Misaki Kuroda tiene demasiadas razones para odiar a los De Luca.
Hija del líder de una poderosa familia de la Yakuza, fue criada para no mostrar debilidad. Pero cuando un De Luca destruyó la vida que había imaginado para sí misma, Misaki respondió de la única manera que conocía: con sangre.
Dante De Luca no la culpa. Conocía demasiado bien a su hermano y sabe que Misaki tenía motivos para hacer lo que hizo. Pero comprenderla no significa que quiera convertirla en su esposa.
Para poner fin a años de enfrentamientos, los Kuroda y los De Luca sellan la paz mediante un matrimonio.
Misaki deberá casarse con un hombre cuyo apellido representa todo lo que perdió. Dante deberá compartir su vida con una mujer que tiene razones suficientes para odiar a toda su familia.
No habrá amor. No se espera perdón.
Pero el verdadero peligro comenzará cuando Dante deje de ser para Misaki simplemente un De Luca.
Porque hay sentimientos que ni el odio, ni la sangre, ni una familia pueden controlar.
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Capitulo 5
Tokio — Ocho años atrás
—Voy a ser profesor.
Misaki giró hacia él.
—¿Qué?
Ren estaba tumbado sobre el pasto, con las manos detrás de la cabeza.
Tenían dieciocho años.
El estanque seguía prácticamente igual.
Ellos no.
—Profesor —repitió Ren.
—¿De qué?
—Todavía no sé.
Misaki arqueó una ceja.
—Buen plan.
—Tengo tiempo.
—¿Querés pasar tu vida rodeado de chicos?
—Sí.
—Estás loco.
—Puede ser.
Misaki estaba sentada a su lado.
A pocos metros descansaba su katana.
Ya no entrenaba con madera.
Hacía años que su padre había decidido que estaba preparada para sostener un arma real.
Ren giró la cabeza y miró la espada.
—¿Alguna vez pensaste qué querés hacer vos?
Misaki frunció el ceño.
—¿Con qué?
—Con tu vida.
—Esto.
—Esto es lo que quiere tu padre.
La mirada de Misaki cambió.
—Cuidado.
Ren se incorporó.
—No estoy insultándolo.
—Entonces no hables de él.
—Está bien.
Volvió a mirar el estanque.
Pasaron algunos segundos.
—Pero no respondiste.
Misaki suspiró.
—No todos podemos elegir.
—¿Por qué no?
Ella soltó una pequeña risa.
—Porque el mundo no funciona así.
—El mío sí.
—Tu mundo es diferente.
—Porque vos querés mantenerlo diferente.
Misaki giró hacia él.
—No sabés de qué hablás.
—Sé bastante.
—No.
—Sé quién es tu padre.
Ella se quedó quieta.
Ren continuó:
—Sé quiénes son los hombres que siempre están alrededor tuyo. Sé que no aprendiste a usar una espada porque te pareciera divertido. Sé que hay cosas que nunca me contás.
Misaki bajó la mirada.
—Entonces deberías alejarte.
Ren la observó.
—¿Querés que lo haga?
Ella no respondió.
—Sería lo más inteligente.
—No pregunté eso.
—Ren...
—¿Querés que me aleje?
Él esperó.
Sin bromear.
Sin insistir.
Misaki miró el agua.
Su padre le había enseñado a soportar golpes.
A esconder el miedo.
A continuar peleando incluso cuando el cuerpo le pedía que se detuviera.
Pero nadie le había enseñado qué hacer cuando alguien le preguntaba algo tan sencillo.
—No —murmuró.
Ren inclinó la cabeza.
—¿Qué?
Misaki lo miró con fastidio.
—Me escuchaste.
—No estoy seguro.
—Ren.
Una sonrisa apareció en sus labios.
—Quiero escucharlo bien.
Misaki puso los ojos en blanco.
—No quiero que te alejes.
La sonrisa de Ren desapareció lentamente.
Misaki esperaba una broma.
No llegó.
Él simplemente la miraba.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada.
—Otra vez estás haciendo eso.
—¿Qué cosa?
—Mirándome.
Ren sonrió apenas.
—Siempre te miro.
—No así.
El silencio cambió.
