Tras la muerte de su padre, Haruto Saitō hereda una montaña de deudas que parecen imposibles de pagar. Desesperado por proteger a su madre, a su hermana y a la mujer que ama, acepta trabajar para una organización criminal creyendo que solo será por un tiempo. Pero cada deuda saldada exige un precio mayor, y cada decisión lo aleja un poco más del hombre que alguna vez fue.
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Un Cambio Notorio
El otoño comenzaba a sentirse en Tokio.
Las hojas de algunos árboles ya empezaban a teñirse de rojo, y el aire de la mañana obligaba a cerrar un poco más el abrigo.
Haruto salió de casa antes que todos.
No quería despertar a Yui.
La noche anterior se había quedado hasta tarde terminando un trabajo de la escuela.
Mientras cerraba la puerta con cuidado, escuchó una voz detrás de él.
—¿Ya te vas?
Era su madre.
Llevaba un cárdigan sobre los hombros y una taza de té entre las manos.
—Pensé que seguías dormida.
Ella sonrió.
—A tu edad también me despertaba temprano.
Hubo un breve silencio.
—Haruto...
¿Estás bien?
Él respondió demasiado rápido.
—Sí.
Su madre bajó la mirada hacia la taza.
—Antes tardabas en responder cuando te preguntaba eso.
Ahora respondes enseguida.
Y eso me preocupa más.
Haruto sintió un vacío en el estómago.
Quiso decir algo.
Pero ella ya había cambiado de tema.
—Vuelve temprano, ¿sí?
Él asintió.
—Lo voy a intentar.
La palabra "intentar" quedó flotando entre los dos.
Los dos sabían que no era una promesa.
Cuando llegó a la oficina encontró a Shinji de pie frente al ventanal.
Tenía las manos detrás de la espalda.
Observaba la ciudad.
—¿Sabes qué es lo más difícil de dirigir personas?
Haruto dejó el portafolios junto al escritorio.
—No.
—Descubrir cuándo dejan de necesitar órdenes.
Se dio vuelta lentamente.
—Hoy quiero comprobar si llegaste a ese punto.
Abrió un cajón.
Sacó un sobre.
No tenía nombre.
No tenía dirección.
Solo una llave.
—En la estación de Shinagawa hay un casillero.
Trae lo que encuentres.
Nada más.
Haruto tomó la llave.
—¿Y después?
—Después decide tú.
Frunció el ceño.
—¿Decidir qué?
Shinji tomó un sorbo de té.
—Lo vas a entender cuando abras el casillero.
La estación estaba repleta de gente.
Oficinistas.
Estudiantes.
Turistas.
Nadie prestaba atención a nadie.
Haruto encontró el casillero.
Introdujo la llave.
La puerta se abrió con un pequeño golpe metálico.
Dentro había un bolso deportivo.
Pesaba más de lo que imaginaba.
Lo abrió apenas unos centímetros.
Dinero.
Muchísimo dinero.
Volvió a cerrarlo de inmediato.
En el fondo del casillero había una nota.
"Espera treinta minutos."
Nada más.
Haruto miró el reloj.
Quedaban veintinueve minutos.
Se apoyó contra una columna.
Esperó.
Los minutos comenzaron a pasar lentamente.
Cinco.
Diez.
Quince.
Entonces apareció un muchacho.
No tendría más de dieciocho años.
Vestía un uniforme escolar.
Miró varias veces a su alrededor.
Después se acercó directamente al casillero.
Se detuvo.
Vio que estaba abierto.
Y vio a Haruto con el bolso en la mano.
El muchacho palideció.
—Yo...
Creo que...
Me equivoqué de casillero.
Haruto lo observó.
El chico estaba mintiendo muy mal.
Sus manos temblaban.
Miraba constantemente el bolso.
No parecía un ladrón.
Parecía un chico muerto de miedo.
Haruto recordó las palabras de Shinji.
"Después decide tú."
No había nadie observándolo.
Nadie dándole instrucciones.
Solo él.
Y aquel estudiante.
Durante unos segundos pensó en devolverle el bolso.
Después recordó otra frase.
"Busca al que tenga más motivos."
Aquel muchacho tenía demasiados motivos para mentir.
Haruto cerró el bolso.
—No.
No te equivocaste.
El chico bajó la cabeza.
Los ojos comenzaron a llenársele de lágrimas.
—Lo siento...
De verdad lo siento.
Necesitaba el dinero.
Mi hermano...
Haruto levantó una mano.
No quiso escuchar el resto.
Porque conocía demasiado bien ese tipo de historias.
Y sabía que, si lo escuchaba...
Le iba a costar decidir.
Tomó el bolso.
Pasó caminando junto al muchacho.
Sin empujarlo.
Sin amenazarlo.
Sin decir una palabra más.
Mientras se alejaba, escuchó un sollozo detrás de él.
Pero no se dio vuelta.
Cuando regresó a la oficina, dejó el bolso sobre el escritorio.
Shinji no preguntó nada.
Abrió el cierre.
Contó el dinero rápidamente.
Después volvió a cerrarlo.
—¿Qué pasó?
Haruto permaneció unos segundos en silencio.
Finalmente respondió.
—Había un chico esperando el bolso.
Shinji asintió.
Como si ya lo supiera.
—¿Y?
Haruto respiró hondo.
—Me fui con el dinero.
Shinji levantó la vista.
No sonrió.
No lo felicitó.
Solo preguntó:
—¿Por qué?
Haruto pensó la respuesta durante varios segundos.
Antes habría dicho:
"Porque era mi trabajo."
Pero esa ya no era toda la verdad.
—Porque...
Si escuchaba su historia...
Iba a terminar creyéndole.
Y no quería volver a decidir con el corazón.
El silencio llenó la oficina.
Shinji caminó lentamente hasta la ventana.
Miró la ciudad.
—Hoy entendiste algo.
Haruto esperó.
—La compasión no desapareció.
Simplemente...
Aprendiste a cerrarle la puerta antes de que entre.
Haruto sintió un escalofrío.
No por las palabras.
Sino porque, en el fondo, sabía que eran ciertas.
Aquella noche volvió caminando hasta su casa.
El viento era frío.
Frente a una tienda de juguetes vio a un padre agacharse para atarle los cordones a su hijo.
El niño sonrió.
Le dio un abrazo.
Haruto observó la escena apenas unos segundos.
Y siguió caminando.
No porque no le importara.
Sino porque ya había aprendido a apartar la mirada.
Y ese gesto, tan pequeño que nadie habría notado, fue la primera decisión que tomó sin sentir culpa.
Sin darse cuenta, Haruto había cruzado una puerta.
Y, una vez que una puerta se cierra por dentro...
A veces ya no hay forma de volver a abrirla.