México, 1910.
Amalia De la Vega siempre creyó conocer el rumbo de su vida. Hija de una poderosa familia hacendada, creció entre privilegios, comodidades y un futuro que otros parecían haber decidido por ella.
Hasta que la Revolución llegó a su puerta.
Secuestrada para obligar a su padre a negociar, Amalia termina en manos de un grupo revolucionario liderado por un hombre al que todos llaman Sombra: frío, reservado y peligroso, con demasiados secretos detrás de sus ojos ámbar.
Ella debería odiarlo.
Él jamás debió acercarse demasiado.
Pero entre enfrentamientos, silencios y una atracción que ninguno estaba dispuesto a reconocer, algo comienza a cambiar.
Cuando Amalia finalmente recupera su libertad, descubre que otra prisión la espera: un matrimonio arreglado con Gustavo Conde, un hombre relacionado con un pasado que Sombra se niega a revelar.
Separados por dos mundos, mentiras y una guerra que amenaza con destruirlo todo, Amalia descubrirá que quizá nunca conoció realmente al hombre del
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Capítulo 6 — Lo que Sombra no decía
La carta llegó a la Ciudad de México después de varios días de viaje.
Había pasado de mano en mano únicamente cuando era indispensable, siempre bajo la misma instrucción de don Esteban de la Vega:
Debía ser entregada personalmente.
A nadie más.
La Ciudad de México parecía pertenecer a otro mundo comparada con los caminos polvorientos de Coahuila.
Había carruajes avanzando entre calles concurridas, comercios, vendedores, caballeros elegantemente vestidos y mujeres que caminaban acompañadas bajo sombrillas. En determinados círculos se hablaba de política en voz baja y de negocios todavía más bajo. Los rumores sobre levantamientos, cambios de poder y hombres armados que comenzaban a dominar caminos enteros habían llegado también hasta allí.
Pero dentro de una elegante residencia cercana al centro, todo parecía permanecer ajeno al desorden.
El hombre recibió la carta en su despacho.
—Llegó desde Coahuila, señor.
Él levantó la vista de los documentos que estaba revisando.
No era un hombre al que sus empleados interrumpieran sin motivo.
—¿De quién?
—Don Esteban de la Vega.
Aquello consiguió que dejara la pluma.
—Dámela.
El mensajero entregó el sobre.
El sello de los De la Vega permanecía intacto.
—Puedes retirarte.
—Sí, señor.
La puerta se cerró.
El hombre permaneció unos segundos contemplando el sobre antes de romper el sello.
Leyó.
Una vez.
Después otra.
Su expresión cambió muy poco.
Pero al llegar al nombre de Amalia, sus dedos se detuvieron.
Se levantó.
Caminó hacia la ventana.
Desde allí podía observar parte de la calle.
Amalia de la Vega.
Su prometida.
O, al menos, la mujer que estaba destinada a convertirse en ello.
No la conocía.
Nunca la había visto personalmente.
Sabía de ella por cartas, conversaciones entre familias y referencias de terceros. Sabía que era la única hija de don Esteban, que había recibido una educación acorde con su posición y que, según ciertos comentarios que había escuchado con alguna diversión, poseía un carácter difícil.
Eso era todo.
Y ahora estaba secuestrada.
Volvió al escritorio.
Leyó una frase por tercera vez.
«Considero innecesario recordarle las circunstancias que nos han conducido hasta este punto.»
Su mandíbula se tensó.
Dejó la carta.
No necesitaba que Esteban explicara más.
Se acercó a una campanilla y la hizo sonar.
Un hombre apareció poco después.
—¿Señor?
—Prepara el viaje.
—¿A dónde?
El hombre tomó nuevamente la carta.
—Coahuila.
El empleado vaciló.
—¿Cuándo?
—Hoy.
—Pero tiene reuniones previstas para…
—Cancélalas.
—Sí, señor.
—Y no quiero que nadie pregunte por qué me voy.
El empleado asintió.
Cuando volvió a quedar solo, el hombre guardó cuidadosamente la carta en el interior de su chaqueta.
Su mirada se perdió durante unos segundos en algún punto del despacho.
Había asuntos que podían resolverse con dinero.
Otros con influencia.
Algunos requerían hombres.
Y unos pocos necesitaban que uno mismo estuviera presente.
Aquél pertenecía a la última categoría.
Antes de que terminara el día, comenzó a organizar su partida hacia el norte.
Todavía no conocía a Amalia de la Vega.