Hacía tiempo que algo diferente aparecía entre ellos.
En determinadas miradas.
En roces que duraban demasiado.
En momentos en los que ninguno sabía muy bien qué decir.
Ren se acercó un poco.
—¿Puedo preguntarte algo?
—Ya lo estás haciendo.
Él soltó una risa.
—Sos imposible.
—Y aun así seguís viniendo.
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
Misaki dejó de sonreír.
—¿Por qué?
Ren la miró.
—¿De verdad no lo sabés?
Ella frunció el ceño.
—¿Saber qué?
Él negó con la cabeza.
—Nada.
—No. Ahora hablá.
—Olvidalo.
—Ren.
—Misaki.
—Decime.
Él la observó durante unos segundos.
—Después vas a hacer esa cara.
—¿Qué cara?
Ren juntó las cejas y apretó la boca, imitando la expresión que ella tenía el día en que se conocieron.
Misaki lo empujó.
—Idiota.
Ren comenzó a reírse.
—¡Es la misma cara!
—No hago esa cara.
—La hacés desde los diez años.
Misaki volvió a empujarlo.
Esta vez Ren le sujetó la muñeca.
—Basta.
—Soltame.
—Me vas a tirar al agua.
—Esa es la idea.
Misaki intentó empujarlo con la otra mano.
Ren también se la sujetó.
Y entonces dejaron de jugar.
De golpe.
Estaban demasiado cerca.
La sonrisa de Ren desapareció.
Misaki sintió su respiración.
Él bajó la mirada hacia sus labios.
Después volvió a sus ojos.
Ella lo vio.
Y su corazón golpeó con fuerza.
Ren soltó lentamente sus muñecas.
Podría haberse apartado.
Misaki también.
Ninguno lo hizo.
—Misaki...
—¿Qué?
Su voz salió más baja de lo que pretendía.
Ren parecía nervioso.
Aquello casi la hizo sonreír.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Mentís horrible.
Ren rio suavemente.
—Eso es mío.
—Ahora es mío.
Volvió el silencio.
Ren levantó una mano.
Pero se detuvo antes de tocarla.
—¿Puedo?
Misaki supo inmediatamente qué estaba preguntando.
Debería haber dicho que no.
Ren no pertenecía a su mundo.
No conocía la mitad de las cosas que ella había visto.
No sabía hacer daño.
No sabía matar.
Quería ser profesor.
Quería una vida normal.
Quizás precisamente por eso Misaki nunca había conseguido alejarse de él.
Con Ren no era el arma de Takeshi Kuroda.
No era la hija del jefe.
No era alguien a quien temer.
Era simplemente Misaki.
Asintió.
Apenas.
Ren acercó la mano a su rostro.
Sus dedos rozaron su mejilla.
Después se inclinó hacia ella.
Despacio.
Dándole tiempo para detenerlo.
Misaki no lo hizo.
Cuando sus labios tocaron los de ella, cerró los ojos.
Fue un beso breve.
Torpe.
Suave.
Ren se apartó apenas.
—¿Estás bien?
Misaki frunció el ceño.
—¿Por qué no estaría bien?
—No sé, es que...
—¿Siempre hablás tanto después de besar a alguien?
Ren abrió la boca.
—Nunca había besado a nadie.
Misaki parpadeó.
Ren cerró inmediatamente los ojos.
—Olvidá que dije eso.
Una sonrisa apareció en los labios de ella.
—No.
—Misaki.
—¿Estabas nervioso?
—No.
Ella arqueó una ceja.
—Mentís horrible.
Ren soltó una carcajada.
—Voy a tirarme al estanque.
Misaki rio.
De verdad.
Sin contenerse.
Ren dejó de reír.
Se quedó mirándola.
—Otra vez esa mirada —dijo ella.
—Me gusta cuando hacés eso.
—¿Qué?
—Reírte.
Misaki apartó los ojos.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Ella volvió a mirarlo.
Ren seguía sonriendo.
Esta vez fue Misaki quien acortó la distancia.
Lo tomó suavemente de la camiseta.
Y lo besó.
Ren llevó una mano a su rostro.
Misaki cerró los ojos.
A pocos metros descansaba su katana.
