Amelia entra a la mansión del temido Alfa Lian como niñera de su pequeño hijo, sin saber que el líder ha quedado ciego y amargado tras la traición de su propia manada. En un mundo donde la debilidad se paga con sangre, Lian oculta su ceguera con crueldad, rechazando a todos. Sin embargo, el aroma de Amelia calma a su bestia y despierta una obsesión peligrosa. Entre secretos oscuros, enemigos acechando en las sombras y una atracción prohibitiva que consume sus almas, Amelia descubrirá que sanar a la bestia puede costarle la vida... o convertirla en su Luna.
NovelToon tiene autorización de Fernanda G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 13
El crepúsculo cayó sobre el valle de Blackwood arrastrando una niebla densa que se adhería a la hierba como un manto de ceniza.
Apenas dos días después del descubrimiento del veneno, la calma de la propiedad se rompió con el sonido sordo de un cuerno de caza retumbando desde la valla del perímetro este. Era la alarma de invasión: la señal inequívoca de que las patrullas fronterizas habían sido rebasadas.
Amelia estaba en la biblioteca del ala oeste, traduciendo un tratado de botánica antigua en busca de un antídoto para el acónito negro, cuando las sirenas de la mansión comenzaron a aullar.
Antes de que pudiera reaccionar, la puerta se abrió de golpe. Un guardia de la casa noble, bañado en sudor y con el uniforme desgarrado, irrumpió en la sala.
—¡Nos atacan! —gritó el hombre—. Son renegados del norte. Han roto el cordón de seguridad y se dirigen hacia la residencia principal. ¡Señorita Vance, suba inmediatamente a la tercera planta con el niño!
Amelia corrió hacia el pasillo, pero el estruendo de vidrios rotos y el sonido de metal contra garras en el patio central le indicaron que el enemigo ya estaba adentro.
A través del ventanal del descansillo, contempló el caos: una docena de lobos renegados —enormes, con el pelaje sarnoso y los ojos inyectados en sangre— saltaban sobre las barandillas de piedra, masacrando a los guardias de la entrada.
En medio del patio, erguido como una torre infranqueable, estaba Lian.
El Alfa vestía únicamente sus pantalones de cuero negro y una camisa ligera desabrochada. No llevaba la venda en los ojos; las cicatrices violáceas de su rostro quedaban expuestas bajo la luz grisácea de la niebla.
A pesar de estar completamente ciego, no había un solo rasgo de dudar en su postura. Su cabeza rotaba con lentitud milimétrica, filtrando el caos a través de un radar sensorial absoluto.
Para Lian, el mundo no era una imagen, sino un mapa de vibraciones, aromas y ecos.
Escuchaba el crujido de la hierba bajo las garras de los invasores, el pulso desbocado de sus corazones, el olor a hierro quemado de su sangre y el silbido del viento al ser cortado por los ataques. La toxina seguía ardiendo en sus sienes, pero la adrenalina de la batalla había aplacado momentáneamente la migraña, liberando la furia pura de su lobo interior.
Tres renegados se abalanzaron sobre él simultáneamente desde distintos ángulos.
El primero saltó por la izquierda. Lian no giró el cuerpo; esperó hasta el último milímetro, cuando el aliento pestilente de la bestia le rozó el hombro.
En una fracción de segundo, el Alfa extendió su brazo derecho, atrapando al lobo por la garganta a mitad del aire. Con una fuerza descomunal, aplastó la tráquea del atacante con un chasquido sordo y lo estrelló de cabeza contra el suelo de adoquines, fracturándole el cráneo.
Antes de que el primer cuerpo tocara el piso, el segundo invasor se lanzó hacia su espalda con las garras por delante. Lian agachó el torso con la precisión de un péndulo, dejando que las garras enemigas cortaran el aire por encima de su cabeza.
Giró sobre su talón y clavo la palma de su mano en el pecho del lobo, inyectando una onda de choque física que reventó las costillas del animal y lo proyectó diez metros hacia atrás, impactándolo contra la estatua central del jardín.
El tercer renegado vaciló a medio camino, intimidado por la brutalidad de un Alfa que luchaba sin ver.