Pero iba a buscarla.
Una semana podía cambiar muchas cosas.
No suficientes para conseguir que Amalia dejara de quejarse.
—No.
Mariel ni siquiera levantó la vista.
—Sí.
—He dicho que no.
—Y yo he dicho que sí.
Amalia observó con horror la prenda que Mariel sostenía.
—Tiene un remiendo.
—Tiene tres.
—¡Eso no lo mejora!
Mariel soltó una carcajada.
—Es para lavar ropa, no para recibir al presidente.
—Puedo lavar ropa sin parecer una mendiga.
—Hasta hace una semana no sabías lavar ropa.
Amalia se quedó callada.
—Eso es irrelevante.
—Quemaste una camisa.
—Fue un accidente.
—Era de Rafael.
—Entonces no fue una pérdida tan grave.
Desde fuera llegó una voz.
—¡Te escuché!
Amalia levantó la voz:
—¡Era la intención!
Mariel se echó a reír.
Una semana.
Siete días desde que Amalia había llegado al campamento.
Siete días que habían resultado mucho más extraños de lo que hubiera podido imaginar.
Todavía era una cautiva.
Eso no había cambiado.
No podía abandonar el campamento.
Siempre había alguien pendiente de ella.
Sombra continuaba negándose a explicar exactamente qué pretendían conseguir con su secuestro y Rafael respondía sus preguntas con bromas o cambiaba de tema.
Pero otras cosas sí habían cambiado.
Amalia había comenzado a conocer nombres.
Historias.
Rostros.
Había descubierto que Jacinto, el hombre que roncaba como un animal agonizante, tenía cuatro hijos en un pueblo del norte.
Que una mujer llamada Tomasa sabía curar heridas mejor que algunos médicos que Amalia había conocido.
Que un muchacho de diecisiete años llamado Nicolás apenas sabía leer y se avergonzaba de ello.
Amalia había terminado ayudándolo una tarde.
Sólo una.
Después otra.
Y otra.
Nadie había mencionado aquello.
Mucho menos ella.
También había descubierto que la vida que conocía desde la hacienda era apenas una pequeña parte de un país mucho más complicado.
Escuchaba conversaciones.
Hombres hablando de tierras.
Familias endeudadas.
Cosechas perdidas.
Patrones buenos.
Patrones crueles.
Soldados.
Abusos.
Esperanzas.
Y poco a poco comprendió algo que no le gustaba admitir.
Había pasado veinte años creyendo conocer su mundo porque podía verlo desde las ventanas de una hacienda.
No lo conocía.
Sin embargo, el mayor misterio continuaba siendo el mismo.
Sombra.
Amalia lo observó aquella tarde desde una mesa improvisada.
Él estaba hablando con dos hombres.
Había algo en su manera de hacerlo que llevaba días inquietándola.
No era solamente que supiera mandar.
Rafael también podía hacerlo.
Era otra cosa.
Sombra elegía las palabras con demasiado cuidado.
Sabía leer perfectamente.
Escribía con una caligrafía demasiado limpia para el hombre de campo que pretendía ser.
Conocía expresiones que Amalia había escuchado entre los profesores particulares contratados por su padre.
Y dos noches atrás lo había oído corregir unas cuentas sin siquiera necesitar papel.
Además, su forma de sentarse.
De comer.
Incluso de sostener una taza.
Eran detalles insignificantes.
Pero Amalia había crecido rodeada de personas obsesionadas con aquellas cosas.
Y sabía reconocerlas.
Sombra no había nacido en aquel campamento.
Probablemente tampoco había crecido como un simple hombre de pueblo.
Algo le había ocurrido.
Algo que lo había llevado hasta allí.
Amalia decidió averiguarlo.
Naturalmente.
Se acercó.
Sombra la vio venir.
Y suspiró.
—No.
Amalia se detuvo.
—¡Ni siquiera he preguntado nada!
—Pero va a hacerlo.
—¿Cómo sabe?
—Porque lleva diez minutos mirándome.
—No lo estaba mirando.
Sombra levantó una ceja.
—Estaba observando.
—Es lo mismo.
—No cuando lo hago yo.
Él dejó el papel que tenía en la mano.
—¿Qué quiere?
Amalia se sentó frente a él.
—Saber de dónde viene.
—De allá.
Señaló vagamente hacia el camino.
Amalia apretó los labios.
—No juegue conmigo.
—Usted preguntó de dónde venía.
—Sabe perfectamente lo que quiero decir.
