Tras una muerte repentina en el mundo moderno, una joven despierta en el cuerpo de la princesa Evelyn, un personaje de una novela romántica de época que leyó en su vida pasada. Sin embargo, su destino es de todo menos idílico: en la historia original, Evelyn es una princesa olvidada e ignorada, destinada a morir trágicamente a los dieciocho años a manos de su propio padre, el cruel e implacable Emperador Aurelius, tras ser falsamente incriminada por su celosa media hermana.
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Capítulo 20
Las palabras, simples y directas, golpearon a Evelyn como una ola. Una ola de alivio, de tristeza, de amor. Las lágrimas, que había retenido con tanta ferocidad, comenzaron a picarle en los ojos. Pero no las dejó caer. No podía permitirse esa debilidad. No frente a él.
—Gracias, Padre —dijo Evelyn, su voz era un hilo de emoción.
El Emperador asintió. No hubo un gesto de consuelo, ninguna caricia paternal. Pero en sus ojos dorados, Evelyn vio una conexión, un reconocimiento mutuo del dolor y el amor que los unía a través de la figura de la primera Emperatriz. Era una intimidad extraña, nacida de la tragedia, pero era una intimidad al fin y al cabo.
Se quedaron en el pabellón, observando el jardín que brillaba bajo el sol. La luz de mediodía, antes deslumbrante, ahora parecía suave y acogedora. El tiempo pareció detenerse, suspendido en ese espacio de recuerdos y verdades tácitas.
Evelyn sabía que este momento era crucial. No era solo un paseo, era un puente. Un puente entre el olvido y el reconocimiento, entre la indiferencia y una incipiente conexión. Tenía que afianzarlo, cimentarlo con más que palabras.
—Padre —dijo Evelyn, su voz recuperando un poco de su habitual aplomo, pero con una nueva dulzura. —Me gustaría aprender más sobre la magia de este jardín. Y sobre los libros que leía mi madre. ¿Cree que podría... estudiar aquí, a veces?
La pregunta era una audacia, una incursión en su santuario personal. Pero Evelyn había sentido la apertura, la fisura en su armadura.
El Emperador la miró, sus ojos dorados evaluándola una vez más. Había una complejidad en su expresión, una mezcla de su reserva habitual y una nueva consideración.
—Este lugar es... especial, Princesa —dijo el Emperador, su voz era grave. —Pocos tienen acceso a él.
—Lo sé, Padre —dijo Evelyn, su voz era baja, sincera. —Pero me gustaría honrar su memoria. Y aprender de ella.
El Emperador se mantuvo en silencio por un largo momento. La tensión era palpable, el aire quieto, esperando su veredicto. Evelyn sintió que el futuro de su juego de supervivencia dependía de su respuesta.
Finalmente, el Emperador asintió lentamente.
—Puedes venir aquí a estudiar, Princesa —dijo el Emperador, su voz era firme, pero sin la dureza que Evelyn había conocido. —Pero con una condición. Este lugar es un santuario. Debe ser tratado con el respeto que merece. Y nadie más debe saber de tu presencia aquí, por ahora.
Evelyn sintió un estallido de júbilo. ¡Lo había logrado! No solo el acceso al jardín, sino un lugar de estudio que era también un santuario, un rincón de privacidad y conexión con la memoria de su madre. Y la condición, "nadie más debe saber de tu presencia aquí, por ahora", era oro. Era una protección, una forma de mantenerla a salvo de la Emperatriz y de las intrigas de la corte.
—Lo prometo, Padre —dijo Evelyn, su voz era un susurro solemne, sus ojos azules fijos en los suyos, llenos de gratitud. —Honraré este lugar. Y la memoria de mi madre.
El Emperador asintió. Hubo un silencio entre ellos, cargado de una nueva comprensión, un pacto tácito. Era un paso pequeño, pero significativo. Una conexión, no de amor paternal, sino de respeto mutuo, de un interés compartido en la sabiduría y el legado.
—Bien —dijo el Emperador, su voz era un poco más relajada. —Ahora, debo regresar a mis deberes. El jardín permanecerá abierto para ti.
Evelyn asintió. —Gracias, Padre. Por todo.
El Emperador se dio la vuelta y comenzó a descender por los escalones del pabellón, su figura imponente alejándose por el sendero de cristal. Evelyn lo observó hasta que su figura se perdió entre los arbustos de rosas de cristal.
