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MI ESTUPIDO NIÑERO

MI ESTUPIDO NIÑERO

Status: Terminada
Genre:Romance / Niñero / Completas
Popularitas:1.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Marilinaa




Mariana De Santis es la única heredera de una familia adinerada, acostumbrada a tener todo lo que desea al instante. Con diecisiete años, está convencida de que puede valerse por sí misma, pero sus padres la ven aún como una niña indefensa.

Cuando deben viajar a Estados Unidos por negocios, ella sueña con quedarse sola y disfrutar de libertad… hasta que le anuncian que quien la cuidará será Valentino Vivaldi, hijo de sus mejores amigos y socios. Mariana se enfurece y decide hacerle la vida imposible desde el primer día: se escapa, cambia horarios, inventa excusas y lo desafía en todo.

Sin embargo, entre discusiones y encuentros inesperados, la hostilidad se transforma lentamente en un amor profundo y recíproco.

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Capitulo 10

Mariana regresó justo a la hora prometida. Entró despacio, esperando encontrarlo impaciente o reprochándole algo, pero Valentino estaba sentado a la mesa, frente a dos platos de comida caliente. Al verla, sonrió suavemente.

—Llegaste puntual. Me alegra.

Ella se detuvo en la entrada, sorprendida.

—¿Me esperabas?

—Sí —respondió él, señalando la silla libre—. Pensé que podríamos cenar juntos. Si quieres, claro.

Mariana dudó un instante. Durante días había evitado compartir cualquier momento con él. Pero esa noche, después de todo lo que había pasado, no sintió ganas de huir. Asintió despacio y tomó asiento.

El silencio llenó la habitación al principio, incómodo y tenso, pero sin la hostilidad de antes. Comieron unos minutos sin hablar, escuchando solo el sonido suave de los cubiertos contra la porcelana. Fue Valentino quien rompió el silencio:

—¿Cómo te fue en casa de Ana?

—Bien —respondió ella, mirando su plato—. Hablamos. De todo un poco.

—Me alegra —dijo él con calma—. A veces hace falta hablar con alguien para ordenar las ideas.

Mariana levantó la vista poco a poco.

—¿Tú también lo haces? ¿Hablas con alguien cuando estás confundido?

Valentino sonrió con un rastro de melancolía.

—Hablo con mi padre. Siempre me escucha. Dice que las ideas se aclaran cuando se comparten en voz alta.

—Tu padre… —repitió ella—. Es amigo de los míos, ¿verdad?

—Sí. Crecimos juntos. Él me contó muchas historias de tus padres cuando eran jóvenes. Y también de ti, desde que eras pequeña.

Mariana frunció el ceño, curiosa:

—¿De mí? ¿Qué te decía?

—Que eras valiente —respondió él con sinceridad—. Que tenías un carácter fuerte y un corazón enorme. Que siempre defendías lo que querías, sin rendirte nunca.

Ella apartó la mirada, sintiendo un calor inesperado en las mejillas.

—Suena bonito. Pero a veces dicen que soy terca. Que no escucho.

—La terquedad también tiene su lado bueno —dijo él—. Significa que sabes lo que quieres. Yo también soy así. Cuando me propongo algo, no me rindo fácilmente.

Mariana lo miró con atención.

—¿Como qué cosas?

—Como cumplir mis sueños —respondió él, con brillo en los ojos—. Quiero estudiar arquitectura. Diseñar casas, edificios… lugares donde la gente se sienta bien. Mi padre dice que es un sueño grande, pero que si me esfuerzo, lo lograré.

—Yo también tengo sueños —soltó ella sin pensar, y luego dudó un instante antes de seguir—. Me gusta escribir. Historias, relatos… cosas que imagino. Mis padres dicen que es un pasatiempo bonito, pero que debo elegir algo más “serio”.

Valentino la miró con interés genuino.

—¿Y tú qué crees?

—Creo que me hace feliz —admitió ella, bajando la voz—. Pero a veces siento que no me conocen de verdad. Ven lo que tengo, no lo que soy.

—Yo creo que te conozco un poco más ahora —dijo él suavemente—. Escribir es crear mundos donde tú decides. Tienes el control. Tiene todo el sentido del mundo que te guste.

Mariana abrió los ojos ligeramente. Nadie lo había visto así antes.

—Nadie lo había dicho de esa forma —murmuró—. Es extraño… pensé que no teníamos nada en común. Pero ahora que lo pienso… ambos queremos que nos dejen elegir nuestro camino.

Valentino asintió lentamente.

—Exacto. A ti te deciden quién debes ser. A mí también me han dicho qué esperan de mí. Y cuesta no perderse entre todo eso.

—Mucho —suspiró ella—. Cuesta muchísimo.

Se quedaron en silencio otra vez, pero ya no era incómodo. Era un silencio compartido, de comprensión mutua. Mariana sintió que la distancia entre ellos se había acortado, como si alguien hubiera quitado un muro que los separaba.

—Valentino… —empezó ella, y su nombre salió de sus labios con una suavidad que la sorprendió—. Gracias por escucharme.

Él le sonrió, una sonrisa cálida y sincera.

—Gracias por hablarme. No es fácil para ti, lo sé.

Mariana bajó la mirada hacia su plato, pero sus labios dibujaron una sonrisa pequeña y tímida.

—Quizás… quizás no eres tan insoportable como pensaba.

Valentino soltó una risa suave.

—Tomaré eso como un gran cumplido.

Ella sonrió de verdad entonces, y por primera vez desde que él llegó, no sintió ganas de huir. Se sentía tranquila. En casa.

Mariana jugó un momento con el borde de la servilleta, y luego lo miró con curiosidad:

—Oye… si tus padres te hubieran dicho de repente que alguien vendría a cuidarte mientras ellos viajan… ¿te habrías enfadado igual que yo?

Valentino dejó el tenedor despacio y reflexionó un instante:

—Seguramente sí. Me habría sentido limitado. Como si no confiaran en mí. Lo entiendo perfectamente.

—¿De verdad? —sus ojos se iluminaron un poco—. Porque todos me dicen “es por tu bien” y nadie me escucha.

—Yo te escucho —dijo él con suavidad—. Sé que duele sentir que no ven lo capaz que eres. Pero también sé que tus padres lo hacen desde el miedo a perderte. No es que no confíen en ti. Es que confían demasiado poco en el mundo.

Mariana se quedó callada, asimilando sus palabras:

—Nunca lo vi así… Siempre pensé que era que no me creían suficiente.

—Eres más que suficiente, Mariana —afirmó él con firmeza—. Eso es justo lo que les da miedo: que seas tan fuerte y tan independiente que te alejes demasiado rápido.

Ella bajó la mirada, con una sonrisa triste:

—A veces quisiera que me lo dijeran así. Sin órdenes. Solo hablando.

—Pues aquí tienes a alguien que te habla sin órdenes —le sonrió él—. Siempre que quieras.

Mariana levantó la vista y, por primera vez, le devolvió la sonrisa sin reservas:

—Gracias, Valentino. De verdad.

—De nada —respondió él, y sus ojos brillaron con una ternura que la hizo sentir extrañamente ligera—. Y si algún día quieres leerme algo de lo que escribes… me encantaría escucharlo.

Ella se sonrojó levemente:

—Quizás… algún día.

 

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Tere Jimenez
empieza muy interesante gracias
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