—Entonces pregunte mejor.
Ella se inclinó sobre la mesa.
—Usted no es quien dice ser.
Los ojos ámbar permanecieron sobre ella.
—¿Y quién digo que soy?
Amalia abrió la boca.
La cerró.
—Bueno…
Sombra esperó.
—Nunca ha dicho quién es.
—Exactamente.
Aquello la irritó todavía más.
—¡Ése es precisamente mi argumento!
La comisura de sus labios se levantó.
Amalia señaló su mano.
—Su escritura.
Sombra miró sus dedos.
—¿Qué tiene?
—Es demasiado buena.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo aceptaré de todos modos.
—Y sabe de números.
—Terrible crimen.
—Sabe cosas que esos hombres no saben.
Sombra miró hacia el campamento.
—Ellos saben cosas que yo no sé.
—No cambie el tema.
—No lo hice.
Amalia se acercó un poco más.
—¿Su familia tenía dinero?
La expresión de Sombra cambió.
Fue apenas un instante.
Pero Amalia lo vio.
Había tocado algo.
—¿Qué le pasó?
Sombra se puso de pie.
—Terminamos.
—¡Sombra!
Él recogió sus papeles.
Amalia también se levantó.
—Siempre hace lo mismo.
—¿Qué cosa?
—Se marcha cuando una pregunta no le gusta.
—Una estrategia excelente.
—Cobarde.
Sombra se detuvo.
Volvió lentamente la cabeza.
Amalia sostuvo su mirada.
Por un momento creyó haber ido demasiado lejos.
Entonces él regresó hasta quedar frente a ella.
—La curiosidad puede ser peligrosa, Amalia.
Ella tragó saliva.
—Eso ya me lo dijo.
—Y sigue sin escuchar.
—Porque usted sigue sin responder.
Sombra bajó ligeramente la voz.
—Hay preguntas cuya respuesta cambia la manera en que uno mira a una persona.
Amalia no retrocedió.
—Quizá quiera mirarlo de otra manera.
Aquello produjo un silencio extraño.
Los ojos ámbar permanecieron sobre los azules de ella.
Por primera vez Amalia sintió que había dicho algo cuyo significado iba más allá de lo que pretendía.
Se enderezó.
—Me refiero a…
—Sé a qué se refiere.
Pero algo en su tono indicaba exactamente lo contrario.
Amalia sintió calor en las mejillas.
Afortunadamente, un caballo entró al campamento en aquel momento.
Después otro.
Y otro.
Las voces comenzaron a elevarse.
Había regresado una de las partidas que había salido aquella mañana.
Amalia agradeció la interrupción.
Hasta que escuchó a Mariel.
—¡Rafael!
La joven apareció prácticamente corriendo.
Amalia parpadeó.
—¿Qué…?
Rafael acababa de desmontar.
No tuvo oportunidad de hacer nada más.
Mariel se lanzó sobre él.
Literalmente.
Rafael apenas alcanzó a sostenerla por la cintura antes de que ella le rodeara el cuello con los brazos y lo besara.
No fue el beso educado que Amalia había visto entre matrimonios durante celebraciones.
Tampoco uno de aquellos discretos roces que las mujeres comentaban después entre risitas.
Fue un beso apasionado, impaciente, lleno del alivio de verlo regresar.
Amalia se quedó inmóvil.
Otra vez.
—Dios mío.
Sombra estaba a su lado.
—No empiece.
Amalia no apartó los ojos.
—¡Pero están delante de todos!
—Sí.
—¡Y ella prácticamente se le lanzó encima!
—También.
Rafael levantó ligeramente a Mariel mientras ella seguía abrazada a él.
Cuando finalmente se separaron, ambos reían.
—Pensé que tardarías hasta mañana —dijo Mariel.
—¿Y recibes así a todos los que llegan temprano?
—Sólo a los que me gustan.
—Menos mal.
Mariel volvió a besarlo.
Amalia se puso roja.
Sombra la miró de reojo.
—Puede dejar de mirar.
—No estoy mirando.
—Amalia.
—Estoy observando.
Sombra soltó una risa.
Ella lo fulminó.
—No entiendo cómo hacen eso.
—¿Besarse?
—¡No!
Sombra levantó las manos.
—Usted lo dijo.
—Me refiero a hacerlo delante de todos.
Mariel tenía ahora las manos en el rostro de Rafael, examinándolo.
—¿Estás herido?
—No.
—¿Seguro?
—Mariel…
—Déjame verte.
