De día soy el hijo perfecto, el alumno intachable que todos esperan ver. De noche me pongo la máscara y me convierto en Nox: la voz libre que miles esperan escuchar. Todo funcionaba en secreto hasta que mi seguidor más fiel, la única persona que realmente me entiende, resulta ser el mismo hombre que cada día me despierta curiosidad en la vida real. Ahora debo elegir: seguir escondiéndome para siempre, o encender la luz y mostrarle quién soy de verdad.
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CAPÍTULO 12 LO QUE QUEDA DESPUÉS DE LA LUCHA
Pasaron tres meses. Tres meses en los que el tiempo pareció detenerse y a la vez correr demasiado rápido, llenando los días de silencios, ausencias y un peso en el pecho que ni siquiera el paso de las semanas lograba aliviar. Damián vivía en esa casa de campo aislada, rodeada de campos verdes que nunca había visto tan vacíos. Sus días se repetían casi idénticos: levantarse temprano, caminar por los senderos cercanos siempre bajo la mirada de alguien asignado por su padre, leer, escribir en hojas que luego escondía con mucho cuidado, y esperar. No sabía bien qué esperaba, pero seguía manteniéndose firme a la promesa silenciosa que se había hecho a sí mismo la tarde que se fue: no dejarse romper del todo, no permitir que borraran lo que era. Por fuera parecía más tranquilo, más sumiso, como si finalmente hubiera aceptado su nueva realidad; pero por dentro iba armando poco a poco su propia verdad, anotando fechas, hechos, nombres, todo aquello que pudiera servir algún día. A veces se sentaba al borde de la ventana y se preguntaba si Gael lo habría olvidado, si sus palabras frías habían logrado alejarlo de verdad, y cada vez que esa duda le llegaba sentía como si le clavaran algo afilado en el pecho.
Mientras tanto, en la ciudad, Gael no se había detenido ni un solo día. Al principio el dolor lo había paralizado, la sensación de rechazo le había hecho cuestionar todo, pero con el paso de los días y al recordar la mirada de Damián esa tarde, había comprendido que esas palabras no habían sido un adiós, sino una protección. Había recogido todas las pruebas que había encontrado su abuelo, había buscado a personas que habían sufrido abusos o injusticias a manos de la familia Vera en el pasado, había acudido a instancias superiores con la ayuda de un abogado independiente que no se dejaba influenciar por apellidos ni dinero. Fue un camino lento, lleno de obstáculos, de amenazas veladas, de intentos de desacreditarlo, pero cada nuevo impedimento solo le daba más certeza de que estaba haciendo lo correcto. Poco a poco las piezas empezaron a encajar: las irregularidades salieron a la luz, las versiones falsas se desmoronaron al enfrentarse a los hechos, y la posición intocable que durante años había tenido el padre de Damián empezó a tambalearse peligrosamente.
Una tarde lluviosa, llegaron hasta la casa de campo. No eran hombres enviados por su padre, sino funcionarios acompañados de su madre, que con los ojos llenos de lágrimas le informó que las cosas habían cambiado: se habían abierto investigaciones formales contra su padre, se habían anulado las órdenes de restricción y prohibición, y por fin era libre de volver si así lo quería. Damián no supo si sentir alivio, alegría o miedo; todo había sucedido de una forma tan repentina que le costaba asimilarlo. Subió al vehículo sin decir casi nada, y durante todo el camino de regreso no dejó de pensar en Gael, en si todavía estaría allí, en si le permitiría explicarse.
Cuando llegó a la ciudad, lo primero que hizo fue ir al parque donde se habían visto por primera vez. No esperaba encontrarlo allí, pero era el lugar donde todo había empezado, el lugar donde había dejado de ser solo una máscara para empezar a ser él mismo. Y cuando llegó al banco de madera bajo los sauces, lo vio. Gael estaba allí, de pie, mirando hacia el estanque, con la misma cámara que siempre llevaba colgada al hombro. Al escuchar los pasos se giró despacio, y durante unos largos segundos ninguno de los dos pudo decir ni una palabra. Solo se miraban, viendo en el otro las huellas de todo lo que habían sufrido: la mirada un poco más cansada, la expresión más seria, la tristeza que todavía no terminaba de desaparecer.
