Renata creyó que el peor error de su vida había sido amar a un hombre que jamás la quiso.
Durante tres años fue la esposa perfecta de Rodrigo, soportando humillaciones y sacrificios con la esperanza de que algún día él la mirara con amor. Pero la noche de su tercer aniversario descubre la verdad más cruel: su esposo la engaña con Daniela, su propia hermana, la mujer que desde niña le arrebató todo lo que alguna vez quiso.
Decidida a recuperar su dignidad, Renata pide el divorcio y jura no volver a depender de ningún hombre. Sin embargo, cuando cree haber perdido a la única familia que le quedaba, alguien inesperado comienza a sostenerla en silencio.
Adrián siempre estuvo ahí.
Quince años menor que ella. Hermano de su mejor amiga. El hombre al que jamás debería mirar.
Lo que Renata ignora es que Adrián lleva años enamorado de ella, observándola desde la distancia, esperando el día en que pudiera demostrarle que el amor no duele, no humilla y mucho menos traiciona.
NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10
Renata esperó a Adrián en el estacionamiento del edificio de él, apoyada en su carro, con el contrato marco enrollado en la mano como un arma.
Lo vio salir del ascensor pasadas las siete, aflojándose el cuello de la camisa, y en cuanto la vio ahí parada la cara se le suavizó de una manera que a ella, en otras circunstancias, le habría gustado. Esa noche le dio rabia.
—Renata. ¿Pasó algo?
—El cliente. —Levantó el contrato—. La cuenta grande. La que me tenía tan orgullosa porque me la había ganado sola. Es tuya, Adrián. Es del Grupo A.
Él se detuvo a dos pasos, y no lo negó. Esa fue la peor parte. Ni siquiera intentó fingir sorpresa.
—Sí.
—¿Sí? —A Renata se le quebró la voz de pura indignación—. ¿Cuántas veces más, Adrián? El centro comercial, la cuenta, el abogado. ¿Qué más has estado moviendo por detrás sin que yo lo sepa? ¿Toda mi vida es una escenografía que tú armaste para que la pobre Renata se sintiera capaz de algo?
—No es eso.
—¿Entonces qué es? —Dio un paso hacia él, temblando—. Porque yo creí que esa cuenta la había conseguido por mi trabajo. Me sentí buena en algo por primera vez en años. ¿Y ahora resulta que fue una limosna? ¿Que el niño rico le tiró un hueso a la amiga vieja de su hermana para que no se sintiera tan fracasada?
—No vuelvas a decir eso. —A Adrián se le endureció la voz, y cruzó los dos pasos que los separaban de golpe—. Deja de hablar de ti así. La cuenta te la asignaron porque tu trabajo es bueno, Renata, no porque yo lo pidiera. Yo elegí tu empresa. Elegí darle el contrato al Grupo B sabiendo que tú estabas ahí, sí, pero lo que hiciste con él, lo que presentaste esta mañana, eso fue tuyo. Todo tuyo. Yo no moví un dedo dentro de esa sala.
—Pero abriste la puerta.
—Sí. —La miró a los ojos, sin apartarse—. Abrí la puerta. Como abrí la del centro comercial, y como conseguí al abogado. Porque no soporto verte pelear sola contra todos cuando yo puedo quitarte aunque sea un peso de encima. ¿Eso es un crimen?
Estaban demasiado cerca. Renata lo notó tarde, cuando ya el aire entre ellos se había puesto denso, cuando ya podía ver el pulso latiéndole a él en el cuello. Debió dar un paso atrás. No lo dio.
—¿Por qué? —preguntó ella, y le salió en un hilo—. ¿Por qué te importa tanto quitarme peso de encima? No soy nada tuyo, Adrián.
—Renata.
