Cuando U-jin partió al extranjero para convertirse en una abogada impecable y Jeong decidió quedarse a construir desde cero su sueño entre harinas y hornos, ambas creyeron que el tiempo se encargaría de diluir lo que sentían. Durante años, sus vidas transcurrieron en universos paralelos: U-jin conquistando el exigente mundo de las leyes con elegancia y determinación; Jeong convirtiendo su pequeña pasión en la cafetería y repostería más aclamada de la ciudad, mientras intentaba descifrar un vacío en su corazón que ningún éxito lograba llenar.
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Silueta de fuego
La respiración de Jeong era un compás agitado en la penumbra. A pesar del calor abrasador que le recorría las venas por el efecto de la bebida, la firmeza de sus principios permanecía intacta. Sus ojos oscuros, cargados de una mezcla de deseo y moderación, buscaron el rostro de U-jin en la luz tenue.
—U-jin... espera —dijo Jeong con su voz volviéndose aún más grave por el esfuerzo de contenerse. Intentó zafarse con delicadeza del agarre de sus manos—. No quiero que hagas esto impulsada por la situación. Estás aquí para cuidar de mí, y no voy a aprovecharme de ti cuando yo no estoy...
U-jin no la dejó terminar. Rompiendo las últimas palabras que quedaban en el aire, se inclinó hacia adelante y posó sus labios sobre los de Jeong con una suavidad absoluta y decidida.
El toque paralizó las dudas de la chef. Fue un beso lento, dulce al inicio, pero cargado de una certeza madura que no dejaba espacio a las vacilaciones. U-jin buscó la calidez de su boca, demostrándole en un solo gesto que no había coerción ni confusión, sino una entrega elegida y esperada durante años.
Un suspiro profundo escapó de los labios de Jeong. Cediendo por completo ante la sinceridad del momento, soltó las manos de la abogada y comenzó a deslizar las suyas con pausada devoción sobre el cuerpo de U-jin. El roce de sus palmas firmes y cálidas sobre la piel descubierta envió un cosquilleo apasionado que recorrió la columna de U-jin, haciéndola estremecerse de placer. Era un tacto tangible, imperioso y profundamente ansiado por ambas.
Jeong la envolvió en sus brazos con una caballerosidad impecable, sosteniéndola con fuerza pero con una delicadeza extrema, asegurándose de que cada caricia fuera un permiso concedido. En la penumbra de la estancia, la ropa terminó de ceder paso a la proximidad más pura. Entre suspiros entrecortados, la piel contra la piel y el latido desbocado de dos corazones que finalmente encontraban su centro, la noche se transformó en un refugio íntimo y eterno donde el pasado y el futuro se fusionaron sin reservas.
A la mañana siguiente, los primeros rayos del sol atravesaron las cortinas enmarcando la habitación en un tono dorado.
U-jin despertó despacio, sintiendo la calidez del pecho de Jeong bajo su mejilla. El brazo de la repostera la rodeaba con firmeza protectora incluso durante el sueño. U-jin sonrió en silencio, acariciando con la yema de sus dedos la línea marcada de la mandíbula de Jeong.
Jeong abrió los ojos lentamente, encontrándose con la mirada serena y enamorada de U-jin. Una sonrisa cálida se dibujó en sus labios mientras se inclinaba para darle un suave beso en la frente, sellando el inicio de un camino que ya no tendría vuelta atrás.