La vida que su padre había elegido para ella.
Pero en ese momento no existía Takeshi.
No existían los Kuroda.
No existían obligaciones.
Solo Ren.
El chico de la rama rota.
El chico del pañuelo.
El chico de las curitas ridículas.
Su amigo.
La única persona junto a la que nunca había tenido que demostrar que era fuerte.
Y bajo los mismos árboles que los habían visto conocerse ocho años atrás, Misaki Kuroda besó por primera vez al chico del que terminaría enamorándose.
Presente
Misaki abrió los ojos.
El estanque seguía frente a ella.
Durante unos segundos, pasado y presente parecieron mezclarse.
El mismo sonido del agua.
Los mismos árboles.
La misma brisa.
Pero Ren ya no estaba sentado a su lado.
Misaki había regresado allí después de la conversación con su padre.
No había pensado demasiado en el destino.
Simplemente había caminado.
Y sus pasos la habían llevado hasta el lugar donde todo había comenzado.
Se encontraba sentada casi en el mismo sitio.
Solo que ya no tenía diez años.
Ni catorce.
Ni dieciocho.
Tenía veintiséis.
Y estaba sola.
Miró hacia el borde del estanque.
Casi podía verlo.
Ren a los diez, intentando pescar con una rama.
Ren a los catorce, colocando un oso sonriente sobre sus nudillos lastimados.
Ren a los dieciocho, nervioso porque quería besarla.
Misaki cerró los ojos otra vez.
Qué fácil era recordarlo allí.
Casi demasiado.
Por un instante pudo escuchar su risa.
Sintió una sonrisa formarse en sus labios.
—Idiota —murmuró.
La palabra salió cargada de un cariño que ya no permitía que nadie escuchara.
El viento movió las hojas.
Misaki bajó la mirada hacia sus manos.
Ya no eran las manos de aquella niña.
Habían sostenido armas.
Habían quitado vidas.
Habían hecho cosas que Ren jamás habría podido hacer.
Y, aun así, él nunca le había tenido miedo.
Nunca la había mirado como los demás.
Para Ren, ella nunca había sido la Katana de la Yakuza.
Había sido Misaki.
Simplemente Misaki.
Sintió una presión en el pecho.
Respiró profundamente.
La contuvo.
Sentir dolor y permitir que los demás sepan dónde duele son dos cosas diferentes.
La voz de su padre seguía viviendo en algún rincón de su cabeza.
Durante toda su vida había obedecido aquella regla.
Con una sola excepción.
Ren.
Él siempre había sabido cuándo algo dolía.
Incluso cuando ella decía que no.
Quizás por eso perderlo había sido tan devastador.
Porque no había perdido solamente al hombre que amaba.
Había perdido al único ser humano ante el que alguna vez se había permitido bajar la espada.
Misaki miró el lugar vacío a su lado.
Quería tener diez años otra vez.
Quería ver aquella rama quebrarse.
Quería tener catorce y esconder una curita debajo de la manga para que su padre no la viera.
Quería tener dieciocho.
Quería volver a sentir los labios de Ren sobre los suyos por primera vez.
Quería regresar a una época en la que todavía no sabía todo lo que podía perder.
Pero los recuerdos tenían algo cruel.
Permitían regresar.
Nunca quedarse.
Misaki abrió los ojos.
Ren estaba muerto.
Y ningún recuerdo podía cambiarlo.
—Señorita Kuroda.
La voz llegó desde atrás.
La expresión de Misaki cambió inmediatamente.
La nostalgia desapareció.
La espalda se enderezó.
Sus ojos volvieron a quedar vacíos.
Uno de los hombres de su padre esperaba a varios metros, lo suficientemente lejos como para no haber interrumpido hasta entonces.
Misaki se levantó.
—¿Qué?
El hombre se acercó.
Llevaba una carpeta negra.
—Su padre pidió que le entregara esto.
Misaki la tomó.
—¿Qué es?
—La información que solicitó.
No necesitó preguntar nada más.
El hombre inclinó ligeramente la cabeza y se retiró.
Misaki permaneció junto al estanque.
Miró la carpeta.
Sobre la tapa había un nombre.
DANTE DE LUCA.
