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Cuando Rezábamos Bajito

Cuando Rezábamos Bajito

Status: Terminada
Genre:Yuri / Amor prohibido / Época / Completas
Popularitas:386
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Olvera de la Frontera, Andalucía, España, 1957.

En plena dictadura franquista, Zeynep huye de un hombre violento tras defenderse y se esconde en el Convento Santa Clara bajo el nombre de Ana Vidal. Embarazada, sin familia y con otra identidad, cree que nunca volverá a amar.

Hasta que llega Zoe Araya, la hija del juez del pueblo, enviada al convento por sus padres para "corregirse" porque se niega a casarse con el hombre que le impusieron.

Entre limoneros, rezos en voz baja y secretos, nacerá un amor prohibido que todo un pueblo querrá castigar. Una historia de supervivencia, maternidad y un amor que no pide perdón.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 6 - EL HUERTO

Desde que Zoe supo lo del embarazo, me cuidaba como si yo fuera de cristal.

En Santa Clara nadie podía saberlo. Si el Padre Fermín se enteraba, nos echaba a las dos. Si se enteraba el juez Araya, me entregaba a la Guardia Civil por mentirosa y a Zoe la mandaba a un reformatorio de Sevilla donde les cortaban el pelo a las chicas rebeldes y les enseñaban a ser esposas con golpes de regla.

Por eso solo hablábamos de eso en el huerto de atrás.

El huerto de atrás era el único sitio del convento donde no iba nadie. Decían que había culebras. Era mentira. Lo decían las monjas para que las niñas del colegio no se escaparan a fumar. Era un terreno chico, con tres limoneros torcidos, tomates que nadie regaba y una tapia baja que daba a la calle donde pasaban los burros. Allí no nos veía Dios, ni Franco, ni nadie.

Allí le dejé tocarme por primera vez.

Fue una tarde de mucho calor. Yo estaba agachada sacando malas hierbas con el delantal cada vez más apretado. Ya eran casi cuatro meses. Si me ponía de lado, se notaba un bulto pequeño, duro. Yo me ponía una faja vieja que me había dado Sor Inés para esconderlo, pero me dejaba sin aire.

Zoe llegó con dos trozos de pan escondidos en el bolsillo de su falda. Me había empezado a robar pan del desayuno para mí. Decía que yo tenía que comer por dos.

- Hoy no has vomitado - me dijo.

- Hoy no. Hoy tengo hambre todo el rato.

Nos sentamos bajo el limonero más grande. El suelo estaba caliente. Ella partió el pan y me dio el trozo más grande.

- ¿Te duele? - me preguntó mirándome la barriga.

- A veces. Me tira. Y me da miedo. No sé nada de niños. Mi madre murió cuando yo era chica. Nunca vi un parto.

Zoe se quedó callada un rato. Se mordió las uñas, como hacía siempre que estaba nerviosa.

- ¿Quieres que lo toque? - me preguntó bajito -. Solo si tú quieres. Mi prima me dejaba. Decía que así la niña sabía que había alguien más.

Yo nunca había dejado que nadie me tocara el vientre. Ni siquiera yo me lo tocaba con cariño. Me lo tocaba con miedo, como si fuera una prueba de lo que había pasado con Tomás.

Pero con ella era diferente.

Asentí.

Zoe se arrodilló frente a mí. Tenía las manos sucias de tierra de tanto arrancar hierbas. Me levantó un poco el delantal ancho y me levantó la camisa gris de novicia solo un poco, lo justo para que se viera la piel blanca de abajo.

No me miró con asco. No me miró como Sor Inés me miraba, con lástima. Me miró como si fuera algo bonito.

Puso las dos manos sobre mi barriga. Tenía las manos frías.

- Está dura - susurró.

- Sí.

- ¿Se mueve ya?

- No. Todavía no. Dice Sor Inés que a los cinco meses.

Se quedó así, con las manos ahí, como un minuto entero. No decía nada. Yo sentía su respiración. Sentía el calor del limonero arriba. Sentía que por primera vez en tres meses, mi barriga no era un secreto que me pesaba, sino algo compartido.

- Va a ser niña - dijo de repente -. Lo sé.

- ¿Cómo lo sabes?

- Porque las niñas buscamos a nuestras madres aunque no queramos. Yo no me quiero parecer a la mía, pero la busco todo el tiempo.

Me reí. Y sin pensar, le puse mi mano encima de las suyas. Sus manos frías y mi mano caliente.

Nos quedamos así, las dos en el suelo, yo embarazada de un hombre que me pegaba y ella castigada por no querer casarse con otro hombre que no quería. Dos chicas de 22 y 19 años escondidas detrás de unos limoneros en Olvera de la Frontera, en 1957, haciendo algo que en la plaza del pueblo les habría costado una paliza.

- Zoe - le dije.

- ¿Qué?

- Si es niña y nos pillan, ¿qué hacemos?

Ella me miró a los ojos. De cerca tenía los ojos marrones con puntitos verdes.

- Nos vamos. A Sevilla. Mi prima vive allí. Trabaja en una tienda de telas y no está casada. Dice que en Sevilla nadie te pregunta de dónde vienes si sabes coser.

- Yo no sé coser bien.

- Yo tampoco. Pero aprendemos. Juntas.

No dijo "tú y la niña". Dijo "juntas". Y metió en esa palabra a las tres sin darse cuenta.

Esa tarde, cuando volvimos a la bodega, Sor Inés nos estaba esperando en la puerta con los brazos cruzados.

- ¿Dónde estaban? - nos dijo.

- En el huerto, quitando hierbas - dijo Zoe rápido.

Sor Inés nos miró. Nos miró las manos sucias, el delantal levantado, el pelo con hojas de limonero. No dijo nada de lo que había visto. Solo me miró la barriga, que se notaba un poco más sin la faja.

- Ana, mañana ya no trabajas en el huerto. Te quedas en la bodega todo el día. Que nadie te vea. Y tú, Zoe, mañana te viene a ver tu madre.

Zoe puso cara de asco.

Esa noche no pude dormir. No por la niña. Por lo que había dicho Zoe. "Nos vamos juntas".

Por primera vez desde la noche de la piedra, no pensé en huir sola.

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