"Dos apellidos enfrentados. Un amor prohibido. Una vida que lo cambiará todo."
Camila Santana siempre supo que su familia odiaba a los Santoro. Creció escuchando historias de traiciones, sangre y ruina. Por eso, cuando la envían al extranjero a los ocho años, cree que escapa de ese infierno. Pero el infierno la espera a su regreso.
Veintitrés años, fogosa y decidida, Camila vuelve a casa para encontrarse con su destino: el hijo de los Santoro. Lo que nace entre ellos es un torbellino de pasión y peligro, de caricias que saben a pecado y miradas que prometen guerra. Pero el odio de sus familias no es un rumor: es una sentencia.
Cuando un embarazo inesperado los une para siempre, Camila deberá enfrentarse a la pregunta más difícil: ¿puede el amor de dos personas vencer al odio de dos apellidos? ¿O su hijo estará condenado a heredar una guerra que no eligió?
Una historia de amor, lealtad y el valor de romper cadenas.
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Cap. 14 ¿Dónde está Mia?
Mientras tanto, en el Mercader Pescante, el caos se había disipado. Los pocos clientes que quedaban habían vuelto a sus mesas, y los empleados limpiaban los restos de la pelea. Pero en el apartado privado, los hermanos Santoro seguían reunidos.
Rocco seguía de pie junto a la ventana, observando la ciudad iluminada. Mariano estaba sentado, bebiendo lentamente su whisky. César había regresado después de su "escapada", con una sonrisa de satisfacción en el rostro.
—¿Dónde está Mia? —preguntó Rocco, sin volverse.
—No lo sé —respondió César, encogiéndose de hombros—. Vi cómo se iba con Joaquín Santana, pero después desapareció.
—¿Con Joaquín? —Mariano levantó una ceja—. Eso no puede terminar bien.
Rocco finalmente se giró, y sus ojos se posaron en sus hermanos con una intensidad que los hizo estremecerse.
—Escúchenme bien —dijo, con voz baja pero firme—. Esto no es un juego. Lo que está pasando con los Santana no es solo una guerra de negocios. Es algo más. Es algo que puede destruirnos a todos si no tenemos cuidado.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Mariano.
—Quiero decir —Rocco caminó hacia la mesa y se inclinó sobre ella— que esto ya no es solo sobre el negocio. Esto es sobre nosotros. Sobre nuestras vidas. Sobre lo que estamos dispuestos a sacrificar por esta rivalidad.
—¿Y tú qué estás dispuesto a sacrificar? —preguntó César, con una sonrisa provocadora—. ¿A la pequeña Santana?
Rocco lo miró con dureza.
—A ella la protegeré —dijo, con una frialdad que heló la sangre de sus hermanos—. Pero no por la guerra. A pesar de ella.
Mariano y César intercambiaron una mirada de sorpresa. Nunca habían visto a Rocco tan... humano. Tan vulnerable.
—¿La amas? —preguntó Mariano en voz baja.
Rocco no respondió de inmediato. Se enderezó y caminó hacia la puerta.
—La noche está terminando —dijo, evitando la pregunta—. Vámonos a casa. Mañana tenemos una reunión con los accionistas. Y tengo la sensación de que los Santana van a intentar algo.
Y dicho esto, salió del apartado, dejando a sus hermanos en silencio.
Mariano miró a César.
—Esto se está poniendo serio, hermano.
—Sí —respondió César, con una sonrisa—. Y va a ser divertido de ver.
*_*
Esa mañana, Camila se despertó con cara de pocos amigos. Tenían una reunión con la empresa Dogma sobre la venta de la ladera. Joaquín estaba terminando los papeles con la minera que explotaría la mina y le daría los dividendos a los Santana. Todo viento en popa, excepto por una razón: habían seis almas condenadas en el infierno.
La primera, obviamente, Camila y Rocco, enemigos mortales.
Carola y César, quienes entre pelea y pelea terminaban coqueteando descaradamente.
