, señalando la mesa—. Ya te preparé el desayuno.
Me quedé inmóvil en el umbral, mirándolo. Algo se apretó en mi pecho, pero no lo dije, no lo nombré. Solo observé: la forma en que esperaba mi respuesta, la calma con que me miraba. No era el hombre que recordaba. Y esa sola idea me hizo endurecer por dentro. No, no puedo confundirme. Lo que fue, fue. Mi prioridad es mi carrera, mis hijos, mi lugar. Nada más.
Me acerqué sin devolverle la sonrisa.
—Gracias —dije con voz neutra—. Pero no hace falta que hagas esto.
Después del desayuno, me ocupé de los niños. Me acerqué a su habitación despacio, con las manos ligeramente temblorosas. Los bañé con paciencia, secando su cabello con cuidado, y al vestirlos, mis dedos dudaron un instante al ajustarles el cuello de la camisa. El niño me miró de reojo, callado. La niña me tomó la mano, pero con timidez. Caminamos juntos hacia la iglesia. El pequeño apretaba mi mano con fuerza, y yo sentí un calor nuevo, desconocido, naciendo dentro de mí. No lo dije. Solo lo apreté suavemente de vuelta.
Me vestí con esmero. Elegí un conjunto sastre de color azul de cuadritos que marcaba mi figura con elegancia, medias finas, zapatos de tacón y el cabello suelto con precisión. Cuando entré a la sala, Ian se quedó con la boca entreabierta, mirándome de arriba abajo, fascinado.
Morana:
—Esposa… estás hermosa —susurró, con genuina admiración.
Lo miré con frialdad, ajustándome el guante.
—Gracias, señor Kim. Pero esos gestos no borran lo que pasó. No confío en la amabilidad repentina de quien no la tuvo cuando la necesitaba.
Lo dejé atrás y salimos hacia la escuela. Los acompañé hasta la puerta, me agaché para arreglarles el cuello y les di un beso suave en la frente. El niño dudó antes de responder. Ian observaba todo en silencio. Luego nos dirigimos juntos a la compañía.
Al cruzar las puertas de Kim Corporación, Dalila nos esperaba en el vestíbulo. Al vernos entrar juntos, el rostro se le tensó de rabia, pero se obligó a sonreír.
—Buenos días, Ian… Morana —dijo, con voz dulce pero afilada.
La miré un instante y seguí de largo, sin responder. Caminé recta hacia el Departamento B, entré a mi despacho y cerré la puerta. Allí me puse a trabajar: revisé informes, organicé cronogramas, perfeccioné planos. Cuando una de las arquitectas dudó ante un cálculo complejo, me senté junto a ella y lo resolvimos juntas. Cuando otro miembro del equipo dudó de un cambio, escuché su objeción, la evalué y le expliqué por qué avanzábamos así. Nadie recibió favores, nadie fue ignorado. Las semanas siguientes no fueron fáciles: hubo discusiones, obstáculos, días en que nada salía bien. Pero nos mantuvimos firmes. Poco a poco, el equipo se cohesionó, los plazos se cumplieron y los diseños ganaron solidez. El Departamento B empezó a destacar, no por arte de magia, sino por trabajo, día tras día.
A media mañana me avisaron de la reunión de accionistas. La sala estaba llena. Ian presidía la mesa. Tomé asiento y expuse mi proyecto: reconstrucción integral de los barrios bajos, con viviendas dignas, escuelas, comercios y espacios públicos. Hablé con claridad, con datos, con visión. Mis argumentos eran sólidos y la sala entera quedó impresionada. Ian me escuchaba embelesado.
Cuando terminé, no me senté. Me mantuve de pie.
—Antes de seguir —dije con voz serena pero firme—, hay algo que debe cambiar. He revisado las nóminas. Por el mismo trabajo, a las mujeres se les paga un veinte por ciento menos. Eso es injusto, es ilegal y no lo voy a permitir. Merecemos ganar lo mismo, no por caridad, sino por justicia.
Ian asintió, pero no de inmediato. Se inclinó hacia delante, serio, y por un instante vi la sorpresa en su mirada.
—Tienes razón —dijo, despacio—. No me fijé. Es una negligencia imperdonable. Lo corregiremos de inmediato, retroactivamente. Gracias por señalármelo.
Me senté con la cabeza alta. No era solo una directora: era una mujer que abría camino.
Pero mientras yo triunfaba en la oficina, una sombra crecía en la escuela. Violeta, la ahija de Dalila, se acercó a mi hijo durante el recreo. Le habló en voz baja.
—Tu mamá no es la buena que crees —le dijo—. La señora Dalila cuidó a tu papá cuando estaba enfermo. Le salvó la vida. Y ahora él prefiere a una que solo lo quiere por su dinero.
El niño regresó a casa callado, confundido. Lo noté en su mirada, en la forma en que apartó la mano cuando quise acariciarlo. Me prometí averiguar qué estaba pasando.
El banquete de la familia Kim se pospuso para esta noche.
Llegó la noche del gran banquete de la familia Kim. El salón estaba iluminado con candelabros de cristal, las mesas cubiertas con manteles de seda y flores frescas. Ian, mi suegra y los hermanos de Ian llegaron primero, recibiendo a los invitados. Faltaba yo.
Cuando todos estaban reunidos, se hizo silencio. Mis tacones golpearon el mármol, un sonido claro, rítmico, que acaparó todas las miradas antes de que apareciera. Entré de la mano de los niños. Llevaba un largo vestido de beige dorado, crema perla, con tonos suaves de marfil y un brillo satinado que se encendía bajo las luces como seda de nácar o champán, ceñido con elegancia y caída amplia. El cabello caía sobre mi cintura; las joyas destellaban con discreción. Mi mirada era segura, firme.
Morana:
Caminé despacio. Murmullos recorrieron la sala: —¿Ella es la esposa de Ian? —Dicen que era torpe y sin gracia… —Mirenla… es imponente. —No se parece en nada a lo que contaban.
Me detuve junto a Ian, que me miraba con orgullo y asombro. Mi suegra sonreía con satisfacción. No era la mujer que se escondía.