Valentina Mora es corresponsal de guerra. Tiene veinticinco años, una cámara y la convicción de que la verdad merece ser contada aunque duela. Lo que no tiene es miedo. O eso cree.
La primera vez que pisa una mina terrestre en Levante, un desconocido enmascarado le salva la vida. Solo ve sus ojos. Solo siente su mano arrancándole a la muerte. De su muñeca, ella se lleva un hilo rojo que no sabe que va a cambiarle el destino.
Santiago Herrera es el soldado más letal de su unidad y el más destruido por dentro. Desactiva bombas con las manos firmes de quien ya no le tiene miedo a morir. Pero cuando la ve a ella, por primera vez en años, quiere seguir vivo.
Se encuentran. Se pierden. Se vuelven a encontrar en cada rincón del infierno.
Pero Santiago guarda un secreto que podría destrozarlos a ambos. Y la guerra no perdona a los que se atreven a amar en medio de sus ruinas.
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Capítulo 12
Capítulo 12
"No son novios"
Santiago quería ir a la guerra de verdad.
Valentina lo supo antes de que él lo dijera. Lo vio en la manera en que miraba los informes de combate que llegaban cada mañana — no con miedo, sino con urgencia. Lo vio en la forma en que apretaba la mandíbula cuando los helicópteros de evacuación pasaban por encima de la base llevando heridos de las líneas del frente. Lo vio en la conversación con el Coronel Mendoza que ella no debería haber escuchado, pero que escuchó porque estaba filmando una secuencia de transición al otro lado de una pared de lona que no amortiguaba ni el viento ni las voces.
—Coronel, quiero solicitar ingreso a las fuerzas conjuntas especiales.
La voz de Mendoza fue cautelosa.
—Herrera, la FCA es combate real. Operaciones ofensivas, incursiones, rescates de rehenes. No es mantenimiento de paz.
—Lo sé, Coronel.
—¿Y Garún? Tu unidad de desminado necesita un líder.
—Mi segundo puede asumir. Teniente Prieto es competente.
Un silencio. Valentina apretó la cámara contra el pecho, sin grabar, solo sosteniendo.
—¿Por qué, Herrera? Dame una razón que no sea la que creo que es.
—Si puedes quedarte parado mientras masacran a la gente y no hacer nada al respecto, has dejado de ser humano. Señor.
Mendoza no respondió de inmediato. Valentina escuchó el crujido de una silla, el suspiro de un hombre que sabe que no puede detener a otro hombre que ha decidido algo.
—Voy a procesar tu solicitud. Pero piénsalo.
—Ya lo pensé.
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La gallina apareció de la nada.
Era un animal flaco, desplumado, de color indefinido entre marrón y gris, que alguien había adoptado como mascota no oficial de la base. Vivía en un corral improvisado detrás de las cocinas y de vez en cuando se escapaba para sembrar el caos entre los vehículos blindados y las tiendas de campaña.
Hoy había elegido la hora del almuerzo para su acto de resistencia diario.
El ave cruzó corriendo la explanada principal con cuatro soldados detrás. Uno se resbaló en un charco de lodo y cayó de bruces. Otro se enredó con una cuerda de tender. La gallina zigzagueaba con una agilidad desproporcional a su aspecto deplorable, esquivando botas y manos como si estuviera entrenada para ello.
Santiago salió de las barracas atraído por los gritos. Se quedó de pie, con los brazos cruzados, mirando el espectáculo con la expresión de alguien que evalúa una operación táctica.
—Por la izquierda —le dijo a un soldado—. Flanqueo.
—¡Es una gallina, Teniente, no un insurgente!
—Los principios son los mismos. Anticipa su trayectoria, bloquea las salidas, reduce el perímetro.
—¿Está hablando en serio?
—Completamente.
Valentina estaba filmando. No pudo evitarlo. La gallina viró hacia ella a toda velocidad. Valentina bajó la cámara e intentó atraparla — error. El animal le pasó entre las piernas y Valentina perdió el equilibrio. Se agarró de lo primero que encontró, que resultó ser el brazo de Santiago, y ambos trastabillaron hacia atrás.
Valentina tenía plumas en el pelo. Una en la frente, otra detrás de la oreja, una tercera enganchada en la coleta.
Santiago la miró. Levantó la mano y le quitó la primera pluma con dos dedos, como si estuviera retirando un cable de un detonador. Luego la segunda. Sus dedos rozaban el cuero cabelludo con la delicadeza con que manejaba los cables de los detonadores. Valentina se quedó muy quieta.
—Tienes una más —dijo él—. Aquí.
Le tocó la sien. El dedo le rozó la piel una fracción de segundo más de lo necesario.
Valentina retrocedió un paso. El pie se le hundió en un charco de lodo y la salpicadura le dio a Santiago directamente en la cara. Un manchón de barro café le cruzó la frente desde la ceja hasta el nacimiento del pelo.
Se miraron.
Santiago tenía lodo en la cara. Valentina tenía plumas en el pelo. A su alrededor, cuatro soldados perseguían una gallina.
Valentina se rio. Una risa real, completa, desde el fondo del estómago. Santiago también se rio — no la media sonrisa de siempre, sino una risa corta que le cambió la cara entera, que le arrugó los ojos y le abrió las comisuras y que Valentina supo, en ese instante, que guardaría como uno de los sonidos más valiosos que había escuchado en su vida.
—Lo siento —dijo ella, sin dejar de reírse—. Lo siento, de verdad.
—No lo sientes.
—No. No lo siento.
