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Casado Con Un Dragón

Casado Con Un Dragón

Status: En proceso
Genre:Omegaverse / Mundo de fantasía / Yaoi
Popularitas:5.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Azul zafiro

Bellamy despierta sin recuerdos. Descubre que está casado con Ignis, un duque dragón al que teme y detesta o eso pensaba. Su matrimonio fue un arreglo político, y él tiene un huevo de dragón escondido en el sótano que necesita las feromonas de ambos padres para nacer.

Ignis es brusco y posesivo, pero por la noche lo cuida en secreto. Bellamy descubre que antes de perder la memoria hizo cosas terribles por su hijo —incluso intentó matar a Martin, el hombre que Ignis prefiere según él.

Obligado por el bien de su bebé, se acerca a Ignis y consigue lo necesario para el huevo.

Al pasar los días, Bellamy ve a Ignis como un extraño y le teme, Ignis se da cuenta de que lo perdió por culpa de su propia brutalidad. Al en contrar el huevo Ignis no se enoja solo se preocupa.
Y el huevo espera… creciendo, esperando nacer.

¿Crees que Ignis logre recuperar el amor de Bellamy?

¿Podrá Bellamy hacer que su bebé nazca sin que su padre lo descubra?

NovelToon tiene autorización de Azul zafiro para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22.

Llegamos al Palacio Imperial cuando el sol empezaba a ocultarse. El lugar era hermoso, imponente… y extrañamente hostil. Todo me resultaba ajeno, mucho más lejano y frío que el Ducado. Catrina me había contado cómo era mi padre y cómo me trataba: nunca fui amado como los dos príncipes mayores. Las antorchas ardían desde la puerta principal hasta el Gran Salón, los estandartes imperiales ondeaban al viento, y el aire olía a flores frescas y cera nueva. Sin embargo, esa belleza no me daba paz.

Ignis caminaba a mi lado, sin soltarme la mano. Su capa de azul y oro rozaba el suelo, y sus cuernos dorados brillaban con la luz de las antorchas. Su cercanía era mi único refugio. Detrás de nosotros, un guardia de la casa Sterling nos seguía de cerca, mientras yo empujaba suavemente la cuna portátil. Era la más hermosa que había visto: azul y dorada, con ruedas que rodaban sin hacer ruido sobre la alfombra. Dentro, entre sedas blancas y suaves, descansaba mi huevo dorado, brillando despacio, como si respirara. Cada vez que lo miraba, mi corazón latía con más fuerza.

—Mi amor, no aprietes tanto la manija —le susurró Ignis, con una risa baja y tierna—. Vas a romperla.

—Es que no quiero que nadie se acerque demasiado —respondí, sin dejar de mirar la cuna—. Hoy lo presentamos como tu heredero. Como mi hijo. Como nuestro hijo. No quiero que nadie lo toque sin permiso.

Asentí, sintiendo miedo, pero también un orgullo inmenso que me llenaba el pecho.

Cuando las puertas del salón se abrieron de par en par, todos se giraron hacia nosotros. Hubo un silencio breve, seguido de aplausos, exclamaciones y murmullos de asombro.

—¡Los Duques Sterling! —se escuchó entre la multitud—. ¡Miren la cuna! ¡Es verdad, tienen un heredero dragón!

Los nobles se inclinaban al pasar. Las damas suspiraban admirando la cuna. Los niños se ponían de puntillas para ver el huevo. Por un instante, creí que esa noche sería perfecta. Que todo sería bien.

Entonces el Emperador se levantó de su trono y bajó los escalones hacia nosotros. Sonreía, pero su sonrisa no llegaba a sus ojos. Una sonrisa calculada, vacía.

—Ignis, Bellamy —dijo con voz potente—. Qué alegría verlos. Han bendecido al imperio con un heredero. Bellamy, hijo mío, ven. Quiero hablar contigo a solas, como familia. Quiero bendecir a tu pequeño personalmente.

Sentí cómo la mano de Ignis se tensó de inmediato.

—Su Majestad, podemos hablar los tres aquí mismo —respondió él, sin soltarme.

—Vamos, Ignis —rio el Emperador, con tono de reproche amable—. ¿No confiarás en tu propio suegro? Solo serán dos minutos. Hay cosas que un dragón como tú no entendería.

Antes de que Ignis pudiera insistir, tres nobles se nos acercaron, rodeándolo con copas en la mano, felicitándolo sin dejarle espacio para avanzar. No podía rechazarlos sin causar un escándalo. Quedó atrapado entre cortesanos que no dejaban de hablarle.

—Ignis… —lo llamé, inquieto.

El Emperador me tomó del brazo con suavidad, pero con una firmeza que no admitía negativa. Me alejó de la cuna.

—Solo dos minutos, Bellamy —susurró.

Miré hacia atrás. Ignis intentaba abrirse paso, pero los nobles lo detenían. Sus ojos dorados empezaban a arder de rabia y preocupación. Buscaba con la mirada al guardia, a mí… y en ese instante, Martin apareció.