Y ahora Joaquín, que estaba con resaca moral. La noche anterior, claro que había sucumbido a los encantos de Mía Santoro. Y es que el serio y parsimonioso Joaquín no sabía que Mía, desde que tenía quince años, estaba locamente enamorada del mayor de los Santana. Ella se imaginaba su amor como Romeo y Julieta, claro que desde su versión. Y ahora las cosas eran más complicadas.
—¿Y esa cara de limón recién exprimido? —dijo Felipe mientras Joaquín negaba con la cabeza. Jamás confesaría ese accidente, porque así lo catalogaba: un accidente de proporciones cataclísmicas.
—Nada, solo estoy preocupado de que la empresa MetalTech no venga. Sé que son muy cercanos a los Santoro —dijo Joaquín mientras Camila se sentaba a su lado y levantaba la cabeza.
—¿Crees que nos hagan las cosas difíciles? —dijo mirando a su hermano.
Joaquín levantó los hombros: —No lo sé, lo sabremos en un momento.
Camila pensó mientras esperaban, pero parecía que los representantes de la minera no llegarían pronto. Entonces su corazón lo supo: tal vez ni siquiera los Santoro sabían de su ausencia. Por muy enemigos que fueran, siempre atacaban de frente. Supuso que era una acción lógica de un socio amigo como Mineral Tech hacia los Santoro, y que sentarse con los Santana era peligroso.
Salió sigilosamente y fue cuando marcó ese número que tanto la hacía sufrir.
—Hola, conejita —la voz gruesa y sensual de Rocco se escuchó al otro lado, haciendo que Camila se sonrojara solo de escucharlo.
—Yo… te llamo porque Metaltech no llega a la reunión sobre la explotación de la mina de la ladera —dijo ella mientras trataba de ordenar sus pensamientos. No podía acusar de nada a nadie; es más, en realidad estaba pidiendo un favor.
—¿Y eso tiene que ver conmigo? —dijo Rocco, haciendo que Camila se quedara petrificada.
—Nada, no tiene que ver nada, pero recuerdo que Metaltech es un socio muy cercano a tu familia y… tal vez por eso no quieren reunirse. —Camila era suave pero sin perder la firmeza, y es que con Rocco Santoro no se puede ir muy lejos.
—Entonces, ¿me llamas para…? —La voz de Rocco era baja, pero tenía un poco de burla.
—Para saber si es que pudieras… ya sabes… decirles que no tendrían represalias de tu parte si se reúnen con nosotros —dijo casi animada.
—¿Y no tendrían represalias? —dijo Rocco, dejando a Camila muda.
—Tú… ¿tomarían represalias? —dijo ella, mientras Rocco soltó una risa baja e incrédula.
—Haremos algo, conejita. Les diré que no tengo problema con ese proyecto, y convencerlos de ir ya es su problema. Pero…
—¿Pero qué?… —dijo Camila bajito.
—Pero esta noche ven a cenar a mi departamento. Habrá un auto que te va a recoger del Mercader Pescante a las ocho, y nos encontraremos para cenar —dijo tranquilo, mientras Camila se aclaraba la garganta.
—Bien, a las ocho, pero nada de trampas ni cosas así —dijo mientras veía a su hermano Joaquín salir preocupado con su celular en la mano.
—Está bien, conejita. A esa hora te espero, y recuerda: ponte linda.
Camila colgó de inmediato, poniéndose roja de nuevo. Ese tipo ya le había quitado su pureza, la tenía en sus manos, y ahora, por una ayudita, estaba de nuevo queriendo aprovecharse de ella.
Pero cuando estaba a punto de despotricar contra Rocco Santoro otra vez, el celular de su hermano Joaquín Santana sonó. Era el representante de Metaltech. El hombre los citaba para la tarde, alegando una gran confusión con la agenda, pero la colaboración estaba en pie. Así que Camila tendría que ir esa noche a agradecerle la ayuda a ese hombre, y esperaba que no fuera en cómodas cuotas carnales.