Sus dedos se tensaron.
Resultaba casi cruel.
Estar allí.
Precisamente allí.
En el lugar donde había conocido a Ren.
En el lugar donde lo había besado por primera vez.
Y tener entre las manos el nombre del hombre que su padre pretendía convertir en su esposo.
Misaki volvió a sentarse.
Abrió la carpeta.
Una fotografía apareció en la primera página.
Dante De Luca.
Treinta años.
Hijo mayor.
Heredero.
Misaki tomó la fotografía.
Traje oscuro.
Cabello negro.
Expresión seria.
No sonreía.
Sus ojos eran distintos a los de su hermano.
Aquello fue lo primero que pensó.
Y la molestó haberlo pensado.
Dejó la fotografía.
Continuó leyendo.
Negocios.
Propiedades.
Sociedades.
Hombres de confianza.
Movimientos constantes entre Italia y Nueva York.
No había nada particularmente sorprendente.
Hasta que pasó otra página.
Misaki se detuvo.
Leyó una línea.
Volvió a leerla.
Un hijo. Cinco años.
Sus dedos quedaron inmóviles.
Algo se contrajo dentro de ella.
Fue rápido.
Violento.
Tan inesperado que durante un segundo le costó respirar.
Cerró la carpeta.
El sonido seco rompió el silencio del estanque.
Misaki miró hacia el agua.
No.
No iba a pensar en eso.
Se puso de pie.
Respiró profundamente.
Una vez.
Dos.
Tres.
Cuando volvió a mirar la carpeta, su rostro ya no mostraba nada.
Dante De Luca tenía un hijo.
Era información.
Nada más.
No significaba nada.
Eso se dijo.
Misaki volvió a abrir el expediente.
Miró otra vez la fotografía.
Dentro de una semana tendría que verlo en Nueva York.
El hermano del hombre al que había matado.
El heredero de una familia que representaba todo lo que había perdido.
El hombre al que pretendían convertir en su esposo.
Misaki sostuvo su fotografía durante unos segundos.
Después miró una última vez el estanque.
El recuerdo de Ren todavía estaba allí.
Siempre lo estaría.
Bajó los ojos hacia Dante.
Dos hombres.
Dos mundos.
Uno pertenecía a todo aquello que había amado.
El otro llevaba el apellido de todo aquello que se lo había arrebatado.
Misaki guardó la fotografía.
Cerró la carpeta.
Y se marchó sin volver la vista atrás.
y más animal delante de su hijo
dios mío santo este hombre es un bruto
será muy difícil el acercamiento de estos dos protagonistas si bien es cierto fue Lucio de luca quien lo mató
no es culpa de toda la familia bien claro nos dice dante que Lucio actuaba solo era un sicópata asesino un maldito y creo que misaky hizo su propia justicia si asesinarlo pero ahí termino y ella debe sanar necesita un sicólogo que le ayude a superar su dolor.
ahora veremos qué sucede🙎🙎🙎
esa mujer no sabe que eres el jefe al parecer cree que puede manipular todo de una vez ponla en su sitio
ponle una casa
total ella más está en la calle comprando bailando comiendo teniendo amantes en fin su vida loca
las niñeras cuidan de Mateo
y aquí es donde lo digo por primera vez que estos dos protagonistas no deben quedar juntos ojalá sea diferente y no sea el final feliz por ensima de dos vidas que no tenían nada que pagar
que bueno que Misaki lo degolló y fue poco
estoy odiando a Dante
dante no sabes en realidad porque odia a toda tu familia lo que significa para ella tu apellido
🤷🤷🤷 cómo es que estos dos se van a enamorar🙎🙎🙎deberá pasar algo increíble que los una
por que ella está siendo un clavo en el culo
no se pero esta vien el coraje de Misaki pero se está portando con el de lo peor
esa carne. es un problema se nota
se que es la madre de tu hijo
pero deberías mandarla a volar de una vez
hasta a mí me cansa
pero realmente Ren si era una blanca paloma una buena persona por que a pasado en otras historias que nos venden a un personaje por bueno y viene siendo peor
pero yo cada vez que estos estás juntos saltan chispas /Sly//Sly//Sly//Sly/