Amir era el tercer hijo de Elena y Zayn, hermano de Karim, Layla y Sara. Y aunque todos lo respetaban, lo admiraban y lo querían como al hombre más noble y leal que existía, él cargaba con una soledad que nadie más podía comprender. Había nacido para proteger. Desde niño, mientras Karim aprendía a sentarse en un trono y dictar leyes, mientras Layla aprendía a blandir la espada y desafiar al mundo, Amir aprendía a vigilar, a esperar, a estar alerta. Se había convertido en el Capitán General de la Guardia Real y el Guardián de los Límites, el hombre que conocía cada sendero, cada bosque, cada escondite y cada peligro en los tres reinos de Al-Jazair, Velarion y Zoraya.
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LA ENTREGA TOTAL.
Amir la llevó hasta una gran roca plana que había en el centro del claro, la recostó suavemente sobre ella y se colocó entre sus piern°s abiertas. Se quitó la túnica de un tirón, quedando totalmente desnud ante ella, y Nalia abrió los ojos y lo miró con admiración y dese puro. Vio su cuerpo fuerte, esculpido por años de batalla y entrenamiento, sus hombros anchos, sus brazos musculosos, sus piernas firmes y, sobre todo, vio su virilidad: grande, gruesa, dura y brillante con el dese*, lista para ella, hecha para ella.
—Eres el hombre más hermoso que existe —susurró ella, alzando las manos para tocar su pech*, su abdomen, bajando despacio hacia su entrepiern°, acariciando esa dureza que le prometía el cielo y el infierno—. Y todo esto es mío.
Amir se inclinó sobre ella, apoyando sus brazos alos lados de su cabeza, mirándola fijamente a los ojos, viendo todo el amor y todo el fuego que había en ellos. Con una mano, se guió hasta la entrada de ella, encontrándola empapada, caliente, abierta y lista. Y entonces, con un movimiento lento, profundo y suave, se hundió en ella hasta el fondo.
Ambos soltaron un gemido largo, desgarrado y perfecto al mismo tiempo. Nalia arqueó la espalda, clavando las uñas en los hombros de él, sintiendo cómo él la llenaba por completo, cómo la estiraba, cómo la ocupaba toda, hasta el último rincón de su ser. Amir cerró los ojos un instante, disfrutando de esa sensación: calidez infinita, humedad, suavidad, apretando alrededor de él como si su cuerpo hubiera sido hecho exclusivamente para contenerlo.
—Dioses... Nalia... —gimió él, con la voz quebrada—. Eres tan estrecha... tan caliente... tan dulce... no sabía que el placer podía ser así.
—Muévete, mi amor... —le pidió ella, moviendo sus caderas para pedirle más—. Hazme tuy°. Lléname todo lo que quieras.
Y Amir comenzó a moverse. Al principio despacio, saboreando cada segundo, entrando y saliendo suavemente, dejando que ambos se acostumbraran a esa unión perfecta. Pero pronto, el dese* y la pasión tomaron el control. El ritmo se hizo más rápido, más profundo, más fuerte. Amir se hundía en ella con fuerza, golpeando contra su cuerpo, llegando hasta el fondo cada vez, mientras Nalia se movía al mismo tiempo, empujándose hacia arriba para recibirlo, abriéndose más, pidiendo siempre más.
Sus cuerpos chocaban con un sonido húmedo y rítmico que se mezclaba con sus respiraciones agitadas\, sus gemidos y sus palabras de amor y deseo. Amir besaba su boca\, su cuello\, sus pech*s\, mientras sus manos grandes apretaban sus caderas\, sus nalg°s\, sus pech*s\, marcando su piel\, poseyéndola por completo. Nalia\, por su parte\, rodeaba su cintura con sus piernas\, apretándolo con fuerza para que no pudiera alejarse\, para que siempre estuviera dentr* de ella\, y con sus manos recorría su espalda\, sus brazos\, su cabello\, amándolo y devorándolo con la misma intensidad.
—¡Amir! ¡Amir! —gritaba ella, con la voz rota por el placer—. ¡Sí! ¡Así! ¡Más profundo! ¡Más fuerte! ¡Lléname todo! ¡Eres todo lo que quiero!
—¡Mía! ¡Eres mía! —respondía él, con la frente pegada a la de ella, mirándola a los ojos mientras se movía sin descanso—. ¡Mía para siempre! ¡Nadie te tendrá como yo! ¡Nadie te amará como yo!
La magia del bosque parecía responder a su unión. La luz alrededor de ellos se hizo más brillante, el polvo mágico flotaba más rápido, el aire se llenó de energía y el tiempo pareció detenerse. Se amaron con una pasión que desafiaba siglos, con una fuerza que desafiaba las leyes de la naturaleza, con un amor que estaba escrito en las estrellas. Se amaron hasta que el cuerpo les dolió de tanto pl°cer, hasta que sus voces se rompieron de tanto gritar, hasta que ya no supieron dónde terminaba uno y dónde empezaba el otro.
Y cuando por fin llegó el momento final, la explosión total, ambos se vinieron al mismo tiempo, con un grito largo y desgarrado que resonó por todo el bosque. Amir se hundió en ella hasta el fondo y se quedó allí, vertiendo todo su ser, todo su calor, todo su amor dentro de ella, llenándola hasta el tope. Nalia se estremeció entera, apretándose con fuerza alrededor de él, recibiéndolo todo, fundiéndose con él, sintiendo cómo su propia magia y la de él se mezclaban, creando algo nuevo, algo eterno.
Se quedaron así, abrazados, unidos, recuperando el aliento, con la piel pegada a la piel, con los corazones latiendo al mismo ritmo. Amir se recostó a su lado, envolviéndola con sus brazos, y ella apoyó la cabeza en su pech*, escuchando su latido, sintiendo su calor.
—Ahora sí... —susurró ella, besando su piel—. Ahora somos uno. Nada ni nadie podrá separarnos jamás.
Amir la apretó más fuerte contra sí, mirando la luna brillar sobre ellos, sintiendo una paz y una plenitud que nunca había imaginado.
—Sí... —respondió él—. Ahora todo es perfecto.
Mientras descansaban, envueltos en luz y amor, Amir pensó en sus hermanos, en lo que habían vivido y en lo que tenían. Pensó en Karim y Amara, que después de su pasión desbordante habían traído al mundo a sus hijos, los trillizos, Zair y Miraya, llenando el palacio de risas y vida. Pensó en Layla y Caelan, que con su fuerza y su amor habían dado a luz a Elion, Thalia y Eren, niños que crecían fuertes y mágicos. Y supo, que pronto, muy pronto, él y Nalia también traerían nueva vida al mundo. Una vida que llevaría la magia de los elfos, la magia de las hadas y la fuerza de los guardianes. Una descendencia que sería la más poderosa y maravillosa que jamás hubiera existido.
Porque el amor que habían compartido esa noche no solo había unido sus cuerpos, había unido dos mundos, dos tiempos y dos almas destinadas a brillar juntas por siempre.