Durante diez años, Rebecca le volvió la espalda al pasado, decidiendo aceptar la traición de Jay Lorence y abrirse paso sola en la vida. Pero ahora, nada podía apartarla del lecho de su madre; ni siquiera para enfrentarse a Jay de nuevo... Después de todo, él jamás se molestó en averiguar qué le sucedió a la adolescente que huyó de Thornley, jurando nunca regresar, ni cómo sobrevivió la chica cuyo amor y confianza rechazó con tanta crueldad...
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capítulo 19
Giró sobre sus talones, con las pupilas llameantes de odio y dijo, con los dientes apretados:
-Si, es tu hijo... aunque él ni siquiera sepa quién es su padre.
Su reacción la sorprendió: en lugar de llamarla mentirosa, o exigirle que justificara esa afirmación ofreciéndole pruebas irrefutables; en vez de poner en duda su habilidad de saber quién era el padre de su hijo, observó que palidecía y que su rostro se contorsionaba en un gesto inhumano; como ella jamás vio en la cara de otro hombre.
-Te podría estrangular, Rebecca… -susurró, ronco-. Me encantaría poner mis manos alrededor de tu hermoso cuello y sofocarte. ¿Cómo te atreves a esconder aun hijo de mi carne, a un hijo de mi sangre, durante diez malditos años, para que yo no lo conozca?
Alarmada por la violencia que lo sacudía, retrocedió y su tacón chocó contra el enrejado de bronce de la chimenea, casi haciéndola perder el equilibrio. Jay estiró una mano y la pescó del hombro para ende rezarla, casi triturándole los huesos.
- ¿Tienes miedo, eh? -Se burló, entrecerrando los ojos hasta convertirlos en una ranura de plata-. Me agrada, mi pequeño tormento. Porque, ¡por Dios!, tienes razón para temerme.
La hostilidad brilló en la mirada de Rebecca, que no bajó los ojos, retándolo, mientras sus recriminaciones secretas los mantenían rígidos, listos para lastimarle.
-Es mi hijo, Jay -le aclaró, con un derecho de posesión tan evidente que lo estremeció-. ¡Mío! ¿Oíste? La única parte que tú proporcionaste para crearlo fue una breve eyaculación, de animal en celó.
La bofetada la obligó a callarse.
-No vuelvas a degradar su existencia de esa forma de nuevo -le advirtió, escupiéndola con su desprecio.
La mejilla le ardía y sus labios le latían donde su pulgar los golpeó. Jay se apartó de ella, dándole la espalda para tratar, con enorme esfuerzo, de controlar la violencia de su temperamento, mientras el dolor y la humillación le devolvían la cordura a la joven.
-Lo siento… -musitó, con remordimiento. Aunque nada más fuera en eso, él tenía razón. No debía degradar la existencia de su hijo.
Se volvió para mirarla y luego apartó la vista, clavándola en sus pies. Metió las manos en los bolsillos y el silencio se extendió entre ellos, cargado de una tempestad de emociones demasiado complicadas para entenderlas.
-Llámalo -le ordenó de pronto, acercándose a ella, amenazador.
- ¿Qué?-preguntó, alelada, abriendo los ojos por el asombro.
-Telefonéale -repitió, pescándola del brazo para arrastrarla hasta el escritorio-. Llama a nuestro hijo -le ladró-. Supongo que tienes el medio de ponerte en contacto con él. ¿Y bien? -le puso el auricular en las manos. ¡Hazlo! ¡Quiero oír su voz!
Temblando, consciente de que Jay mantenía el control sobre sí por un hilo y segura de que la golpearía de nuevo si no tenía cuidado, empezó a marcar y logró comunicarse con la casa de Cristina.
Le dolía la garganta y se le cerraba por las lágrimas. El sonido del timbre cesó y escuchó la voz de Cristina por la línea.
-A punto de acabar con el pobre de Tom -le informó, sin que su amiga se percatara de la emoción que agudizaba la voz de Rebecca-. Fueron a patinar sobre hielo hoy, como estaba planeado. El pobre de Tom aterrizó sobre su espalda y Kit tuvo que sacarlo de la pista muerto de cansancio.
-Dile que quiero hablar con él -ni siquiera pudo reírse con Cristina.
- ¿Pasa algo malo, Becky? -preguntó ella, de repente.
-No -le aseguró, abriendo los ojos grises para contener las lágrimas-. ¡Todo está bien! Si no tomas en cuenta un desastre general. Llama a Kit, por favor. Necesito hablar con él.
-Seguro... -bromeó Chrissy, sin creerle ni una palabra. Pero la obedeció y Rebecca la oyó gritar el nombre del niño.
-Así que Kit era el amante responsable, ¿eh? -Se mofó Jay, recorriéndola con los ojos-. ¡Maldita! ¡Le hablabas a mi hijo dos veces al día usando mi teléfono! ¡Maldita! -repitió, asqueado.
- ¡Mamá! -Rebecca parpadeó al oír la vocecilla familiar y la tensión que la invadía empezó a repicar en su cerebro-. ¿La tía Chrissy te contó lo del tío Tom? -Rió, sin imaginar que su madre se moría de la pena al otro lado de la línea-. Te lo juro, fue lo más gracioso del mundo. De repente se pone a patinar, con mucha confianza y me dice: “Quédate allí, Kit, viejo, mientras yo...
Ya no oyó más. Jay le arrancó el teléfono de la mano y se quedó quieta, observando la cara del hombre mientras escuchaba la voz de su hijo por vez primera, palideciendo con cada segundo que pasaba, con la emoción pintada en sus facciones.
