Sandra Bautista tiene un plan perfecto para su vida: sobrevivir a su primer año como abogada junior en el prestigioso Bufete Galvis, beber su propio café (porque el de la oficina sabe a tiza) y evitar el romance a toda costa. ¿Por qué? Porque Sandra está convencida de que los hombres guapos solo la ven como "la amiga", "la colega" o "la roomie".
Su radar romántico está tan roto que es incapaz de notar que su supervisor, Julián García (un español encantador, impecable y peligrosamente sexy), está intentando conquistarla a toda costa. Y mucho menos se da cuenta de que Diego Sosa, su mejor amigo de la infancia y compañero de departamento (un diseñador gráfico con brazos de infarto y un corazón de oro), está celoso hasta la médula.
Entre sabotajes de oficina, mudanzas, cenas de tacos y casi-besos. Sandra tendrá que descubrir que el amor no siempre llega en el paquete que uno espera...
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Café de especialidad, cláusulas y la paciencia de un depredador elegante
Sandra Bautista llegó al Bufete Galvis a las 8:15 a. m. con el corazón latiendo a un ritmo de taquicardia.
Desde que subió al ascensor\, su mente había estado ensayando escenarios. *¿Y si Julián me acorrala en el pasillo? ¿Y si me manda un mensaje subido de tono? ¿Y si me pide que me case con él en medio de la cafetería?* Su cerebro\, aferrado a su vieja y cómoda inseguridad\, le gritaba que huyera. *Los hombres como él no son pacientes*\, se decía. *Solo quieren conquistar y luego se aburren. Es mejor no ilusionarse.*
Caminó hacia su cubículo, ajustándose el blazer, preparada para poner su mejor cara de "abogada inexpugnable".
Pero cuando llegó a su escritorio, se detuvo en seco.
Sobre su teclado, exactamente en el centro, había un vaso de cartón de una cafetería de especialidad que quedaba a cuatro cuadras del bufete. La que servía el mejor latte de avena con un toque de canela. La que Sandra solo había mencionado en voz alta una vez, hace tres semanas, cuando Julián pasó por su cubículo.
Junto al vaso, un pequeño post-it amarillo con una caligrafía elegante y minimalista:
*"Para la abogada más brillante. Tómate tu tiempo. - J"*
Sandra se quedó mirando la nota. No había emojis. No había insinuaciones. No había presión. Solo un café perfecto y una frase que resonó en su pecho como un tambor suave. *Tómate tu tiempo.*
Lo agarró, dio un sorbo. Estaba a la temperatura exacta. Cerró los ojos un segundo, dejando que el sabor a canela y avena le calmara los nervios. Por primera vez en su vida, alguien no solo la había escuchado, sino que había recordado un detalle minúsculo y lo había ejecutado a la perfección.
—Buenos días, Sandra —dijo una voz a su espalda.
Sandra dio un brinco, casi derramando el café. Julián estaba de pie, a una distancia respetuosa de dos pasos. Llevaba un traje azul marino impecable y una corbata de seda granate. No se acercó. No invadió su espacio. Solo le sonrió con esa calma devastadora.
—Buenos días, Julián —respondió ella, limpiándose una gota de espuma del labio—. El café... está perfecto. Gracias.
—Me alegra que te guste —dijo él, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón—. Te veo en la reunión de las diez con el licenciado Robles. Prepárate, porque Robles es un hueso duro de roer.
Y con eso, se dio la vuelta y caminó hacia su oficina. Sin miradas intensas. Sin roces "accidentales". Solo un hombre cumpliendo su palabra.
Sandra se sentó en su silla\, abrazando el vaso de café. *¿Qué está pasando?*\, pensó. *¿Por qué esto me desarma más que si me hubiera intentado besar?*
La reunión de las diez fue en la sala de juntas principal. Además de Galvis\, Julián y Sandra\, estaba el licenciado Robles\, un socio senior de la firma con cara de bulldog y la delicadeza de un martillo neumático. Estaban revisando el cierre final de *Inversiones del Norte*.
—El punto tres de la cláusula de indemnización está aprobado —dijo Robles, pasando la página con impaciencia—. No hay riesgo de litigio. Pasemos al punto cuatro.
Sandra frunció el ceño, revisando sus notas. Levantó la mano ligeramente.
—Disculpe, licenciado Robles. Pero en el punto tres hay una ambigüedad en el párrafo B. Si la empresa matriz se declara en quiebra técnica, el seguro no cubre el pasivo ambiental. Deberíamos añadir un inciso de responsabilidad solidaria.
Robles soltó un resoplido condescendiente, ni siquiera mirándola a los ojos.
—Señorita Bautista, llevo veinte años en esto. El seguro lo cubre todo. No vamos a retrasar el cierre por un tecnicismo de junior. Pasemos al punto cuatro.
Sandra sintió que el calor le subía a las mejillas. La vieja vocecita de su inseguridad susurró: *Ves. Te callaron. No sabes de lo que hablas. Solo eres la chica nueva.* Bajó la mirada hacia su libreta\, apretando el bolígrafo.
—Con todo respeto, licenciado Robles —dijo una voz grave y firme desde el otro lado de la mesa.
Era Julián. No alzó la voz, pero el tono cortó el aire como un bisturí.
—La licenciada Bautista tiene toda la razón —continuó Julián\, mirando a Robles con una frialdad profesional que helaba la sangre—. De hecho\, su análisis es exactamente lo que nos ahorrará una demanda millonaria en el futuro. Si no añadimos el inciso de responsabilidad solidaria\, *Inversiones del Norte* quedará expuesta. Y yo no voy a firmar un documento que ponga en riesgo a mi cliente\, ni a mi equipo\, por un "tecnicismo".