—Pensé que me habías olvidado —dijo Damián al fin, con la voz temblorosa y bajita.
—Nunca pude —respondió Gael dando unos pasos hacia él, sin atreverse todavía a tocarlo—. Sabía que no te habías ido por voluntad propia. Sabía que estabas luchando desde donde estuvieras.
Se sentaron juntos en el mismo banco donde habían compartido tantas cosas. Damián le contó todo: por qué le había dicho esas palabras, el miedo a que le hicieran daño, la decisión de alejarlo para protegerlo, los meses de aislamiento y silencio. Gael le contó también su propia lucha, las dificultades, las veces que estuvo a punto de rendirse pero que el recuerdo de su voz lo había mantenido en pie. Cuando terminaron de hablar, se quedaron en silencio, conscientes de que ya no había mentiras ni secretos entre ellos, pero también conscientes de que nada volvería a ser exactamente igual que antes. Las heridas estaban ahí, y tardarían tiempo en sanar.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Damián mirándolo a los ojos—. Ya no hay prohibiciones, ya no hay persecuciones, pero… siento que hemos perdido mucho tiempo. Que nos hemos hecho demasiado daño.
—No lo sé —admitió Gael con total sinceridad—. No tengo una respuesta perfecta, ni una promesa de que todo será fácil y feliz de ahora en adelante. Lo que sí sé es que quiero intentarlo contigo. Quiero ir recuperando la confianza poco a poco, quiero aprender a estar juntos sin tener que escondernos ni huir, pero también sabiendo que las cosas que vivimos nos han cambiado. No vamos a pretender que nada pasó, porque sí pasó, y nos marcó a los dos.
Se tomaron de la mano despacio, como si temieran que fuera un sueño que pudiera desvanecerse en cualquier momento. Ya no había la desesperación de antes, pero tampoco esa alegría ingenua del principio. Se tenían el uno al otro, sí, pero sabían que el camino por delante seguía siendo largo. El padre de Damián tendría que enfrentar las consecuencias de sus actos, y eso traería más cambios, más dolor y quizás más dificultades para ellos. Había gente que seguía mirándolos con desconfianza, había rumores que tardarían mucho en desaparecer, y heridas emocionales que requerirían tiempo y paciencia para sanar. No tenían garantías de que todo saldría bien, ni podían decir que al fin eran completamente felices y sin problemas.
Se levantaron del banco y empezaron a caminar despacio por el sendero del parque, uno al lado del otro. El sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de colores suaves, y por un instante el ambiente se sintió tranquilo. Pero esa calma no era la de quien ha llegado al final de todo y ya no tiene que preocuparse por nada; era la calma de quien ha sobrevivido a una tormenta y sabe que el cielo podría volver a nublarse en cualquier momento. No hubo un abrazo apasionado que lo arreglara todo, ni una frase mágica que cerrara todas las heridas. Solo estaban ellos dos, caminando juntos, sabiendo que todavía tendrían que luchar por su lugar en el mundo, por su derecho a ser ellos mismos, y por su relación.
—Estamos aquí —dijo Damián en voz baja, más para sí mismo que para Gael.
—Sí —respondió Gael—. Estamos aquí. Y eso es, por ahora, suficiente.
No hubo un “vivieron felices para siempre”. Solo hubo ese momento, esa mano que se apretaba con suavidad, y la certeza de que su historia no había terminado, sino que apenas empezaba a construirse de verdad, con todo lo bueno y todo lo difícil que eso implicara.
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FIN DE LA PRIMERA PARTE
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