Ximena firmó el divorcio sin decirle a Gael que estaba embarazada.
Se fue de Ciudad de México, cambió de vida y crió sola a sus gemelos.
Cuatro años después, vuelve. Gael la reconoce de inmediato, pero lo que no espera es ver a dos niños con sus mismos ojos.
Ahora él quiere recuperar a la mujer que dejó ir.
Y también la verdad que ella le ocultó.
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Capítulo 3
Capítulo 3
Ximena estacionó cerca de la casa Salcedo. El lugar tenía dos cajones y siempre estaban ocupados. Bajó las maletas, caminó hasta la reja y el guardia le abrió apenas la reconoció.
—Señorita Ximena, bienvenida.
Una empleada tomó el equipaje.
En la sala, Arturo Salcedo veía televisión junto a Mariela Montes, su segunda esposa.
Mariela levantó las cejas.
—¿De quién son esas maletas?
Ximena entró.
—Mías.
Mariela sonrió como si le alegrara verla.
—Ximena, ¿por qué vienes con tanto equipaje?
Ximena miró a su padre.
—Papá, Gael y yo nos divorciamos.
Arturo se levantó de golpe.
—¿Qué dijiste?
—Me divorcié.
—¡Estás loca! ¿Cómo haces algo así sin consultarlo con la familia?
La palabra familia le sonó hueca.
—¿Eso es lo primero que vas a decirme?
—¿Qué querías que dijera? ¡Ese matrimonio salvó la empresa!
—Yo salvé tu empresa casándome con un hombre que no me amaba. Ya cumplí. No voy a entregar el resto de mi vida por tus números.
Arturo se puso rojo.
—Vas a regresar ahora mismo con Gael. Le vas a pedir disculpas y vas a decirle que fue un berrinche.
—No.
—¿No?
—No voy a rogarle a nadie.
Arturo agarró una maleta y la empujó hacia la puerta.
—Si no vuelves con él, no vuelvas a entrar a esta casa. Yo no tengo una hija tan caprichosa.
Mariela se acercó a tocarle el brazo.
—Arturo, cálmate. Hablando se entiende la gente.
—¡No la defiendas! Esta ingrata no respeta a su padre.
Ximena miró a Mariela. La mujer tenía esa cara dulce que usaba frente a Arturo, pero en los ojos se le asomaba una satisfacción pequeña, venenosa.
Ximena se arrodilló.
Arturo creyó que iba a pedir perdón.
Ella inclinó la frente hasta el piso.
—Papá, perdón por no poder ser la hija que querías. Cuida tu salud.
Hizo otra reverencia.
Arturo se quedó sin palabras.
Ximena se levantó, tomó las maletas y caminó hacia la salida.
—¡Ximena! —gritó él—. Si cruzas esa puerta, no vuelvas a pedirme nada.
Ella no volteó.
Manejaba con las manos heladas cuando llamó a Renata.
—¿Puedes bajar? Estoy afuera de tu edificio.
Renata apareció en menos de cinco minutos, con tenis mal puestos y el cabello recogido a medias.
—¿Qué pasó?
—Maneja mi coche. Llévame al aeropuerto.
—¿Al aeropuerto? ¿A dónde vas?
—A Houston.
Renata se quedó muda, pero subió al volante. En el camino, Ximena le contó el divorcio, la reacción de Arturo y la decisión de irse.
—Qué poca madre tu papá —murmuró Renata, con los ojos brillosos—. Quédate conmigo. Yo te cuido.
—No quiero quedarme en esta ciudad. Si me voy, hay menos riesgo de que los Alcázar sepan del embarazo.
Renata apretó el volante.
—Mi hermano Hernán está en Houston por la filial. Te paso su contacto. Si necesitas algo, lo llamas.
—Está bien.
Pero Ximena sabía que no lo llamaría. No quería ser carga de nadie.
En el aeropuerto, Renata la abrazó fuerte.
—No estás sola.
—Lo sé.
Ximena entró con las maletas. Después de documentar, el teléfono vibró.
Rodrigo.
—Xime, ¿dónde estás? Papá me dijo una barbaridad.