Como siempre, llegó sin que nadie lo llamara. Impecable con su túnica de Obispo, sonriendo con esa dulzura que me helaba la sangre. Se detuvo junto a la cuna como si fuera su lugar natural. Me miró de reojo, con una burla que me hizo apretar los puños. Me llevaron casi a rastras fuera del salón, lejos de mi hijo.

—Ignis —dijo Martin con voz preocupada, lo suficientemente fuerte para que todos lo oyeran—. El huevo se está enfriando. Parece que pierde calor. Déjame darle un poco de energía. Sabes que mi Don es compatible con el suyo.

Ignis se giró bruscamente, furioso.

—¡No lo toques! —rugió.

Martin abrió los ojos, herido, como si lo hubieran ofendido profundamente. Miró a los presentes con expresión de inocencia.

—Solo quiero ayudar —dijo con esa voz suave y manipuladora—. Ante Su Majestad y todos los presentes, juro que solo busco darle calidez al heredero de mi hermano. ¿Me negarás eso, Ignis? ¿Delante de todo el mundo?

El salón entero los observaba. Si Ignis se oponía, parecería irracional, cruel. Apretó los dientes hasta que la mandíbula le dolió.

—Diez segundos —escupió, con voz cortante.

Martin sonrió triunfante y colocó ambas manos sobre el huevo dorado. Cerró los ojos y dejó fluir toda su energía. El huevo brilló de golpe, con tanta intensidad que iluminó la cuna entera. Los nobles exclamaron asombrados.

—Es increíble… —susurró una voz pequeña.

Mariel había estado escondido detrás de Martin todo ese tiempo. Se asomó y vio el huevo brillar, y sus ojos azules se llenaron de asombro y admiración. Nunca había visto algo tan hermoso.

Martin retiró las manos, satisfecho con su actuación. Ignis llegó hasta él en tres zancadas, le quitó el huevo con cuidado y se lo entregó al guardia.

—Llévalo a la antecámara. No dejes entrar a nadie. Protégelo con tu vida —ordenó con firmeza—. Voy por Bellamy.

El guardia asintió y empujó la cuna rápidamente hacia un pasillo lateral, apartado de la multitud. Martin, como si nada hubiera pasado, siguió el camino por el que se habían llevado a Bellamy, detrás de Ignis.

Mariel se quedó solo con el guardia y la cuna. Se acercó despacio, fascinado por el brillo que aún emanaba del huevo. Recordó las lecciones de Martin: Siente la energía y déjala salir, sin miedo.

Solo un poquito, pensó, y extendió su manita con timidez.

El guardia no lo detuvo. Es solo un niño, se dijo a sí mismo.

En cuanto sus dedos rozaron el cascarón, Mariel sintió algo maravilloso: como si todo el peso que llevaba en el pecho desapareciera de golpe. Se sintió ligero, cálido, libre. No comprendió que no estaba tomando energía, sino dándola: toda la suya, sin control, sin medida, fluyendo hacia el huevo.

El cascarón reaccionó de inmediato.

¡Crac!

Un sonido seco y claro. Una grieta fina apareció en la superficie dorada. Mariel retiró la mano, asustado.

—¿Qué hiciste? —susurró el guardia, pálido.

La grieta se ensanchó. Crac. Crac. El huevo empezó a temblar dentro de la cuna.

—No… no lo sé… ¡Se está rompiendo! —gritó Mariel con lágrimas en los ojos—. ¡Hay que llevarlo ante el Obispo! Él sabrá qué hacer.

El guardia miró a su alrededor, buscando a Martin, pero ya no estaba.

—El Obispo no está aquí —dijo, sin saber qué hacer.

El pánico se apoderó del niño. Pensó que lo había roto, que lo había destruido. Que lo llamarían monstruo y lo castigarían. Sin pensarlo dos veces, tomó el huevo entre sus brazos y salió corriendo por el pasillo, buscando a Martin. Corría con el huevo contra el pecho, tropezando con su propia túnica, mientras el cascarón seguía rompiéndose a cada paso.

Al doblar una esquina, chocó contra alguien. Los dos cayeron al suelo.

Era yo. Bellamy. Me había soltado del Emperador y había corrido en busca de mi hijo.

—¡Mi bebé! —grité, sintiendo que el corazón se me detenía al ver el huevo entre sus manos y la grieta enorme que ya lo recorría.

Nos quedamos frente a frente, en el suelo. El huevo entre los dos, latiendo, brillando, rompiéndose poco a poco.

Crac.

De entre las grietas asomó una pequeña garra, blanca y dorada, afilada.



1
Itziar
más por favor necesito saber qué pasó
Itziar
no sé qué pasó, pero siento que el esposo de Bellamy se deja manipular siempre por el estúpido de Martín
kook
Vaya... Que directo
Dalia Lara
ya se descubrió el mismo jjj
Itziar
por favor que el bebé reconozca a su mamá 😭😭
Brisa Romero
/Sneer/
Itziar
más por favor 🙏🙏😌
Oly-chan
Me gusta ❤️
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