Robles parpadeó, sorprendido por la defensa. Miró a Julián, luego a Sandra y, finalmente, a Galvis, quien asentía levemente.
—Bien —murmuró Robles, carraspeando—. Añadan el inciso.
Julián giró la cabeza hacia Sandra. Por un segundo\, sus ojos color miel se encontraron. No hubo arrogancia en su mirada\, ni condescendencia. Solo un brillo de orgullo genuino\, de admiración. Le estaba diciendo\, sin palabras: *Te escucho. Te respeto. Eres brillante.*
Sandra sintió que algo se derretía dentro de su pecho. No era solo atracción física. Era la sensación embriagadora de ser validada, de que un hombre como Julián García no solo la miraba como a una mujer, sino que la respetaba como a una igual.
A la hora del almuerzo, Sandra salió a caminar por el parque de al lado para despejarse. Su mente era un torbellino. Cada vez que pensaba en Julián, la imagen del hombre intenso de la cabaña se mezclaba con la del hombre paciente y respetuoso de esa mañana.
Cuando regresó a la oficina, Julián estaba de pie junto a su cubículo, esperando.
Sandra se tensó. *Aquí viene*\, pensó. *Ahora sí me va a pedir que salga con él. Ahora sí me va a presionar.*
—Hola, Sandra —dijo él, con una sonrisa suave—. ¿Cómo estuvo tu caminata?
—Bien. El aire me hizo bien —respondió ella, cruzándose de brazos, poniendo una barrera invisible.
Julián asintió. Se apoyó en la pared de su cubículo, manteniendo esa distancia segura de dos pasos.
—Oye. Solo pasaba a decirte que hiciste un gran trabajo en la reunión. Robles es un terco, pero tienes razón en el punto tres.
—Gracias, Julián. Por... respaldarme.
—Siempre —dijo él, y su voz se suavizó un tono—. Mira, Sandra. Sé que te dije ayer que no me iba a rendir. Y es cierto. Pero no quiero que sientas que te estoy acosando, ni que te estoy presionando.
Sandra lo miró, sorprendida.
—Quiero que sepas que estoy aquí —continuó Julián, sosteniendo su mirada con una intensidad tranquila—. Que me interesas. Que me encantas. Pero no voy a obligarte a dar un paso que no estés lista para dar. Tómate tu tiempo. Resuelve tus dudas. Yo no voy a ir a ningún lado.
Sandra sintió que los ojos le picaban. *Tómate tu tiempo.* Otra vez.
—¿Por qué haces esto? —preguntó ella, con la voz un poco quebrada, sin poder evitarlo—. ¿Por qué no solo... me dejas en paz? Soy complicada. Tengo mis inseguridades. No soy... no soy el tipo de mujer que...
Julián dio un paso adelante. Solo uno. Lo suficiente para que ella sintiera su presencia, pero sin invadirla.
—Porque, Sandra, el tipo de mujer que eres es exactamente la que estoy buscando. Y las cosas que valen la pena no se consiguen con prisa. Se consiguen con paciencia.
Se quedó en silencio un momento, dejándole las palabras flotando en el aire.
—Que tengas buena tarde, Sandra.
Se dio la vuelta y se fue. Sandra se quedó de pie en medio de su cubículo, con el corazón latiéndole tan fuerte que le dolía.
Por primera vez en su vida, la vocecita de su inseguridad no tenía nada que decir. Porque Julián no le estaba pidiendo que cambiara. No le estaba pidiendo que se disculpara por ser quien era. Solo le estaba pidiendo que se diera la oportunidad de ser feliz.
Esa noche, Sandra llegó al departamento en la colonia Roma.
Abrió la puerta y el olor a pollo al chipotle la envolvió. Diego estaba en la cocina, con su delantal ridículo de "El Rey de la Parrilla", moviendo una olla. Al verla, sonrió.
—¡Llegó la abogada! —exclamó él, secándose las manos—. ¿Cómo estuvo el día? ¿Sobreviviste a los tiburones?
Sandra se quitó los zapatos, colgó su blazer y caminó hacia la isla de la cocina. Se sentó en la barra, mirando a Diego.
Estaba tan familiar. Tan seguro.
—Sobreviví —dijo Sandra, con una sonrisa pequeña, diferente a las de siempre. Más suave. Más radiante.
Diego la miró. Frunció el ceño, notando el brillo en sus ojos, la forma en que sus hombros estaban relajados.
—¿Todo bien, San? Te ves... diferente.
—Estoy bien, Diego —respondió ella, tomando un trozo de tortilla que él le ofreció—. Solo... estoy pensando en que a veces las cosas no son como uno cree que son.
Diego se quedó callado. La miró con esos ojos oscuros que siempre la habían leído tan bien. Quería preguntarle qué pasaba. Quería saber si ese brillo en sus ojos tenía que ver con el bufete, o con alguien más. Pero el miedo, ese viejo y conocido miedo, le selló los labios.
—Bueno —dijo Diego finalmente, sirviéndole un plato humeante—. Mientras estés bien, me basta. Cómetelo antes de que se enfríe.
Sandra tomó el plato. Miró a Diego, y luego miró hacia la ventana, donde las luces de la ciudad parpadeaban en la noche.
Julián le había dado espacio. Julián le había dado respeto. Julián le había dado la sensación de que era suficiente, tal como era.
Y mientras comía el pollo al chipotle que Diego le había preparado con tanto amor, Sandra Bautista se dio cuenta de algo aterrador y maravilloso: ya no quería esconderse en su zona de confort. Quería ver hasta dónde podía llegar el fuego.