Dos personas marcadas por heridas del pasado se encuentran cuando menos lo esperan. Ella ha aprendido a esconder su dolor detrás de una sonrisa. Él carga con un pasado que no logra perdonarse. Ninguno busca enamorarse, pero el destino los une y descubrirán que, incluso en la oscuridad más profunda, una sola persona puede convertirse en la luz del otro.
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capitulo 11 - un lugar seguro
"Hay personas que llegan sin hacer ruido, pero terminan convirtiéndose en el lugar donde el alma descansa."
La noche después de aquella primera cita fue diferente para ambos.
Rebeca llegó a casa con la rosa que Efraín le había regalado. La colocó cuidadosamente en un vaso de cristal, el único que tenía lo suficientemente pequeño para sostenerla. Sonrió al verla sobre la mesa de la sala.
Era una simple flor.
Pero para ella significaba mucho más.
Hacía años que nadie tenía un detalle con ella sin esperar algo a cambio.
Se sentó en el sofá, tomó su teléfono y volvió a leer la conversación que habían tenido durante el día. Sin darse cuenta, una sonrisa apareció en su rostro.
En ese mismo instante, el teléfono vibró.
Era un mensaje de Efraín.
"¿Llegaste bien a casa?"
Rebeca respondió casi de inmediato.
"Sí, hace unos minutos. Gracias por preguntar."
Él tardó solo unos segundos en contestar.
"Me alegra. Quería asegurarme de que estuvieras bien."
Rebeca apoyó el teléfono sobre su pecho.
Nadie se preocupaba por ella de esa manera desde hacía mucho tiempo.
Mientras tanto, Efraín caminaba por el balcón de su departamento con una taza de café entre las manos. No podía dejar de pensar en la tranquilidad que había sentido junto a Rebeca.
No había tenido que fingir ser alguien diferente.
No había silencios incómodos.
Solo una conversación sincera.
Decidió volver a escribirle.
"Gracias por aceptar la invitación. La pasé realmente bien."
Rebeca sonrió antes de responder.
"Yo también. Creo que necesitaba una tarde como esa."
Después de ese mensaje, la conversación continuó durante casi una hora.
Hablaron de la infancia.
De los libros que habían marcado sus vidas.
De las canciones que escuchaban cuando necesitaban tranquilidad.
Rebeca evitó contar los momentos más dolorosos de su pasado, pero habló con cariño de su abuela, la única persona que le enseñó el verdadero significado del amor.
Efraín escuchaba con atención cada palabra.
No la interrumpía.
No hacía preguntas incómodas.
Simplemente la dejaba hablar.
Eso hizo que Rebeca sintiera una confianza que nunca antes había experimentado.
Antes de despedirse, Efraín escribió:
"¿Sabes qué es lo que más me gusta de hablar contigo?"
Rebeca sonrió curiosa.
"¿Qué cosa?"
"Que puedo ser yo mismo."
Ella permaneció varios segundos mirando la pantalla.
Después respondió con total sinceridad.
"A mí me pasa exactamente lo mismo."
Aquellas palabras hicieron sonreír a Efraín.
No era una declaración de amor.
Ni falta que hacía.
Era mucho más valioso descubrir que ambos podían mostrarse tal como eran, sin máscaras y sin miedo a ser juzgados.
Antes de dormir, Rebeca apagó la luz de su habitación y miró una vez más la rosa sobre la mesa.
Por primera vez en muchos años, sintió que alguien comenzaba a ver a la mujer que era… y no solamente las heridas que llevaba escondidas.
Sin saberlo, aquella noche ambos comenzaron a ocupar un lugar especial en el corazón del otro.
Y aunque ninguno se atrevía todavía a llamarlo amor, el destino ya había comenzado a escribir una historia que cambiaría sus vidas para siempre.