Rafael sonrió y la abrazó por la cintura.
—Estoy bien.
Ella pareció relajarse sólo entonces.
Amalia dejó de sentir vergüenza durante un instante.
Comprendió.
Mariel había tenido miedo.
El beso no había sido simplemente descaro.
Era alivio.
Rafael había salido armado esa mañana.
Y podía no haber regresado.
Mariel apoyó la frente contra la de él.
Rafael le dijo algo que Amalia ya no escuchó.
—Ella lo quiere mucho —murmuró.
Sombra dejó de sonreír.
—Sí.
Amalia lo miró.
Había algo diferente en su expresión.
Algo distante.
—¿Y él a ella?
—Más de lo que Rafael admitiría delante de nosotros.
—¿Por qué?
—Porque no volveríamos a dejarlo en paz.
Amalia sonrió.
—Usted tampoco.
—Especialmente yo.
Rafael los vio.
—¿Qué miran?
Sombra respondió:
—Nada.
Amalia añadió:
—Una escena indecorosa.
Mariel soltó una carcajada.
Rafael señaló a Amalia.
—Hace una semana se escandalizaba porque Mariel me hablaba sin pedir permiso.
—¡Yo nunca dije exactamente eso!
—Casi.
Mariel se acercó todavía tomada de la mano de Rafael.
—Está aprendiendo.
—No estoy aprendiendo nada.
—Ayer comiste frijoles sin preguntar si había otra cosa.
Amalia pareció ofendida.
—Tenía hambre.
—Y esta mañana no te quejaste del café.
—Porque descubrí dónde guardan el azúcar.
Rafael miró a Mariel.
—¿Quién le enseñó?
Mariel levantó las manos.
—Yo no.
Sombra habló detrás de ellos:
—Nicolás.
Amalia giró.
—¡Traidor!
Desde una fogata se escuchó la voz del muchacho:
—¡Lo siento, señorita!
Todos comenzaron a reír.
Amalia cruzó los brazos.
Pero terminó riéndose también.
Una semana.
Sólo una semana.
Y aquel lugar que al principio había parecido completamente ajeno comenzaba a llenarse de nombres conocidos.
Eso la inquietaba.
Porque no debía acostumbrarse.
No debía olvidar que estaba allí contra su voluntad.
No debía olvidar a sus padres.
Ni la hacienda.
Ni su intención de escapar.
Esa noche, cuando el campamento comenzó a tranquilizarse, Amalia encontró a Sombra sentado solo junto a una fogata casi extinguida.
Estuvo a punto de seguir caminando.
No lo hizo.
—Tengo otra pregunta.
Sombra ni siquiera levantó la cabeza.
—Qué sorpresa.
Amalia se sentó frente a él.
—¿Por qué está aquí?
Esta vez no preguntó su nombre.
Ni su procedencia.
Ni por su familia.
Simplemente aquello.
Sombra permaneció mirando las brasas.
—Porque elegí estarlo.
—Eso no es verdad.
Él levantó los ojos.
—¿Ahora sabe cuándo miento?
—Estoy aprendiendo.
Silencio.
Amalia miró el fuego.
—Creo que algo le ocurrió.
Sombra no respondió.
—Algo importante.
Nada.
—Algo que hizo que dejara atrás la vida que tenía.
Los ojos ámbar se clavaron en ella.
Amalia sintió que esta vez no estaba equivocada.
—¿Qué fue?
Sombra permaneció callado durante tanto tiempo que ella supo que no respondería.
Finalmente se levantó.
Amalia suspiró.
—Otra vez.
Sombra se colocó el sombrero.
—Buenas noches, Amalia.
—Algún día me lo dirá.
Él dio dos pasos.
Se detuvo.
Sin volverse, respondió:
—Tal vez.
Amalia levantó la mirada.
Era la primera vez que no decía que no.
Sombra desapareció entre las sombras.
Ella permaneció junto al fuego.
Por primera vez desde que lo conocía, había conseguido una respuesta.
Pequeña.
Insuficiente.
Pero una respuesta al fin.
Tal vez.
Y Amalia de la Vega sonrió.
No sabía que, mientras ella comenzaba lentamente a descubrir que detrás del nombre de Sombra existía un pasado cuidadosamente enterrado, un hombre poderoso acababa de abandonar la Ciudad de México rumbo a Coahuila.
Un hombre cuya llegada cambiaría muchas cosas.
Pero todavía no.
Aún quedaban demasiados secretos entre ellos.