Cinco años atrás, ella destrozó su corazón. Hoy, él regresa convertido en el poderoso heredero de un imperio, listo para ver caer a quienes lo despreciaron.
Cuando la familia de ella cae en la ruina, su padre la obliga a comprometerse con el magnate que puede salvarlos, sin imaginar que es el mismo hombre al que ella humilló en el pasado. Él acepta la unión solo para cobrarse cada lágrima y pisotear su orgullo.
Sin embargo, una noche de irresistible pasión arrastra a su corazón a una tregua, aunque al despertar vuelve a tratarla con crueldad. Todo cambia cuando ella se desmaya por una amenaza de aborto y sale a la luz su embarazo.
¿Seguirá buscando venganza o protegerá la vida que los une?
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Capitulo 24
El pasillo del área de alta privacidad en la clínica psiquiátrica lucía desierto a esa hora de la tarde. Gracias a la complicidad de Augusto y a las gestiones discretas de Diana, la entrada trasera del edificio permanecía despejada cada vez que Camil llegaba. Vestida con una bata médica amplia que ocultaba con holgura su embarazo, avanzó con pasos cautelosos, sintiendo el latido desbocado de su corazón en la garganta.
Diana abrió la puerta de la suite privada con un movimiento sordo y le cedió el paso con una inclinación de cabeza.
—Está bajo el efecto de la sedación terapéutica —murmuró la doctora en un susurro—. Tienes cuarenta minutos antes de que el fármaco comience a ceder. Habla con calma, Camil. Tu voz es lo único que necesita escuchar.
Camil asintió en silencio y cruzó el umbral.
La habitación estaba sumida en una penumbra suave, tamizada por las persianas entreabiertas. En el centro, sobre la cama articulada, yacía Damián. Lucía extrañamente sereno, despojado de la tensión feroz que solía endurecer sus rasgos cuando estaba despierto. Tenía el rostro pálido, los párpados cerrados y una respiración lenta y pausada que apenas elevaba su pecho.
A Camil se le oprimió la garganta. Verlo así, tan indefenso, le devolvió de golpe la imagen del muchacho humilde del que se enamoró en los pasillos de la universidad.
Avanzó despacio hasta la silla colocada al lado de la cabecera. Se sentó con cuidado, acomodándose para no presionar su abdomen, y extendió una mano temblorosa hasta alcanzar la de él. La piel de Damián estaba fría. Camil envolvió esos dedos largos entre los suyos, apretándolos con una ternura infinita.
—Damián... —musitó Camil, acercando su rostro a la almohada para hablarle directamente al oído. Su voz sonó como un murmullo cálido en medio del silencio del cuarto—. Soy yo, mi amor... Camil.
Un leve estremecimiento casi imperceptible recorrió la mano de él, pero su cuerpo permaneció en la inmovilidad del sueño profundo.
—Sé que me escuchas ahí adentro —continuó ella, sintiendo cómo las primeras lágrimas le empañaban los ojos—. Vine a pedirte perdón, Damián. Necesito que me perdones por todo el dolor que te causé.
Hizo una pausa obligada para tragar el nudo de llanto que le ahogaba la voz. Desplazó su mano libre hacia la frente de él, acariciándole el cabello suavemente, desordenándolo con la misma familiaridad de años atrás.
—Perdóname por haber sido tan cobarde en el pasado —susurró, con el pecho agitado por la emoción—. Perdóname por no haberme dado cuenta a tiempo del pozo en el que te estaba hundiendo. Fui ciega, Damián. Me dejé aterrorizar por las amenazas de mi padre y no confié en ti... No confié en que podíamos luchar juntos contra el mundo.
Los recuerdos de su juventud la asaltaron con una amargura punzante. Se recriminó en silencio no haber tenido la madurez suficiente para romper las cadenas de su familia en aquel entonces.
—Me equivoqué al dejarte creer que prefería la buena vida, la comodidad del dinero y el apellido de mi padre antes que estar a tu lado —prosiguió, dejando caer una lágrima tibia sobre la mejilla de él—. Te hice creer que eras insignificante porque no tenías nada que ofrecerme materialmente, cuando la verdad era que tú lo eras todo para mí. Fui una tonta por no creer en tu capacidad, por no ver al hombre extraordinario que tenías dentro.
Camil tomó la mano de Damián y la llevó con suavidad hacia su propio regazo, apoyando la palma helada de él directamente sobre la curva firme de su vientre.
—Pero no nos perdiste, mi amor —dijo ella, alzando la voz con una convicción temblorosa pero profunda—. Nuestro bebé está bien. Sigue aquí, sano y fuerte, creciendo dentro de mí. Jamás pensé en interrumpir este embarazo, Damián. Este hijo es el milagro de nuestro amor, y te está esperando.
La respiración de Damián se alteró ligeramente; un pliegue sutil se formó entre sus cejas, como si en lo más profundo de su consciencia aletargada una tormenta estuviera chocando contra esa luz inesperada.
—No estás solo, Damián —le juró Camil al oído, besándole la sien con devoción—. Nadie te odia. Yo te amo con toda mi alma, tal como te amaba cuando no tenías un solo peso en el bolsillo. No necesitas morir para encontrar paz... Tienes que despertar y luchar por nosotros. Tu hijo y yo te necesitamos.
Durante varios minutos, Camil permaneció a su lado en silencio, acariciándole el rostro, contándole pequeños detalles del día a día y hablándole con la paciencia de quien intenta guiar a un náufrago de vuelta a la orilla.
Cuando la puerta se abrió con un chasquido suave, Diana le hizo una señal desde el umbral indicándole que el tiempo se había agotado y que los sedantes comenzaban a perder su efecto.
Camil se inclinó una última vez, depositó un beso tierno sobre los labios entreabiertos de Damián y le acomodó la mano sobre la sábana.
—Volveré la próxima semana —musitó en la penumbra—. Resiste, mi vida.
Se levantó despacio, ajustándose la bata sobre el cuerpo, y caminó hacia la salida. Antes de cerrar la puerta, se volvió un segundo para mirarlo. Damián continuaba descansando, pero su rostro lucía infinitamente más sereno, como si las palabras de Camil se hubieran instalado en el fondo de su alma para empezar a sanar la oscuridad.
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