Santiago se limpió el lodo de la cara con la manga. Valentina se sacó la última pluma del pelo. Se quedaron de pie uno frente al otro, a medio metro de distancia, con lodo y plumas y risa todavía vibrando entre ellos. Santiago la miraba con los ojos arrugados por esa risa que ya se estaba apagando pero que le dejaba la cara distinta — más joven, más abierta, más humana que cualquier expresión que Valentina le hubiera visto en meses de guerra y tensión y bombas.
Y Valentina pensó: "Así se ve cuando es feliz."
El pensamiento le atravesó el pecho como una aguja caliente. Lo archivó. No era momento de pensar en eso.
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Mendoza la llamó por la tarde.
El Coronel estaba detrás del escritorio con un vaso de café y un mapa lleno de chinchetas.
—Mora. Santiago Herrera va a empezar entrenamiento con las fuerzas conjuntas la próxima semana. Quiero que lo cubra. La FCA necesita visibilidad para justificar su presupuesto, y usted hace buen trabajo. ¿Acepta?
—Acepto, Coronel.
—Bien. Hay algo más.
Mendoza tomó un trago de café. Se reclinó en la silla.
—¿Herrera y usted se conocían de antes?
Valentina sintió un cosquilleo en la base del cuello. Se preparó la mentira como quien prepara una trinchera — rápido, funcional, sin tiempo para la elegancia.
—¿Por qué lo pregunta?
—Porque los vi persiguiendo una gallina hace dos horas y parecían personajes de telenovela. No me importa, Mora. Mis soldados necesitan momentos así — risas, tonterías, normalidad. Lo que no necesitan es un lío romántico que complique las operaciones. Así que le pregunto de buena fe: ¿va a ser un problema profesional?
—No, Coronel. Nos conocimos brevemente antes de Levante. No es un problema.
Mendoza asintió. No preguntó los detalles. Era un hombre que sabía exactamente cuánto quería saber sobre la vida personal de sus subordinados: lo justo para anticipar problemas, ni un gramo más.
—Una cosa más —dijo, como si se le acabara de ocurrir—. La semana pasada me preguntó una periodista de Canal 7 si Herrera estaba disponible para una entrevista de seguimiento. Una tal Restrepo. Dice que lo entrevistó antes de que se viniera. Me preguntó si seguían juntos.
Valentina dejó de respirar.
—¿Juntos?
—Ella y él. Parece que salieron un par de veces. Arreglado por el padre de ella — el dueño de Grupo Restrepo, creo. El viejo quedó impresionado con Santiago en un evento y organizó una presentación para su hija. Santiago fue por cortesía más que por interés, si me permite la opinión. —Mendoza se encogió de hombros—. Le dije a la periodista que eso no era asunto mío. Pero entre nos, Mora, eso nunca funcionó. Herrera no estaba interesado. Lo supe desde el primer día — ese hombre no tenía cara de novio. Tenía cara de soldado que quiere estar en otra parte. Conozco a Herrera desde hace años. Es de los que funcionan mejor solos. O al menos eso creía yo, hasta que lo vi perseguir una gallina con usted esta mañana.
Valentina se quedó inmóvil en la silla. Las palabras de Mendoza le daban vueltas en la cabeza como un trompo que no se decide a caer.
"Eso nunca funcionó."
"Herrera no estaba interesado."
"No son novios."
No son novios.
—¿Mora? ¿Está bien?
—Sí, Coronel. Perfectamente.
Salió del despacho. Caminó diez pasos. Se detuvo frente a un muro de sacos de arena y se quedó mirando el cielo de Garún — un azul pálido, lavado por el calor, infinito—.
No son novios. Nunca lo fueron. Santiago no estaba con Camila. Santiago no había estado con Camila. La silla vacía, el restaurante caro, la devastación, la pulsera devuelta, las lágrimas en la almohada, la solicitud de corresponsalía, el vuelo a Levante — todo había sido construido sobre una premisa falsa.
Y ahora estaba aquí. En una zona de guerra con cuarenta y cinco grados de calor y una gallina que se escapaba del corral cada tercer día. A diez metros de las barracas de un hombre que no era el novio de nadie. Un hombre que le prestaba peines y le quitaba plumas del pelo y tocaba una armónica japonesa por las noches para limpiar el aire de la violencia. Que le había prestado un peine. Que le había quitado plumas del pelo. Que se había reído con ella por primera vez mientras una gallina escapaba entre vehículos blindados.
Valentina se cubrió la cara con las manos.
—Dios mío —susurró.
No son novios. Nunca lo fueron.
El viento caliente de Garún le secó las lágrimas que ni siquiera había notado que estaban cayendo. Se las limpió con el dorso de la mano. Respiró. Miró hacia las barracas donde Santiago estaba guardando su equipo, ajeno a todo, ajeno a la revolución que estaba ocurriendo a diez metros de él, detrás de un muro de sacos de arena, dentro del cuerpo de una mujer que acababa de entender que los últimos meses de dolor habían sido construidos sobre una mentira.
Tres palabras que lo reconfiguraban todo. Y Valentina no tenía la menor idea de qué hacer con ellas.
Por momentos te sumerge en la realidad que desangra y luego te sube a la exaltación de la vida amorosa...
Su narración por momentos te hace caminar...y luego correr hasta lograr sentir profundamente la vida misma... con su crueldad, su injusticia, su perdón dentro del recuerdo vivo de lo que se debe hacer... justo como el que alguien debe hacerlo.
Es una obra literaria en toda su extensión como ninguna otra.