Eiden Marín Vidal tiene 24 años y es E.C. Vane, el escritor de novelas BL anónimo más leído en español.
Es millonario, admirado y nadie conoce su rostro. Desde niño vive con vitíligo en todo el cuerpo, condición que ocultó por inseguridad y que le provocó ansiedad social. En su rostro solo tiene pecas.
Su anonimato termina cuando una reportera filtra su identidad. De ser un ídolo invisible, pasa a ser objeto de burlas virales. Incapaz de escribir y en medio de una crisis de ansiedad, decide huir a lo único que le dejó su abuelo Esteban: una casa de madera en Punta Cocos, la zona más remota y virgen de Isla Holbox, México.
Allí vive Gael Canul, de 29 años, pescador, lanchero y carpintero de botes. Es el nieto del mejor amigo de su abuelo y quien cuidó la casa durante años. Gael no lee novelas románticas, pero aprenderá a leer cada marca de su piel.
Una historia sobre el amor que no necesita esconderse.
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CAPÍTULO 20: EL NORTE
El norte llegó sin avisar, como llegan las cosas importantes en Holbox.
Yo no sabía qué era un norte. Pensé que era solo viento. Gael me dijo que no, que un norte es cuando el mar se enoja y el cielo se pone gris y no deja salir a nadie. Que es como si la isla dijera ya estuvo, nadie entra, nadie sale, todos se quedan en su casa.
Empezó a las cinco de la mañana con un ruido raro en el techo de palma. Como si alguien estuviera barriendo arriba. Me desperté y Gael ya estaba despierto, sentado en su hamaca, con la playera puesta otra vez, mirando hacia la ventana que no tiene vidrio.
Me dijo: ya entró.
Le dije: ¿qué?
Me dijo: el norte. Hoy no se pesca.
Y tenía razón. Afuera todo estaba gris, no gris bonito de Instagram, gris feo, cerrado. El viento soplaba tan fuerte que las palmas se doblaban hasta el suelo. La lancha de Gael se movía aunque estaba amarrada con tres cuerdas.
Doña Lety pasó corriendo con un hule en la cabeza y nos gritó: no salgan, chamacos, que se va la luz al rato.
Y se fue la luz a los veinte minutos. Así, sin avisar. Se escuchó un trueno bajito y se apagó todo. El ventilador cansado dejó de hacer ruido y de repente la casa se quedó en silencio total, solo con el viento y la lluvia que empezó a caer de lado, no hacia abajo, de lado, como si alguien la aventara con cubeta.
Gael se paró y cerró la puerta de madera con tranca. Cerró la ventana con una tabla que tenía guardada justo para eso. Yo lo veía hacer todo con calma, como si ya supiera qué hacer, y yo no sabía ni dónde estaba mi cargador.
Me dijo: cuando hay norte nos quedamos adentro. No se puede hacer nada más. Ni pescar, ni ir al centro, ni caminar a la playa porque la arena pega como vidrio.
Le dije: ¿y qué hacemos todo el día?
Me dijo: esperar.
Nos quedamos los dos en su cuartito, que es más chiquito que el mío pero más caliente porque tiene menos hoyos en el techo. Pusimos las dos hamacas pegadas y nos acostamos, sin playera porque adentro hacía un calor húmedo horrible, pegajoso, de esos que te hacen sudar aunque no te muevas.
Afuera el viento sonaba como animal. Yo nunca había escuchado viento así. En CDMX el viento no suena, solo mueve bolsas de plástico. Aquí sonaba como si quisiera llevarse la casa.
Me dio miedo. Te lo juro que me dio miedo. No por la casa, por el ruido. Porque sonaba enojado.
Gael se dio cuenta porque me agarró la mano sin que yo se la pidiera.
Me dijo: no pasa nada, mapa. Aquí las casas están hechas para esto. Solo suena feo pero no se cae.
Le dije: ¿te ha tocado uno fuerte?
Me dijo: una vez, hace tres años, se llevó el techo de Doña Lety. Por eso ahora tiene hule.
Le dije: ¿y te quedaste solo esa vez?
Me dijo que sí, que se quedó solo en su cuartito con una veladora y con miedo. Que por eso ahora cuando hay norte busca a quien agarrarle la mano.