Él dijo su nombre y no dijo nada más, pero la forma en que lo dijo lo dijo todo. Bajó la mirada a la boca de ella, apenas, medio segundo, y después volvió a los ojos, y levantó la mano despacio, tan despacio que ella pudo haberlo detenido diez veces, y le apartó un mechón de pelo de la cara. Los dedos le rozaron la mejilla, la sien, se demoraron ahí más de lo necesario, y Renata sintió que se le cortaba la respiración.
Él se inclinó. Ella sintió su aliento tibio, el olor a madera, la boca de él a un suspiro de la suya, y por un instante el mundo entero se redujo a esa distancia que se cerraba.
Y entonces el miedo le ganó.
—No. —Puso la mano en el pecho de él y lo empujó, no fuerte, pero lo empujó—. No, Adrián. Esto no.
Él se quedó quieto, con la respiración agitada, sin retroceder del todo.
—Renata—
—Eres el hermano de Ximena. —Las palabras le salieron atropelladas, buscando cualquier muro para esconderse detrás—. Es mi mejor amiga. Es la única familia que me queda en el mundo, la única persona que apareció por mí sin pedirme nada a cambio. ¿Y yo qué voy a hacer, quitarle a su hermano menor? ¿Sabes lo que me diría? ¿Lo que pensaría de mí?
—Ximena no es—
—Y tienes veintiocho años. —Le tembló la voz, y la subió para tapar el temblor—. Veintiocho, Adrián. Yo tengo cuarenta y tres. Cuando tú tengas cuarenta, yo voy a tener cincuenta y cinco. Voy a ser una vieja y tú vas a estar en tu mejor momento, y te vas a preguntar qué demonios estabas haciendo con la amiga arrugada de tu hermana. No. No te voy a hacer eso a ti, y no me lo voy a hacer a mí.
—¿Terminaste? —Adrián la miró, y en su cara no había rabia, había algo peor, una calma dolida—. Porque todo lo que acabas de decir es sobre lo que crees que yo voy a sentir. Ni una palabra sobre lo que sientes tú.
Renata abrió la boca. No le salió nada. Porque él tenía razón, y porque decir la verdad era mucho más peligroso que cualquiera de las mentiras que acababa de amontonar.
—Me tengo que ir —dijo, y su voz sonó a derrota.
Se dio la vuelta, abrió la puerta de su carro y se metió sin mirarlo, porque sabía que si lo miraba una vez más no iba a poder irse. Arrancó, y solo cuando dobló la salida del estacionamiento se permitió respirar, y respiró como quien sale del agua, a bocanadas, con las manos apretadas al volante y esa certeza fría instalándose en el pecho.
Tenía que alejarse de él. Costara lo que costara. Por Ximena, por ella, por él. Antes de que fuera tarde, si es que no lo era ya.
—
Desde el otro extremo del estacionamiento, dentro de un carro con las luces apagadas, Rodrigo bajó despacio el teléfono con el que había estado a punto de llamarla.
Había ido hasta ahí para interceptarla, para presionarla con lo del divorcio cara a cara, seguro de encontrarla sola y vulnerable. En cambio, la había encontrado con otro. Con ese. Con Adrián.
Los había visto. Vio la mano de Adrián en la cara de Renata, vio lo cerca que estuvieron, vio a su esposa —porque todavía era su esposa, eso él lo tenía muy claro— temblar delante de un hombre como nunca había temblado delante de él en tres años de matrimonio.
Y algo se le removió en el pecho, algo que Rodrigo no reconoció al principio porque nunca lo había sentido con ella. No eran celos de amante. Era otra cosa, más fea, más honda. Era la sensación exacta de un hombre que descubre, demasiado tarde, que lo que daba por seguro, lo que creía que iba a estar ahí siempre esperándolo, de repente tenía a alguien más mirándolo con hambre.
Renata podía irse. Renata podía ser de otro.
Por primera vez, la idea de perderla dejó de ser una molestia administrativa y se volvió algo que le apretó las manos sobre el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
quedé sorprendida por toda la redacción
Mi imaginación, recreo toda la escena 👏👏👏
Felicidades autora ☺️🎆