Entonces vio, con sobresalto, que Jay alzaba la vista para acusarla; sus ojos se llenaron de lágrimas y su boca tembló, sofocando una emoción que rompía su compostura en mil pedazos.
Le entregó el auricular y lo contempló tambalearse, como un borracho, para dejarse caer sobre una silla, hundiendo la cabeza entre sus manos.
-De cualquier modo- concluyó Kit con un entusiasmo ingenuo-, logre que volviera a patinar y que no se cayera de nuevo. La próxima vez que vayamos, llevaré un cojín para amarrárselo en el trasero; ¡Ay! -su carcajada resonó en la cabeza de Rebecca. Una parte de mente registró que Tom debió darle un coscorrón al niño para que no se vanagloriara demasiado y otra seguía fija en Jay-. ¿Cuándo regresarás, mamá?
Rebecca saltó, sorprendida por esa pregunta, atontada a tal grado que le resultaba imposible contestar con lógica. Giró para estudiar la figura contraída de Jay, intentando recobrarse. Se le acercó y ella se puso tensa, esperando que volviera a arrebatarle el teléfono para decirle a Kit quién era y tachar a su madre de malvada y mentirosa. El miedo la estrujó, quemándole la espina dorsal, como un espasmo. Escuchó el sonido del vidrió sobre vidrio y comprendió, con una intensa sensación de alivio, que Jay se servía una copa.
-Mira, Kit... -logró ordenar la niebla de su mente-, aquí ha nevado mucho y no puedo saber cuándo regresaré...
- ¡Te lo dije! -exclamó, encantado-. ¿No te lo dije?
-Sí -sonrió, a pesar de la tensión de sus músculos faciales-. Sí, me lo dijiste -y, por alguna razón, las lágrimas la ahogaron-. Te extraño mucho, mi amor... -murmuró-. Lamento este retraso. -
-No te preocupes -declaró, con magnanimidad, pero Rebecca adivinó la desilusión en su voz-. Supongo que tendré que soportar a la tu Chrissy y al tío Tom unos días más -bromeo con las dos personas que lo escuchaban junto a él.
Se despidieron y ella contempló de nuevo a Jay, encogido en la silla, con un vaso medio vacío en la mano.
Se mordió el labio, incierta, y se sentó frente a él, sabiendo que eso sólo fue el principio.
-Dime su nombre... su nombre completo -exigió, sin levantar la cabeza.
-Kit... Christopher Jason Shaw -respondió, en voz baja.
-Pues, supongo que es algo, por lo menos -comentó, sacudiendo la cabeza-. ¿Cuándo nació? -continuó. -.
-E-en marzo -tartamudeó-. Cumplirá diez años el veinte de marzo. -
Jay asintió, registrando la información. Se llevó el vaso a los labios y bebió, tenso. Rebecca esperaba comprendiendo que Jay todavía luchaba por controlar sus emociones.
- ¿A quién se parece? -
Se le llenaron los ojos de lágrimas; las preguntas la agobiaban y no podía soportarlas.
-A ti-susurró-. Se parece a ti -inclinó la cabeza, tratando de que el pasado no la destrozara.
-Dios del cielo -lo oyó suspirar, ronco-, ¿qué te hice para que a apartaras a mi hijo de mi lado, hace diez años?
Ella levantó la cabeza, con los ojos tristes por el sufrimiento que le causaba esa burla.
-Yo te escribí, Jay -le recordó, desesperada-. Me miras como si hubiera cometido un terrible crimen en tu contra... te escribí diciéndote que estaba embarazada. ¡Tienes que recordarlo! -Y de repente Rebecca le lanzó toda su amargura, atacándolo-: Te rogué que volvieras a casa y me ayudaras. Y tú, ni siquiera te molestaste en contestarme.
- ¿Una carta? -Su rostro mostró una terrible confusión-. Yo no recibí carta tuya -asentó.
- ¡Oh... deja de fingirte inocente! -Lo acusó, asqueada con ese asunto-. ¡Claro que la recibiste! Tú…
- ¿Estas segura de que la enviaste por correo? -se mofó, cínico.
-Sí, desde luego -recordaba el día con claridad. Llovía y acababa de recibir la respuesta positiva a su prueba de embarazo. Le escribió en un papel y un sobre especial de correo aéreo, suplicándole que volviera, describiéndole su miedo, porque no sabía qué hacer. Luego corrió bajo la lluvia para meterla al buzón, al pie de la colina. Entonces, Olivia la alcanzó. “Por el amor del cielo, Becky... ¿qué haces corriendo bajo la lluvia?’’ No le prestó atención a sus sarcasmos, pues su preocupación ocupaba todos sus pensamientos.
-Tengo que llevar esta carta al buzón -le contestó, sin detenerse. El auto que conducía Olivia mantenía la misma velocidad que ella, con el vidrio bajado para que su rival pudiera seguirse mofando de ella.
-No seas estúpida -se rió, extendiendo una mano por la ventana-. Dame esa carta y yo la meteré al buzón. Te ahogarás si te quedas afuera más tiempo.
Como no quería confiarle esa carta a nadie, excepto al buzón, Rebecca titubeó un momento; pero la lluvia arreciaba, estaba nerviosísima y mareada así que debió apretarse el estómago para no vomitar. Le tendió la carta y Olivia sonrió, condescendiente; antes de alejarse, prometiéndole cumplir con su cometido. Rebecca se quedó en el mismo sitio, las gotas de agua caían de su cabello y su nariz, para observar que el auto se detenía en la curva del camino. Olivia la saludó con un ademán, salió del coche y puso la carta e el buzón.