—¡Es ciego! —rugió el líder de la manada enemiga desde la parte trasera del grupo, un lobo enorme de pelaje grisáceo y una cicatriz cruzándole la garganta—. ¡Rodeenlo! ¡No puede fijar los objetivos si atacamos todos a la vez!
Los renegados sobrevivientes comenzaron a moverse en círculo a su alrededor, arrastrando las garras contra la piedra para crear una red de ruido que intentaba saturar sus oídos sobrehumanos.
Desde el ventanal del segundo piso, Amelia contuvo el aliento. Vio cómo Lian inclinaba la cabeza, confundido por el eco multiplicado de las garras en el suelo.
El líder de los invasores aprovechó el momento de desorientación y sacó una daga de plata, deslizándose en silencio absoluto por detrás de Lian, listo para hundirle el metal en la nuca.
—¡Lian, a tu espalda! —gritó Amelia desde la ventana, su voz clara y aguda cortando el murmullo de la pelea.
Ese grito fue la brújula que el Alfa necesitaba.
El sonido de la voz de Amelia, imbuido del aroma a lluvia que el viento del patio arrastró hasta sus fosas nasales, fijó la posición exacta del atacante en la mente de Lian.
El Alfa no esperó. Dio una vuelta sobre sí mismo a una velocidad cegadora, acortando la distancia antes de que el líder renegado pudiera levantar la daga.
Las garras de Lian se desplegaron por completo, duras como el acero. Atravesó el tórax del líder con la mano limpia, arrancándole el corazón en un movimiento fluido y sangriento.
El líder cayó sobre las rodillas de Lian, escupiendo sangre antes de desplomarse inerte en el charco que comenzaba a formar la lluvia recién caída.
Los renegados restantes, aterrorizados ante la demostración de poder absoluto de un líder al que creían indefenso, soltaron un aullido de pavor y comenzaron a replegarse hacia los límites del bosque, abandonando a sus muertos en el patio.
Lian permaneció inmóvil en el centro del escenario, bañado en la sangre tibia de sus enemigos. Su pecho se elevaba y caía en bocanadas convulsivas. Las venas oscuras de su rostro latían con furia, un efecto secundario del esfuerzo físico que amenazaba con devolverle la ceguera dolorosa en cualquier momento.
Lian alzó la cabeza directamente hacia el ventanal del segundo piso donde Amelia permanecía parada, petrificada por la violencia de la escena. Aunque sus ojos grises estaban completamente apagados, el Alfa fijó la mirada en ella con una intensidad salvaje y posesiva.
Amelia bajó las escaleras a toda prisa, ignorando las advertencias de los guardias que comenzaban a asegurar el perímetro. Salió al patio de adoquines, sintiendo la lluvia fina mojarle el rostro y el olor acre a sangre fresca flotando en el aire.
Se detuvo a dos metros de Lian. El Alfa daba la espalda a la mansión, temblando ligeramente por la sobrecarga de sus sentidos. Las garras de sus manos goteaban sangre, pero en cuanto escuchó los pasos ligeros de la enfermera, su postura amenazante se suavizó de inmediato.
—Te dije que te quedaras arriba —murmuró Lian, su voz grave, rota y exhausta por el combate.
—Usted habría recibido una puñalada por la espalda si no le hubiese avisado —respondió Amelia, dando un paso más hacia él sin mostrar el menor atisbo de repulsión por la sangre que lo cubría.
Lian dio media vuelta. Con la mano aún manchada, se acercó a Amelia y rozó su mejilla con el dorso de sus dedos limpios, dejando una pequeña traza de calor en la piel de la joven. Inhaló profundamente, buscando desesperadamente el aroma a lluvia que volvía a apaciguar las venas negras que pugnaban por cerrarle las sienes.
—Esa voz... —susurró el Alfa, inclinándose hacia ella mientras el resto de los guardias observaba la escena en un silencio de absoluto estupor—. Tu voz fue lo único que pude escuchar con claridad entre toda esa basura.
Amelia miró el rostro ensangrentado del Alfa, sintiendo el choque violento entre la bestia asesina que acababa de masacrar a seis lobos y el hombre vulnerable que dependía de su toque para no perder la cordura.
Entendió en ese instante que su destino en la mansión Blackwood no era solo el de una espectadora o una médica, sino el de la única fuerza capaz de mantener con vida al monstruo.