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El Chico Del Departamento 512

El Chico Del Departamento 512

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Romance / Malentendidos
Popularitas:6.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Yulexi De Fernández

Descripción

La historia comienza con una joven de 20 años que decide independizarse y vivir sola en un apartamento. Lo que no imagina es que allí conocerá a un hombre que carga con un dolor profundo. Su esposa y su pequeño bebé murieron, dejándolo completamente destrozado. Desde aquella tragedia, él cambió por completo: comenzó a beber demasiado, salir de fiesta constantemente y vivir como si nada le importara. La joven pronto descubrirá que detrás de ese hombre fiestero, borracho y aparentemente despreocupado existe alguien que todavía sufre por su pasado. Sin quererlo, ella terminará entrando en su vida y descubriendo su historia.

NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6 — Ni el trago cura esta herida

Apenas cerré la puerta de mi apartamento, me quedé unos segundos con la mano todavía puesta sobre la chapa.

El silencio me cayó encima de una manera horrible.

Afuera todavía se escuchaban algunos pasos por el pasillo, pero dentro de mi apartamento no había nada. Ni música, ni risas, ni amigos, ni voces.

Solo silencio.

Respiré profundamente y caminé un par de pasos, pero las piernas ya no me respondían bien.

Terminé sentándome en el piso, justo detrás de la puerta.

Apoyé la espalda contra ella y me quedé mirando el techo.

—Juepucha... —murmuré.

Me pasé las manos por la cara.

Sentía el cuerpo pesado por todo lo que había tomado, pero la cabeza estaba peor.

Porque el alcohol podía marearme, podía hacerme olvidar algunas cosas durante unas horas, pero nunca conseguía borrar lo que realmente me dolía.

Cerré los ojos.

Y aparecieron nuevamente sus rostros.

Mi esposa.

Mi bebé.

Los recuerdos llegaron todos de golpe.

La vi sonriendo.

Recordé cómo me miraba cuando hablábamos de nuestro hijo.

Recordé sus manos sobre su barriga.

Recordé aquella mañana en el hospital.

Y después recordé al médico diciéndome que no habían podido salvarlas.

Abrí los ojos de golpe.

—¡Estoy harto! —grité.

Mi propia voz retumbó dentro del apartamento.

Me quedé respirando agitadamente.

—¡Estoy harto de todo esto!

Golpeé suavemente el piso con la mano.

—¿Por qué me pasó esto a mí?

Sentí que los ojos comenzaban a llenárseme de lágrimas.

—¿Por qué?

Nadie respondió.

Claro que nadie podía responderme.

Me reí amargamente.

—Yo solamente quería tener una familia...

La voz se me quebró.

—Solo quería ser papá.

Me quedé callado durante unos segundos.

Después volví a gritar.

—¡Ni el maldito trago cura esta herida!

La frase salió desde lo más profundo de mí.

Porque era verdad.

Podía tomar hasta no sentir las piernas.

Podía pasar horas en una fiesta.

Podía rodearme de personas.

Podía reírme, bailar y fingir que no me importaba nada.

Pero cuando regresaba a mi apartamento, todo volvía.

El dolor seguía ahí.

La ausencia seguía ahí.

Nada había cambiado.

Me quedé con la cabeza apoyada contra la puerta.

—¿De qué sirve tomar tanto, pues?

Solté una pequeña risa entre lágrimas.

—Al otro día duele igual.

Me limpié la cara con la manga de la camisa.

Por primera vez en mucho tiempo dejé que las lágrimas salieran.

No había nadie mirándome.

No tenía que hacerme el fuerte.

No tenía que fingir.

Podía ser simplemente Eithan.

El hombre que había perdido a su esposa.

El hombre que nunca había podido conocer a su hijo.

El hombre que todavía no sabía cómo continuar.

—Yo prometí cuidarlas...

Mi voz apenas se escuchaba.

—Y no pude.

Me quedé mirando mis manos.

Había pasado tanto tiempo culpándome que ya ni siquiera sabía cuándo había comenzado.

Aunque los médicos me habían explicado que las complicaciones del parto no dependían de mí, mi cabeza seguía buscando alguna manera de responsabilizarme.

Tal vez si hubiera llegado antes.

Tal vez si hubiera insistido en otro hospital.

Tal vez si hubiera hecho algo diferente.

Esos pensamientos me perseguían.

Me levanté lentamente del piso y caminé hasta la sala.

Encendí una pequeña lámpara.

El apartamento estaba prácticamente vacío.

Antes había imaginado que algún día ese lugar estaría lleno de juguetes, una cuna y las cosas de mi hijo.

Ahora solo tenía muebles.

Me acerqué a una repisa.

Allí estaba una fotografía.

La tomé entre mis manos.

Era una foto de mi esposa sonriendo.

Pasé el pulgar por el borde del marco.

—Perdóname...

La voz se me volvió a quebrar.

—No sé cómo vivir sin ustedes.

Me senté en el sofá y permanecí allí durante varios minutos.

El reloj avanzaba.

Las cinco y media.

Las seis.

Afuera comenzaba a amanecer.

Y mientras la ciudad despertaba poco a poco, yo seguía sentado en aquel apartamento, sintiendo que mi mundo llevaba años detenido.

Entonces escuché un ruido en el pasillo.

Alguien caminaba frente a mi puerta.

Por un instante pensé que sería Maidy.

La nueva vecina.

La muchacha que me había curado unas horas antes.

Recordé cómo me había mirado cuando me vio llegar herido.

Ella no sabía nada de mí.

Y quizás era mejor así.

No quería que nadie conociera mi historia.

No quería que nadie sintiera lástima.

Pero, aunque todavía no lo sabía, aquella muchacha iba a ser la primera persona en mucho tiempo que lograría acercarse a esa parte de mí que yo había escondido detrás del alcohol, las fiestas y la rabia.

Me quedé mirando la fotografía.

—Algún día voy a aprender a vivir con esto —susurré.

Pero ni siquiera yo estaba seguro de creerme esas palabras.

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