Duda tiene veintitrés años, una startup exitosa y una familia que adora. Creció viendo a su padre tratar a su madre como una reina y a su hermano ser el mejor esposo del mundo. Por eso tiene claro lo que quiere: un amor real, una familia propia, hijos. No acepta menos.
Pedro tiene veintiocho años, administra uno de los centros comerciales más grandes de la ciudad y vive solo, como le gusta. Después de que su padre destruyó a su familia con mentiras e infidelidades, Pedro se juró una cosa: nunca repetir esa historia. Sin compromisos, sin hijos, sin riesgo de convertirse en lo que más detesta.
Cuando el destino los pone a trabajar juntos, la conexión es instantánea, pero el problema también: ella sueña con todo lo que él se niega a querer.
Entre cenas familiares ruidosas, un sobrino de cuatro años que lo adopta sin pedir permiso, cinco perros que no entienden de espacio personal y un mejor amigo que no sabe quedarse callado, Pedro empieza a sentir que su vida perfectamente ordenada se llena de grietas.
Y Duda descubre que enamorarse del hombre equivocado se siente exactamente como enamorarse del correcto.
¿Puede alguien cambiar lo que juró que nunca cambiaría? ¿O hay diferencias que ni el amor es capaz de resolver?
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Cap. 18
La cena terminó entre conversaciones y las historias que Felipe contaba, usando su imaginación para hablar de sus juguetes favoritos del momento.
Pedro le ponía atención y platicó un poco con Felipe, más de lo que imaginaba ser capaz de hablar con un niño.
Cuando miró el reloj en su muñeca, se dio cuenta de que llevaba en la casa de Duda más tiempo del que pretendía.
— Gracias por la cena. Todo estuvo realmente delicioso... Pero necesito irme, no quiero interrumpir el resto de la noche de ustedes —Pedro se levantó despacio, listo para irse.
Miró a Duda, que sonrió, pero fue una sonrisa contenida, y ella parecía un poco más distante. Pedro notó que el brillo en sus ojos se había apagado.
— Todavía es temprano... —dijo Helô—. Voy a preparar un café...
— No, gracias. Mañana necesito llegar más temprano al trabajo...
— Pedro...
Antes de que Pedro pudiera levantarse de la mesa, escuchó a Felipe llamarlo. Al mirar hacia abajo, vio que el niño estaba parado frente a él con los brazos abiertos, como si fuera la cosa más natural del mundo.
— Quiero un abrazo antes de que te vayas.
Pedro se quedó inmóvil por un segundo. Los abrazos no formaban parte de su día a día, mucho menos abrazos de niños.
Felipe seguía esperando, y entonces Pedro se agachó un poco y el niño se lanzó contra él de inmediato, rodeándole el cuello con sus bracitos.
Pedro sintió una sensación nueva, algo extraño, pero bueno.
Al separarse, Felipe le tomó la mano.
— Me caíste muy bien... y todavía tengo muchas historias que contarte. Si mi mamá y mi papá me dejan, puedes ir a mi casa a conocer mis juguetes. Mi madrinita te lleva.
El cariño de Felipe lo golpeó de forma inesperada. Pedro no estaba preparado para algo tan genuino.
— Adiós, Felipe... —Pedro se despidió sin hacer promesas, pero fue suficiente para que el niño sonriera.
Duda observaba la escena en silencio, y la interacción entre Pedro y Felipe no la ayudaba en nada. Porque cuanto más veía a Pedro interactuar con Felipe, más difícil se le hacía ignorar los sentimientos que crecían dentro de ella, y creer que él no querría ser padre.
Duda desvió la mirada intentando no pensar, ni crearse expectativas, pues no debería existir ninguna.
Pedro terminó de despedirse, y Eduardo le apretó la mano con firmeza mirándolo a los ojos. Helô le deseó buenas noches, al igual que Gabriela.
— Sobreviviste al primer interrogatorio... —Heitor se aseguró de decirle.
— ¿Primero? —Pedro pareció sorprendido con la observación.
— Aún no has visto nada...
Aun después del balde de agua fría, Duda decidió acompañarlo hasta el carro.
El aire de la noche era agradable, y los dos caminaron lado a lado en silencio, seguidos por los perros de ella.
Pedro sentía el cambio en Duda; no estaba como al inicio de la noche. Había algo diferente que no lograba identificar.
— Gracias por la agenda —Duda agradeció una vez más, deteniéndose al lado del carro de Pedro.
— No fue nada...
— Sí lo fue... No tenías que traer la agenda personalmente.
— Tenía que hacerlo... —la respuesta se le escapó antes de que pudiera pensarla.
Los ojos de ambos se encontraron, y esta vez Duda desvió la mirada primero, evitando prolongar el contacto.
Pedro abrió la puerta del carro, y en ese preciso momento se armó un alboroto detrás de ellos.
— ¡FLOQUINHO!
El pequeño perro pasó corriendo entre las piernas de Duda y se metió al carro de Pedro como si fuera dueño del vehículo.
— ¡No! —Duda intentó sacar al perro, pero antes de que lo alcanzara, Vivi también se metió, después Mel, y entonces Filhote decidió sumarse a la aventura, y Juju, el más grande de todos, metió la mitad del cuerpo dentro del vehículo esperando que hubiera espacio para entrar—. ¡Dios mío!
Pedro se quedó mirando la escena sin poder creerlo.
En pocos segundos, cuatro de los cinco perros estaban acomodados en los asientos.
Floquinho incluso ya se había adueñado del asiento del copiloto. Duda logró agarrar a Filhote, pero Floquinho consiguió escaparse.
— ¡Ven acá! —El pequeño saltó al asiento trasero y parecía feliz de estar ahí.
Pedro empezó a reír al ver a Duda casi caerse dentro de su carro. Y estaba preciosa intentando atrapar a sus hijos rebeldes, con el cabello alborotado por el viento y por el desastre que los perros hacían.
Después de algunos minutos de negociación, promesas de premios y un paseo al día siguiente, todos los perros fueron sacados del vehículo.
Floquinho, el primero en meterse, fue el último en salir.
— Eso no se hace...
Bastó un cariño para que se enamoraran. La verdad no me lo esperaba de ustedes, pensó Duda, y los perros solo menearon la cola hacia su dueña.
— Perdón por eso...
Y Pedro notó otra vez que algo andaba mal, que algo había cambiado.
— No te preocupes por eso... Buenas noches, Duda.
— Buenas noches, Pedro. Nos vemos el día del lanzamiento de la campaña digital del Día de los Enamorados.
— Nos vemos... —Pedro ahora sabía que volvería a ver a Duda la semana siguiente, y eso lo inquietó.
Duda se quedó parada mientras él se subía al carro, y Pedro tuvo la extraña sensación de que debería decir algo, pero no sabía exactamente qué.
Al salir de la casa de Duda, durante todo el trayecto, la imagen de Duda insistía en volver a la mente de Pedro. La sonrisa, la espontaneidad, la familia cariñosa, el pequeño Felipe, e incluso los cinco perros. Su casa estaba llena de vida, de amor, diferente de la vida que él había tenido y que tenía ahora, y del departamento silencioso que lo esperaba.
Cuando se detuvo en un semáforo en rojo, apoyó una mano en el volante y suspiró, mientras una pregunta no se le iba de la cabeza.
— ¿Por qué cambió de repente?
Al inicio de la noche, Duda parecía feliz y emocionada de verlo. Pero durante la cena, Pedro notó el cambio, aunque no lograba identificar el motivo.