Se quedó sola en el pabellón, el sol de mediodía brillando a través de los pétalos de cristal, pintando el suelo con un caleidoscopio de colores. Una oleada de emoción la invadió. Había entrado en el santuario de su madre, había escuchado las palabras de su padre, había sentido una conexión. Ya no era solo la niña olvidada. Era la Princesa Evelyn, una estudiante diligente, una mente perspicaz, y ahora, la guardiana silenciosa de un secreto.
Se sentó en uno de los bancos de mármol del pabellón, el suave zumbido del jardín y el tintineo del agua llenando el aire. Sacó de la memoria los detalles de los libros que su madre había leído, los símbolos que había estudiado. Este jardín no sería solo un refugio, sino una biblioteca viviente, un aula de magia y conocimiento.
Las horas pasaron rápidamente. Evelyn exploró el jardín, sus pequeños dedos rozando suavemente los pétalos de cristal, sus ojos absorbiendo la belleza y la complejidad de cada flor. Caminó por los senderos, se detuvo junto a los arroyos, observó las mariposas de vidrio que brillaban al sol. Era un mundo de maravilla y conocimiento, un regalo que no había esperado.
Mientras el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de naranjas y rosas, Evelyn se sintió invadida por una profunda sensación de paz. Este lugar era suyo ahora, su secreto, su santuario. Aquí, lejos de las miradas indiscretas de la corte, podría florecer.
Decidió quedarse un poco más, disfrutando de la tranquilidad del atardecer en el jardín. La luz se volvía más suave, los colores de las rosas de cristal, más intensos, más etéreos. El tintineo del agua era más musical en el silencio creciente.
Se sentó en un banco junto a un pequeño estanque, observando cómo los últimos rayos de sol se reflejaban en la superficie, creando pequeños destellos dorados. La paz era casi palpable.
Pero justo cuando la última luz del día empezaba a desvanecerse, y el jardín comenzaba a envolverse en las sombras crepusculares, Evelyn sintió un escalofrío que no tenía que ver con la temperatura. Una sensación extraña, como la de ser observada. No era la presencia de los guardias, ni el Emperador. Era algo diferente, más sutil, más... mágico.
Se incorporó, sus sentidos de mujer adulta en alerta máxima. Sus ojos azules escudriñaron el entorno, buscando el origen de esa sensación. El jardín, antes tan sereno, ahora parecía cargado de una quietud inusual. El tintineo del agua se sentía más fuerte, casi como un murmullo de advertencia.
El aire de repente se sintió denso, cargado con una energía que Evelyn reconoció instintivamente como magia. No era la magia suave y natural de las rosas de cristal, sino algo más crudo, más potente, con un matiz de oscuridad.
Se levantó del banco, sus pequeños pies descalzos, tensos contra la gravilla. Su mirada se fijó en una parte del jardín que no había explorado: una zona más densa de arbustos de cristal, donde las sombras ya eran profundas y los colores se desdibujaban en tonos de gris y morado.
Un leve crujido, como el de una rama seca al romperse, resonó desde esa dirección.
El corazón de Evelyn comenzó a latir con fuerza en su pecho. No era un animal. Era algo más grande. Era una presencia. Una presencia que no debería estar aquí, en el jardín secreto del Emperador.
Retrocedió lentamente, sus ojos fijos en las sombras. La adrenalina comenzó a bombear por sus venas. No había guardias, no había nadie. Estaba sola.
La silueta de una figura alta y delgada comenzó a emerger de la oscuridad de los arbustos. Se movía con una agilidad felina, casi imperceptible, como una sombra que cobra vida. Su túnica era oscura, de un material que parecía absorber la poca luz restante.
Evelyn contuvo la respiración, sus ojos azules abiertos de par en par. La figura se acercaba, y a medida que lo hacía, Evelyn pudo distinguir más detalles. Un rostro joven, pero con ojos intensos y una expresión que no era ni hostil ni amigable, sino una mezcla de curiosidad y cautela. Un aura de magia palpable lo rodeaba, una energía que vibraba en el aire, haciendo que los cristales de las rosas cercanas emitieran un tenue zumbido.
Era un intruso. Un mago. En el jardín del Emperador. Y la mirada de sus ojos, aunque oculta por la oscuridad, parecía fijada directamente en Evelyn.
Sin embargo, la tranquilidad del paseo se vio interrumpida por un encuentro inesperado en las sombras.