Faltaban veintitrés días para mi boda cuando descubrí que el príncipe Cassiel planeaba matarme después de convertirse en emperador.
Esa misma noche, mi padre apareció muerto.
Solo tenía una forma de escapar de mi prometido: casarme con su hermano mayor.
Killian, el príncipe maldito que todo el Imperio temía.
Creí que estaba eligiendo al menor de dos monstruos.
Hasta que llegué al Norte y miles de soldados se arrodillaron ante mi esposo.
—Bienvenido a casa, mi rey.
Entonces se arrodillaron ante mí.
—Bienvenida, mi reina.
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Capítulo 12: La hija del Norte.
A la mañana siguiente, Killian decidió que la mejor forma de explicarme que mi madre pertenecía a una estirpe mágica extinta era llevarme a una biblioteca.
No protesté. Después de descubrir que podía frenar una maldición solo con las manos, escuchar voces en mi cabeza y lograr que un lobo ancestral se arrodillara ante mí, un espacio lleno de libros me parecía un refugio extraordinariamente seguro.
—¿Dónde está Morvath? —pregunté mientras bajábamos por una estrecha escalera excavada en la propia montaña.
—Cazando.
—¿Qué caza?
Killian se giró a mirarme.
—Créeme, prefieres no saberlo.
Decidí no indagar más. Apenas habían transcurrido unas horas desde la luna nueva y, aunque él aseguraba encontrarse bien, las profundas ojeras y la rigidez de sus movimientos delataban el dolor que le habían provocado las cadenas.
Aun así, las marcas oscuras habían retrocedido por completo. Y yo no podía dejar de darle vueltas a eso.
—¿Siempre baja hasta aquí después de una noche encadenado?
—No.
—Entonces debería estar descansando.
—¿Estás preocupada por mí? —inquirió, alzando una ceja.
—Estoy preocupada por quedarme viuda antes de averiguar cómo pedir el divorcio.
Una leve sonrisa asomó a sus labios.
—Conmovedor.
Al llegar al final de la escalera nos topamos con una enorme puerta de madera oscura. Killian posó la mano sobre un símbolo grabado en la superficie y empujó.
La estancia que apareció ante nosotros era gigantesca: estanterías talladas directamente en la roca se elevaban varios metros hacia el techo, abarrotadas de mapas, cofres, pergaminos y cientos de tomos tan antiguos que parecían a punto de desintegrarse con solo mirarlos.
En el centro, un anciano dormía plácidamente sobre una gran mesa.
Killian dio un golpe seco contra la madera.
—Eamon.
El hombre se incorporó de golpe, sobresaltado.
—¡No fui yo!
Lo observé con curiosidad mientras parpadeaba varias veces intentando recomponerse.
—Majestad... —murmuró al reconocer a Killian.
—Necesito los registros de las Guardianas.
Al oírlo, el sopor desapareció de inmediato del rostro del anciano. Sus ojos se clavaron en mí con desconcierto.
—¿Para qué?
—Morvath se arrodilló ante ella.
Eamon me examinó de arriba abajo, miró a Killian, y luego volvió a fijar la vista en mí, completamente escéptico.
—¿Cuánto bebió anoche, jóven Killian?
—Nada.
—En ese caso, el que necesita beber soy yo —suspiró el anciano.
Eamon se puso en pie y nos indicó con un gesto:
—Síganme.
Tardó casi media hora en dar con lo que buscaba. Finalmente extrajo un tomo enorme, encuadernado en cuero blanco y grabado con el mismo símbolo que llevaba en mi colgante.
Un escalofrío me recorrió la espalda al reconocerlo.
—Es ese —murmuré.
Saqué la piedra que llevaba al cuello y la mostré.
Al verla, Eamon palideció de golpe.
—¿Dónde consiguió eso?
—Era de mi madre.
—¿Cómo se llamaba?
—Helena Aster.
El anciano frunció el ceño con rotundidad.
—No... Definitivamente no.
—¿No qué? —pregunté, confundida.
—Ella no nació con ese apellido.
Me quedé helada. Killian dio un paso al frente con severidad:
—Eamon, habla claro.
El anciano abrió el enorme tomo sobre la mesa y sus dedos recorrieron con prisa las páginas hasta detenerse en una sección en particular.
—Las Guardianas no constituían una sola familia —explicó sin levantar la vista—. Eran diversas líneas de sangre del Norte encomendadas a preservar los vínculos con las criaturas ancestrales.
—¿Como Morvath?
—Morvath es solo una de ellas —asintió mientras continuaba pasando hojas—. Tras las guerras antiguas, las Guardianas fueron perseguidas sin tregua. Varias estirpes se extinguieron y otras tantas ocultaron sus verdaderos nombres para sobrevivir.
De pronto, se detuvo ante una lista. El viejo archivero señaló con un dedo tembloroso uno de los últimos nombres inscritos:
Helena Vaelar.