Al escuchar a su hermano, los ojos se le llenaron de lágrimas.
—En el aeropuerto.
—No abordes. Voy para allá.
—No, Rodrigo. Ya decidí irme.
—Papá habló enojado. Se le va a pasar. Además está el abuelo Ernesto. Ven con nosotros.
—La Ciudad de México ya no tiene lugar para mí.
—Sí lo tiene. Me tienes a mí.
Ximena cerró los ojos.
—Cuando llegue, le explicaré al abuelo. Tú puedes visitarme después.
Rodrigo guardó silencio. Conocía ese tono.
—Avísame cuando aterrices.
—Lo haré.
Ximena cortó, pasó seguridad y caminó hacia la sala de abordaje con una mano en el vientre.
Se iba con el corazón roto.
Pero no se iba sola.
Al caer la tarde, Gael se quedó sentado en la sala del departamento de Polanco.
El sol se apagó detrás de los edificios y la casa siguió en silencio.
Demasiado silencio.
En la entrada ya no estaban los tacones de Ximena. En la mesa de centro faltaba la taza blanca que ella había pintado a mano. El tocador estaba vacío. En el clóset no quedaban vestidos, suéteres ni esas mascadas claras que ella usaba cuando hacía frío.
Se había llevado poco, pero el departamento parecía partido a la mitad.
—Señor Gael, la cena está lista —avisó Doña Tere desde la cocina.
—Gracias.
Se sentó en el comedor. La comida era la de siempre, bien servida, caliente, con buen aroma.
Le supo a nada.
Antes, Ximena se sentaba frente a él. Hablaba de cualquier cosa: un libro, una exposición, una receta de Paula, un diseño nuevo. Gael respondía poco, pero su voz estaba ahí, suave, llenando los espacios.
Ahora la silla estaba vacía.
Gael dejó los cubiertos después de tres bocados.
Más tarde recibió una llamada de Sebastián Márquez. Lo invitaba a ZERO, un bar en la Roma al que Gael rara vez iba.
Esa noche aceptó.
No quería quedarse en casa.
En el reservado, Julián Herrera y Sebastián lo vieron beber una copa tras otra.
—¿Qué traes? —preguntó Sebastián—. ¿Cerraste un negocio enorme o te peleaste con la vida?
—Estoy contento —dijo Gael.
Julián soltó una risa seca.
—Tú solo dices eso cuando algo está mal.
—Entonces beban.
Bebieron.
Gael bebió más que los dos. Mucho más.
Cuando ya estaba recostado en el sofá, Sebastián sacó el celular.
—Voy a llamar a Ximena para que venga por ti.
Gael abrió los ojos de golpe.
—No la llames.
—¿Por qué?
—Nos divorciamos.
Julián y Sebastián se miraron.
—¿Cómo que se divorciaron?
Gael cerró los ojos.
—Ya no tiene nada que ver conmigo.
Ninguno insistió. Llamaron al chofer de la familia Alcázar.
El hombre llegó rápido y ayudó a Gael a subir al coche. El Bentley avanzó hacia Polanco, pero al pasar por Periférico, Gael habló desde el asiento trasero:
—Da vuelta. Vamos a Interlomas.
—Sí, señor.
Media hora después, el coche se detuvo frente a la casa Salcedo. Las luces estaban apagadas.
Gael bajó la ventanilla. El aire fresco le pegó en la cara y lo despertó un poco.
¿Qué estaba haciendo ahí?
Ximena lo había dejado. Él había firmado. Había aceptado como si no importara.
Entonces, ¿por qué estaba frente a la casa de su padre como un idiota?
—Regresa a Polanco —ordenó.
El chofer obedeció.
En los días siguientes, Gael descubrió algo que no quiso decirle a nadie: Ximena se le aparecía en todas partes.
En la silla vacía.
En el olor del té.
En el silencio después de trabajar.
En una taza que ya no estaba.
Cuando ella le pidió el divorcio, él pensó que no importaba. Era un matrimonio por contrato. Sin amor.
Pero desde que Ximena se fue, algo en él se había quedado sin lugar.