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Cien millones por un heredero

Cien millones por un heredero

Status: En proceso
Genre:CEO / Doctor / Embarazo no planeado / Amante arrepentido
Popularitas:47
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.

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Capítulo 23

Capítulo 23. La culpable intenta acusar a otra

—Me dijeron que perdiste a Lucía por estar demasiado ocupada viéndote a escondidas con tu ex. ¿Es verdad?

Patricia se acercó a Elena haciendo un esfuerzo por contener la rabia.

Lucía era su nieta, hija de su difunto hijo Adrián.

Su preocupación era real. No estaba fingiendo, como Isabel.

—No...

No la dejó terminar. Levantó la mano y le dio una bofetada brutal.

¡Plaf!

El golpe estalló en la cara de Elena.

La cabeza se le fue hacia un lado y un sabor metálico le llenó la boca.

Solo llevaba dos días en aquella casa. Ya había recibido dos bofetadas.

¿Había hecho bien en casarse con Alejandro? ¿O se había equivocado?

Por primera vez, empezó a dudar de su decisión.

Isabel disfrutó al verla golpeada.

Esta mañana me hiciste quedar en ridículo. Ahora voy a despellejarte, pensó con malicia.

—¡No tienes vergüenza, Elena! ¡Estás embarazada de Alejandro y aun así te escapas a ver a tu ex! Y por si fuera poco, ¡te llevas a Lucía! ¿Qué es lo que pretendes?

Isabel seguía cargando las acusaciones de veneno.

Ernesto soltó un par de resoplidos desdeñosos.

—Para mí está claro. Se llevó a Lucía para usarla de coartada.

Jorge golpeó la mesa con la palma y se puso de pie. La señaló, furioso.

—¡¿Cómo puedes ser tan sucia?!

Isabel movió los ojos, calculando, y fue rápidamente hacia doña Mercedes. La tomó del brazo.

—Mamá, sospecho que ella y su ex planearon la desaparición de Lucía.

—¿Por qué piensas eso? —preguntó la anciana.

—Piénselo. Aunque tenga un hijo de Alejandro, él quiere a Lucía como si fuera suya. Algún día tendrá que darle parte de la fortuna familiar. Esta mujer quiso adelantarse para que su hijo se quede con todo. ¡Por eso se puso de acuerdo con su ex para secuestrarla!

Ernesto intervino en cuanto su esposa terminó:

—Isabel tiene toda la razón. ¿Cómo se explica tanta casualidad? Lleva a Lucía a esa cafetería y justo se encuentra con su ex. ¡Y justo aparece un secuestrador!

Sí. ¿Cómo podía haber tantas coincidencias?

Era como si el secuestrador hubiera sabido de antemano que llevaría a Lucía allí.

Pero Elena había elegido la cafetería al momento de hablar con Galván. Tampoco había planeado llevar a la niña. ¿Cómo podía saberlo aquel hombre?

A menos que alguien le hubiera avisado antes de que salieran.

Si esa suposición era correcta, la persona tenía que estar dentro de la casa de los Montenegro.

La mirada de Elena, lúcida y afilada, recorrió uno por uno los rostros de Patricia, Jorge, Isabel, Ernesto, doña Mercedes, el mayordomo y hasta las empleadas presentes.

Finalmente se detuvo en Isabel, incapaz de disimular su satisfacción.

—¡Eres una mujer perversa!

Patricia la señalaba, temblando de rabia.

Jorge se precipitó hacia ella con los ojos desorbitados.

—¡Si le pasa algo a Lucía, no te lo voy a perdonar!

¡Bam!

La anciana golpeó el suelo con el bastón y miró a Elena con toda su autoridad.

—Habla. ¿Dónde está Lucía?

—Señora, esa pregunta no debería hacérmela a mí. Debería preguntárselo a...

Elena hizo una pausa y levantó la mano.

—¡Ella!

Todos siguieron el dedo que apuntaba hacia Isabel.

Hasta entonces, la mujer rebosaba satisfacción. Al verse observada de golpe por más de una docena de ojos, se asustó.

¿Elena sabía que ella había ordenado llevarse a Lucía?

¡Imposible!

Rechazó la idea con firmeza y la fulminó con los ojos muy abiertos.

—¿Qué tonterías estás diciendo?

—Tú sabes perfectamente si son tonterías o no.

La voz de Elena era tranquila, pero firme.

—¡No sé nada! ¡No tengo idea de qué estás hablando!

Después de gritarle, fuera de sí, Isabel se volvió hacia la anciana.

—Mamá, no le crea. ¡Soy la tía abuela de Lucía! ¿Cómo voy a hacerle daño?

Se volvió también hacia Patricia y Jorge, apresurada.

—¡Ustedes tampoco le hagan caso!

—Estoy segura de que Isabel jamás haría algo así —declaró Patricia.

La seguridad de su voz sorprendió a Elena.

Patricia e Isabel eran cuñadas y siempre se habían llevado mal.

Elena había pensado que, al menos, Patricia dudaría de ella. Sin embargo...

Para todos ellos, la intrusa era Elena. La mala era ella.

Se le escapó una sonrisa amarga. Después caminó hacia Isabel.

La mujer la vio acercarse paso a paso y se inquietó. Sin darse cuenta, empezó a encoger los dedos a ambos lados del cuerpo.

El mayordomo había puesto toda su fuerza en la bofetada de aquella mañana. La marca de sus dedos había quedado bien definida.

Aunque Isabel se aplicó hielo enseguida, no había conseguido borrarla.

Antes de bajar se había puesto corrector. Desde lejos no se veía, pero de cerca la huella seguía siendo evidente.

Ahora Elena la contemplaba con una sonrisa apenas dibujada en los labios.

Isabel se irritó bajo aquella mirada. Se tapó la mejilla y la miró con rabia.

—¿Qué estás mirando?

—Si hubiera sabido que el mayordomo le pegó tan fuerte, le habría traído un ungüento. Lo preparo yo. Funciona muy bien.

Lo ocurrido aquella mañana era lo último que Isabel quería recordar o mencionar.

Al hablar de ello delante de todos, Elena acababa de arrastrarla de nuevo al centro de aquella humillación.

Isabel cerró los puños. La furia le enrojeció los ojos. La miró fijamente y escupió las palabras entre los dientes:

—¿Qué es lo que quieres decir?

—Quiero decir...

Elena hizo una pausa y pronunció cada palabra con claridad:

—Tú eres la culpable. Y ahora intentas culparme a mí.

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