Bellamy despierta sin recuerdos. Descubre que está casado con Ignis, un duque dragón al que teme y detesta o eso pensaba. Su matrimonio fue un arreglo político, y él tiene un huevo de dragón escondido en el sótano que necesita las feromonas de ambos padres para nacer.
Ignis es brusco y posesivo, pero por la noche lo cuida en secreto. Bellamy descubre que antes de perder la memoria hizo cosas terribles por su hijo —incluso intentó matar a Martin, el hombre que Ignis prefiere según él.
Obligado por el bien de su bebé, se acerca a Ignis y consigue lo necesario para el huevo.
Al pasar los días, Bellamy ve a Ignis como un extraño y le teme, Ignis se da cuenta de que lo perdió por culpa de su propia brutalidad. Al en contrar el huevo Ignis no se enoja solo se preocupa.
Y el huevo espera… creciendo, esperando nacer.
¿Crees que Ignis logre recuperar el amor de Bellamy?
¿Podrá Bellamy hacer que su bebé nazca sin que su padre lo descubra?
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Capítulo 7.
Ignis estaba completamente seguro de sentir algo que le pertenecía. Sus instintos de dragón se lo confirmaban sin lugar a dudas. Se llevó una mano al pecho: no era solo su corazón latiendo. Había otro latido, más pequeño, más rápido, justo debajo del suyo, como si lo llamara.
Entonces recordó el instante exacto en que Bellamy se llevó la mano al vientre.
No lo pensó. Se levantó. Cada paso lo llevaba hacia abajo, hacia el sótano. El calor en el pecho se hacía más fuerte con cada escalón. Olía dulce… como Bellamy cuando se había dejado besar.
Faltaban tres escalones.
Y se detuvo.
¿Y si no había nada? ¿Y si el miedo que sentí cuando Bellamy se cayó me está haciendo imaginar cosas? Pero lo peor… ¿Y si sí hay algo y Bellamy me odia por encontrarlo? Ese pensamiento lo clavó en el sitio. Se dio la vuelta, abandonando la idea de abrir esa puerta.
Por primera vez en su vida, el Duque tuvo miedo de lo que pudiera encontrar del otro lado.
—Bellamy… —susurró, casi sin voz.
—¿A dónde vas?
La voz lo hizo girar de golpe. Bellamy estaba al final de las escaleras, pálido, el cabello revuelto, la respiración entrecortada. Había corrido. Olía a dulzura, a susto, y a algo más… algo tibio, como el olor de un nido recién hecho.
—Sentí algo abajo —dijo Ignis, sin moverse—. Algo mío.
Bellamy subió los tres escalones que los separaban de un salto y lo sujetó de la camisa con fuerza. De cerca, Ignis vio que le temblaban las manos.
—No hay nada abajo —dijo Bellamy, demasiado rápido, desesperado—. Solo humedad. Vas a enfermarte.
—Bellamy…
—Si tienes tanta energía para perseguir fantasmas… —lo interrumpió, y sin pensarlo hizo lo único que sabía que podía detenerlo. Se puso de puntillas y lo besó. Fue un beso torpe, desesperado, nada suave como el de antes—. Úsala conmigo.
Ignis se quedó helado. Toda esa calidez extraña en su pecho, todo ese instinto de dragón que le gritaba "abajo, abajo", se apagó de golpe y se concentró en un solo lugar: en el omega que lo estaba besando para ocultarle la verdad.
Le devolvió el beso, pero con una mano aún apoyada sobre su propio pecho, como si no quisiera perder el rastro de esa otra presencia.
Bellamy se separó, con los labios rojos y la mirada inquieta.
—¿Mejor? —preguntó, con la voz bajita, intentando sonar seductor cuando en realidad estaba aterrado hasta los huesos.
Ignis lo miró. Lo miró de verdad. Su Bellamy dominante, el que le gruñía y soltaba feromonas, estaba ahí besándolo para proteger lo suyo. Eso era nuevo. Eso era… entrega.
—Sí —respondió al fin, y por primera vez decidió no seguir su instinto de dragón, sino escuchar lo que le dictaba el corazón—. Mucho mejor.
Lo tomó de la cintura, lo alzó entre sus brazos y subió cargándolo los escalones de vuelta, alejándolo del sótano. Cada paso que se alejaban, ese latido pequeño en su pecho se hacía más débil, hasta casi desaparecer por completo.
Bellamy escondió el rostro en su cuello, aliviado, sin saber que lo que acababa de hacer no había apagado la sospecha de Ignis… sino que la había encendido con más fuerza.
Si lo está ocultando con tanto miedo, es porque es importante. Y si es importante y huele a mí… es mío. pensó Ignis, con una certeza que no lo abandonaría.
Lo había confirmado. Había algo allí abajo. Y si Bellamy no quería que lo descubriera, tendría que esconderlo mejor. Tendría que buscar un lugar donde ni siquiera él pudiera encontrarlo.
Una vez arriba, Ignis lo dejó en su habitación y miró a un sirviente que pasaba por el pasillo.
—Llamen al médico —ordenó con firmeza—. Que venga cuanto antes.
—A la orden, señor.
El médico llegó pocos minutos después. Bellamy estaba sentado mientras el doctor le tomaba el pulso, e Ignis no apartaba la vista de él, atento a cada gesto, cada cambio de expresión, cada respiración entrecortada.
—¿Tengo algo malo? —pregunté, inquieto. El médico parecía dudar, indeciso, como si no supiera qué decir.
—No… para nada, señor Bellamy. Se encuentra en perfectas condiciones —dijo el médico, secándose el sudor frío de la frente con un pañuelo—. Goza de excelente salud.
¿Por qué tiene miedo de mí? pensé. Es como si le hubiera hecho algo terrible en el pasado, algo que no recuerdo pero que el médico no ha olvidado.
—¿Puedo saber el motivo de esta revisión? —Bellamy se recostó en la silla, tratando de ocultar su inquietud.
Ignis no respondió de inmediato. Su rostro se veía serio, decidido, como si estuviera tomando una decisión que cambiaría todo.
—Solo me preocupa tu salud —respondió al fin, con voz suave pero firme.
Bellamy lo miró confundido. No era lo que esperaba oír.
Ignis, en cambio, no podía dejar de pensar en ese calor que había sentido bajando las escaleras. En ese olor a nido. No era lo que se imaginaba. Da igual… pensaría en ello después. Primero tenía que asegurarse de que Bellamy no se escapara de nuevo.