Justo debajo, una nota manuscrita indicaba: Última hija de la línea de Aster.
El corazón comenzó a martillarme en el pecho.
—Aster...
—No surgió como un apellido —aclaró Eamon—. Era la denominación de una de las órdenes originarias de Guardianas.
Giré la cabeza hacia Killian, quien parecía tan desconcertado como yo.
—Entonces mi padre...
—Es probable que su padre adoptara el nombre al casarse con ella —intervino el anciano—. O tal vez la coincidencia fue deliberada; para confirmarlo tendría que consultar los registros del Sur.
Me dejé caer en una silla cercana, abrumada por el peso de la revelación.
—Mi madre era norteña...
Eamon me observó como si aquello fuese la conclusión más evidente del mundo.
—En un grado muy profundo, mi señora.
—Jamás me lo dijo —susurré, contemplando la piedra blanca entre mis manos.
De pronto, multitud de recuerdos de mi infancia se agolparon en mi mente.
Mamá odiaba el calor. Siempre dejaba las ventanas abiertas de par en par durante el invierno y solía enseñarme canciones que aseguraba haber aprendido de su propia madre, aunque yo jamás había comprendido la lengua en que las cantaba. También recordé las historias que me relataba antes de dormir: cuentos sobre lobos gigantes, montañas infinitas y reyes sin corona.
Hasta ese momento, había creído que eran simples fantasías.
—¿De dónde era ella exactamente? —pregunté.
Eamon volvió a revisar el tomo.
—De una región llamada Vaelgard.
Al escuchar el nombre, Killian se tensó visiblemente.
—Eso queda al otro lado de las montañas.
—Quedaba —corrigió Eamon en voz baja.
Lo miré fijamente.
—¿Qué quiere decir?
El anciano entornó el libro antes de responder:
—Vaelgard fue destruida.
Un nudo opresivo se me formó en el estómago.
—¿Cuándo?
—Hace dieciocho años.
Un año antes de que yo naciera.
—¿Quién lo hizo?
Eamon desvió la mirada hacia Killian, y fue mi esposo quien respondió con frialdad:
—El Imperio.
El silencio que siguió se volvió denso, casi sofocante.
—¿Por qué? —exigí saber.
—La versión oficial sostiene que protegían a practicantes de magia prohibida.
Solté una risa amarga.
—Déjame adivinar: esa versión probablemente sea mentira.
—Estoy empezando a apreciar lo rápido que aprendes —comentó Killian.
No me provocaba ninguna gracia. Volví a fijar la vista en el nombre escrito sobre el pergamino: Helena Vaelar. Mi madre había tenido otro apellido, otra vida y un hogar que fue arrasado hasta los cimientos antes de mi nacimiento.
—¿Cómo terminó casada con mi padre?
—Eso es algo que tendremos que averiguar —contestó Killian.
Mientras tanto, Eamon continuaba examinando las anotaciones del registro hasta que, de pronto, se detuvo en seco.
—Hay algo más —murmuró.
—Empiezo a odiar esa frase —suspiré.
El anciano señaló una pequeña anotación escrita al margen de la página.
—Las Guardianas no controlaban a las criaturas —explicó.
—¿Entonces?
—Las equilibraban.
Giré la cabeza hacia Killian.
—¿Eso explica sus marcas?
Eamon alzó la vista, inquisitivo. En respuesta, Killian desabrochó con frialdad el primer botón de su camisa. Al ver las líneas oscuras grabadas en la piel, el archivero se tensó.
—¿Hasta dónde habían llegado? —preguntó.
—Hasta la mandíbula.
Killian me hizo una leve seña con la cabeza.
—Ella las hizo retroceder.
El enorme libro cayó de las manos de Eamon sobre la mesa con un golpe seco que resonó por toda la estancia.
—¿Qué hizo exactamente?
—Solo lo toqué —admití.
—¿Durante cuánto tiempo?
—No estaba precisamente cronometrándolo.
Apremiado por la urgencia, el anciano rodeó la mesa y me tomó de la mano para examinar mis palmas.
—¿Sintió calor?
—Sí.
—¿Luz?
—Plateada.
—¿Y escuchó a Morvath?
Tragué saliva antes de responder:
—Sí.
Eamon soltó mi mano lentamente, con una expresión ensombrecida por la preocupación.
—¿Qué ocurre? —exigí saber.
—Su sangre está despertando —murmuró—. Durante años, su poder permaneció aletargado porque se encontraba lejos de estas tierras.
Un frío helado me recorrió la espalda.
—¿Y ahora?
Eamon contempló las paredes de roca firme que nos rodeaban.
—Ahora ha regresado al Norte.
Tanto Killian como yo permanecimos en absoluto silencio. En ese instante, una certeza rotunda se abrió paso en mi mente: no había llegado a un territorio ajeno. Mi sangre ya conocía estas montañas.