Me apretó más la mano.
Estuvimos como dos horas sin hacer nada, solo escuchando el viento y la lluvia de lado. No había señal, no había luz, no había nada que hacer más que estar ahí. Al principio intenté escribir en mi libreta pero no se veía nada, estaba oscuro, solo entraba una luz gris por la rendija de la tabla.
Entonces empezamos a hablar. De verdad hablar, no pelear.
Gael me preguntó por el contrato. Me dijo: ¿ya decidiste?
Le dije que no, que todavía no sabía.
Me dijo: si te vas tres días, ¿vas a volver?
Le dije: sí.
Me dijo: ¿me lo juras por tu abuelo Esteban?
Le dije: te lo juro por mi abuelo y por Doña Lety y por la lancha que no se va a soltar aunque haya norte.
Se rió bajito.
Me dijo: tengo miedo de que vayas y allá te guste más. Que allá te digan que eres E C Vane y que aquí solo eres mapa y que prefieras ser E C Vane.
Le dije: cuando era E C Vane me sentía solo aunque estuviera rodeado de gente. Aquí me siento acompañado aunque solo estemos tú y yo en un cuartito oscuro con norte. Prefiero eso.
Me dijo: ¿aunque no haya luz ni señal ni contrato?
Le dije: aunque no haya nada. Porque contigo sí hay algo. Con contrato o sin contrato, con luz o sin luz.
Se quedó callado un rato. Solo se escuchaba la lluvia pegando en la palma.
Luego me dijo: cuando se acabe el norte te voy a enseñar a amarrar bien la lancha para que no te dé miedo que se vaya. Y te voy a enseñar a hacer arroz que no se queme, porque si te quedas vas a tener que aprender.
Le dije: ¿me estás pidiendo que me quede?
Me dijo: te estoy diciendo que si te quedas, te enseño.
Le dije: me quedo.
No firmé nada, no prometí nada en papel, pero esa palabra en ese cuartito oscuro con el norte afuera pesó más que las cinco hojas que tenía abajo de mi hamaca.
Como a las tres de la tarde, el viento bajó un poquito y Gael se paró a hacer café en su estufita de gas. Hizo café de olla, con canela, porque no había luz para otra cosa. Me dio en su taza azul que está despostillada y me dijo que tuviera cuidado porque quemaba.
Nos tomamos el café pegados, con las piernas colgando de la hamaca, sin playera, sudando, pero con el café caliente en la mano. Afuera seguía lloviendo pero ya no de lado, ya hacia abajo, más tranquila.
Me dijo: mira, mapa, cuando hay norte, después siempre sale el sol bien bonito, como si no hubiera pasado nada. Como si el mar se arrepintiera.
Le dije: ojalá nosotros también.
Me dijo: nosotros no necesitamos norte para arrepentirnos. Nosotros hablamos.
Y hablamos. Todo lo que no habíamos hablado en la pelea. Que yo no lo quiero vender, que él no me quiere amarrar, que yo sí quiero volver pero no para quedarme allá, que él sí quiere que publique pero no que nos publique.
Cuando se hizo de noche, todavía no había luz, así que prendimos una veladora que tenía Gael guardada para los nortes. La puso en el suelo, entre las dos hamacas, y la luz nos pegaba en la cara desde abajo, como cuando cuentas historias de terror.
Me dijo: ¿te acuerdas de la primera bio que vimos sin playera?
Le dije que sí.
Me dijo: esa noche no había norte, pero también daba miedo. Y también te agarré la mano.
Le dije: siempre me agarras la mano cuando tengo miedo.
Me dijo: y siempre te voy a agarrar la mano cuando tengas miedo, aunque haya norte o aunque te vayas tres días a CDMX.
Nos quedamos dormidos así, con la veladora prendida, con el café frío en la mesa, con el viento todavía soplando pero ya menos enojado, con las dos hamacas pegadas y su mano rasposa agarrando la mía por entre las dos.
Afuera la isla seguía cerrada, sin luz, sin lanchas, sin gente en la playa. Pero adentro del cuartito chiquito de Gael, con techo de palma que no se cayó, había luz bajita, café de olla y dos vatos sin playera que ya no tenían miedo al norte.