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Sobek

Sobek

Status: En proceso
Genre:Omegaverse
Popularitas:343
Nilai: 5
nombre de autor: Eduardopz

En un lugar de animales evolucionados, bípedos de gran inteligencia, Sobek, un Cocodrilo de agua salada intenta adaptarse al mundo social de los mamíferos, siendo él un ser de sangre fría

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Capítulo 012

Atajé el golpe como si se tratara de una lenta mosca.

—¡Mira lo que encontré! —gritó una voz.

El jerbo llegó a mi espalda corriendo, con una bolsa en sus manos que lo hacía sonreír mucho. Pronto notó la presencia del muchacho y su buen semblante se empezó a desvanecer. Supe allí que este histérico no era el enamorado que yo había llegado a pensar. El rostro del jerbo no se veía avergonzado o tímido debido a lo ocurrido con su amor, todo lo contrario; sus dedos se movían como gusanos agonizando en sal, retorciéndose sobre la bolsa. Solté en automático la muñeca del agresor y este voló a pegarse como una mosca al jerbo.

—¿Por qué no contestas mis mensajes, eh? —le habló, tomando bruscamente los hombros del jerbo con sus manos—. Ya te lo dije, fue un accidente. El alcohol me hizo contar tu secreto. ¿No me disculpé contigo después? Entonces, ¿por qué me estás ignorando?

Por lo pequeño del jerbo, le fue imposible apartar a ese muchacho. Su frente se perló de sudor y su boca comenzó a tartamudear.

—E-estuve muy o-ocupado —se excusó—. ¿C-cómo podría i-ignorarte? Jaja.

—Sé que no lo harías —sonrió satisfecho, acariciándolo con delicadeza—. Es una suerte que te encontrara por aquí. Tú no sueles salir de casa, ¿hay alguna razón?

—A-ayudo a un a-amigo.

El muchacho me miró por sobre su hombro y sonrió. Envolvió al jerbo con su brazo y quiso dar por terminada la conversación.

—Veo que ya compraron lo necesario. Entonces, vamos a un buen lugar —dijo, refiriéndose al jerbo—. Y tú ya puedes irte.

Me di la vuelta, tomé mis cosas junto a las del jerbo y guardé bien mi puñado de piedritas en el bolsillo. Dirigí mi mirada hacia el pálido Asim, el cual no parecía encontrarse con los pies en la tierra.

—¿Das por terminada la salida? —le pregunté al jerbo.

—Por supuesto que sí —habló el otro—. Asim y yo somos buenos amigos, conmigo estará bien.

Como la presa que es, el jerbo no pudo siquiera articular palabra para negarse a lo que dictaba el depredador. Desconocía la razón de ese actuar tan sumiso, ya que ni la vicedirectora ni yo ejercíamos tanta presión psicológica sobre él. Además, yo aún no compraba lo que quería tener...

—Estoy hablando contigo —dije con un tono grave—. Habla y responde a mi pregunta.

Asim parpadeó muchas veces; parecía tener una discusión interna. Esto ya era una molestia.

—Camina —exigí—. Aún no he terminado con lo que vine a hacer, así que camina rápido.

Cuando el jerbo tuvo la iniciativa de dar un paso adelante, aparté de un golpe el brazo de ese tipo.

—Ve a esa tienda y espera sentado —le ordené a Asim—. Si no lo haces, yo mismo te aplastaré las piernas.

Llevé a ese tipo a la fuerza al baño. Al empujarlo contra la pared, su cabeza se golpeó tan fuerte contra la loza que quedó aturdido por varios segundos. Cerré su boca en cuanto intentó gritar y comencé a golpear su muslo derecho con mis pies. Sus alaridos intentaban salir a través de mis dedos, así que solo le tapé la boca con más fuerza. Golpe tras golpe. Solo cuando sus lágrimas se mezclaron con los fluidos de su boca y nariz me detuve. No fui tan lejos como para quebrar su fémur; no valía la pena el esfuerzo.

Me agaché para tener su rostro a la misma altura. Le di un par de bofetadas para que enfocara su vista en mí.

—Soy muy paciente —mencioné—. Pero no puedo soportar la arrogancia que proviene de los insectos. ¿Entiendes eso?

Entre sus quejidos, le pedí que callara. Ese uniforme era de la escuela, pero nunca lo había visto; seguro pertenecía al ala de los carnívoros.

—La próxima vez que te cruces en mi camino, escúchame bien —alcé la voz para que no se perdiera ningún detalle—. Si eres tan audaz, iré tras tus manos y las pisaré tantas veces que no podrás sentirlas, hasta el punto de que tengas que cortártelas. ¿Me oyes?

—¡S-sí!

Lo dejé tirado dentro de uno de los cubículos, lavé mis manos en el grifo y salí.

El jerbo se encontraba sentado frente a un vaso de batido de maní, aplicándose algo con un spray mientras mantenía la mirada perdida.

—¿Puedes hablar ahora?

—Sniff, sniff...

Sus ojos se humedecieron y, sin decoro alguno, reventó en llanto, murmurando palabras muy complicadas de entender a esa velocidad. Me tuve que sentar y pedir un vaso de agua para pasar la incomodidad de estar escuchando sus lamentos en público. En el instante en que abrió los labios para continuar, lo detuve.

—Vete a tu casa —le entregé su bolso—. Háblame cuando dejes de llorar.

—S-sí...

A medianoche recibí un mensaje del jerbo en mi celular; el texto más largo que he visto en mi vida y más explicativo que cualquier clase de la escuela, relatando absolutamente todo lo que sentía. Yo no tenía ningún interés en leer su vida, así que simplemente bloqueé la pantalla.

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