—¿Por eso me reconoció Morvath?
—Es muy probable —asintió el viejo.
—Entonces no se acercó a mí por causa de Killian.
Eamon y Killian intercambiaron una mirada densa, cargada de significados no dichos.
—No exactamente —dijo el anciano.
Entrecerré los ojos, intuyendo que había algo más.
—¿Qué quiere decir con eso?
Eamon cerró el pesado tomo de cuero blanco con firmeza.
—Esa respuesta pertenece a registros que aún debo localizar.
—¿Y cuánto tardará en encontrarlos?
—Días... o quizá semanas.
—Perfecto. Más misterios.
Salimos de la biblioteca poco después y, al alcanzar el exterior, nos encontramos con la nieve cayendo mansamente sobre la fortaleza.
Me detuve bajo el arco de piedra y extendí una mano; los copos se derritieron al instante contra mi piel.
—Mi madre nació aquí —murmuré.
Killian se colocó a mi lado, contemplando el paisaje blanco.
—Sí.
—Toda mi vida pensé que pertenecía al Sur.
—También perteneces allí.
—Pero llevo sangre norteña...
Killian me observó de reojo.
—Eso explica tu carácter.
Giré la cabeza hacia él, indignada.
—¿Perdón?
—Los norteños son difíciles de controlar.
—Y usted lleva varios días intentando darme órdenes —rebatí.
—Nunca dije que fuera una idea inteligente.
Dejé escapar una risa sincera y, por primera vez, no me sentí culpable por hacerlo.
Seguimos caminando hasta el patio principal, donde varios soldados entrenaban bajo la nieve. Al verme pasar, interrumpieron su práctica y golpearon sus puños contra el pecho al unísono.
—Mi reina.
Por primera vez, no los corregí. Killian lo notó de inmediato.
—¿Nada que añadir?
Miré las montañas que se alzaban a lo lejos y pensé en mi madre. Quizá ella había contemplado ese mismo paisaje; quizá había caminado sobre esa misma nieve mucho antes de que yo naciera.
—Todavía no soy su reina —respondí en voz baja.
—Díselo a ellos.
Una leve sonrisa asomó a mis labios. En ese instante, la silueta de Morvath emergió entre los árboles del perímetro. Corrió hacia nosotros y se detuvo justo frente a mí. Sin dudarlo, apoyé la mano sobre su enorme cabeza; la habitual sensación helada me recorrió los dedos, pero esta vez no hubo visiones ni dolor. Solo escuché una palabra resonando en mi mente:
«Casa».
Se me cerró la garganta por la emoción. Killian me observaba con atención.
—¿Qué dijo?
Lo miré a los ojos.
—Casa...
Algo extraño y fugaz cruzó su expresión, pero antes de que pudiera interpretarlo, un cuerno de guerra resonó desde las murallas.
Una vez.
Dos.
Tres toques.
Los soldados detuvieron el entrenamiento al instante y la sonrisa desapareció del rostro de Killian.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
Ronan apareció corriendo desde una de las torres.
—Jinetes del Sur —anunció, agitado.
—¿Cuántos?
—Una escolta imperial.
Killian dirigió la mirada hacia las grandes puertas del patio.
—¿Quién los envía?
En respuesta, Ronan le extendió un mensaje sellado. Reconocí el emblema de la cera roja antes de que Killian la rompiera: el sello de Cassiel.
Mi esposo leyó la carta y su mandíbula se tensó hasta volverse una línea rígida.
—¿Qué quiere? —exigí saber.
Killian alzó la vista hacia mí.
—A ti.
El frío pareció reinstalarse en mis huesos.
—¿Qué dice exactamente?
Me entregó el pergamino y solo necesité leer las primeras líneas:
Por orden del príncipe heredero Cassiel Valtheris, la duquesa Alamea Aster deberá regresar inmediatamente a Veridian para responder ante el Consejo Imperial por la apropiación ilegal de los bienes de la Casa Aster.
Continué leyendo. La última frase hizo que mis dedos arrugaran el papel con rabia:
Asimismo, su matrimonio con Killian Valtheris será sometido a un proceso formal de anulación.
Levanté la mirada de golpe. Killian estaba sonriendo, pero era una sonrisa oscura, fría y peligrosa.
—Creo que mi hermano acaba de olvidar algo importante —dijo.
—¿El qué?
A nuestras espaldas, las colosales puertas de Draeven comenzaron a abrirse mientras cientos de soldados norteños se reagrupaban en el patio.
Killian tomó la carta de mis manos y la rasgó por la mitad antes de dejarla caer a la nieve.
—Que aquí sus órdenes no significan nada.
gracias me dejas sin palabras, hermosa y misteriosa historia ❤️❤️❤️🥰🥰🥰