En las heladas tierras de Rusia nació un hombre destinado a conocer el verdadero significado del sufrimiento. Desde su infancia fue arrojado a un mundo de violencia, traición y muerte, donde cada día era una batalla por sobrevivir. Las cicatrices que cubrían su cuerpo eran solo una pequeña muestra de las heridas que consumían su alma. Después de perder todo aquello que alguna vez amó, se convirtió en una sombra de sí mismo: un guerrero despiadado que caminaba entre cadáveres y campos de batalla sin sentir miedo, compasión o esperanza. Para él, el mundo era un infierno interminable, y él mismo era uno de sus demonios. Sin embargo, cuando el destino parecía haber sellado su condena, una mujer apareció en su vida. A diferencia de los demás, ella no vio al monstruo que todos temían, sino al hombre roto que se ocultaba tras años de dolor. Con paciencia, valentía y una determinación inquebrantable, comenzó a derribar los muros que protegían su corazón.
NovelToon tiene autorización de Black_Dragon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 14: Mi primer sueldo
Los años pasaron sin que me diera cuenta.
El invierno llegó.
Se fue.
Y volvió otra vez.
Pero ya no contaba los días por los entrenamientos.
Ni por las misiones.
Ni por las cicatrices nuevas.
Ahora los contaba por los desayunos en familia.
Por las tardes ayudando en la granja.
Por las risas de los gemelos.
Y por las caminatas junto a Rose.
Había cambiado.
Muchísimo.
Rose también.
Aquella niña de cabello corto que me había encontrado desmayado en la nieve ya no era una niña.
Ahora tenía dieciséis años.
Su cabello había crecido un poco, rozando sus hombros, y aunque seguía usando vestidos sencillos para ayudar en casa, ahora caminaba con una elegancia natural que llamaba la atención de cualquiera en el pueblo.
Su sonrisa, sin embargo...
Seguía siendo exactamente la misma.
La sonrisa que había logrado derretir el hielo que llevaba años congelando mi corazón.
Yo también había cambiado.
Tenía diecisiete años.
Era mucho más alto que cuando llegué.
Mi cuerpo seguía siendo fuerte gracias a todos los años de entrenamiento.
Las cicatrices seguían allí.
Recordándome quién había sido.
Pero ya no definían quién era.
Porque ahora era Leon.
No el Niño Maldito.
Solo Leon.
---
Aquella mañana estaba cortando leña junto al padre de Rose cuando escuchamos una conversación dentro de la casa.
—¡Papá, por favor!
Era Rose.
El hombre soltó un pequeño suspiro.
—Ya hablamos de eso.
—Pero solo dura un día.
—Lo sé.
—Entonces...
Hubo un largo silencio.
Me acerqué un poco a la ventana sin hacer ruido.
No pretendía escuchar.
Pero las voces llegaban claramente.
—El festival será en el pueblo vecino.
—Todas mis amigas irán.
Su padre volvió a suspirar.
—Rose...
—Sabes que este invierno fue difícil.
—Apenas alcanza para la comida y los animales.
—No puedo darte dinero para viajar, comprar algo y volver.
La voz de Rose se volvió mucho más baja.
—Lo entiendo...
Aquellas tres palabras sonaron completamente distintas a las que estaba acostumbrado a escuchar.
No eran de enojo.
No eran un reclamo.
Eran de decepción.
Una decepción tranquila.
Como alguien que comprendía la situación, pero no podía evitar sentirse triste.
Escuché sus pasos alejarse.
La puerta se abrió.
Rose salió al patio.
Intentó sonreír al verme.
Pero aquella sonrisa era diferente.
Más pequeña.
Más débil.
—Buenos días, Leon.
—Buenos días.
Ella continuó caminando hacia el gallinero.
Como si nada hubiera ocurrido.
Pero yo sabía que sí.
---
Ese día apenas hablé.
Mientras cortaba troncos, una sola idea ocupaba mi cabeza.
"Rose siempre me ayudó."
Me enseñó a leer.
A escribir.
A comer correctamente.
A hablar con las personas.
Me dio un nombre.
Me dio un hogar.
Nunca me pidió nada a cambio.
Entonces...
¿Por qué no podía hacer algo por ella?
Aquella pregunta permaneció conmigo todo el día.
Y al caer la tarde...
Encontré una respuesta.
---
A la mañana siguiente salí antes de que todos despertaran.
Recorrí el pueblo preguntando si alguien necesitaba ayuda.
La mayoría respondía con una sonrisa amable.
Pero no necesitaban trabajadores.
Estaba a punto de regresar cuando un hombre enorme salía del bosque arrastrando un carro lleno de troncos.
Era el leñador del pueblo.
Su barba estaba cubierta de nieve.
Su ropa olía a pino recién cortado.
Me acerqué.
—¿Necesita ayuda?
El hombre me observó de arriba abajo.
Después soltó una pequeña risa.
—Muchacho.
Esos troncos pesan más que tú.
No respondí.
Simplemente me acerqué al carro.
Sujeté el tronco más grande.
Y lo levanté.
El hombre abrió los ojos como platos.
—¿Qué...?
Lo cargué hasta la pila de madera como si no pesara nada.
Años de entrenamiento.
Años moviendo piedras enormes.
Años cargando pesos imposibles.
Aquello era sencillo.
El leñador comenzó a reír.
Una risa fuerte.
—¡Muchacho!
—¡Empiezas hoy mismo!
---
El trabajo era pesado.
Pero para mí...
Era casi un descanso.
Cortar árboles.
Transportar madera.
Acomodar troncos.
El cansancio era diferente.
Era un cansancio honesto.
No provocado por castigos.
No provocado por violencia.
Simplemente trabajo.
Al terminar la jornada, el hombre me entregó unas monedas.
Las observé en silencio.
Era la primera vez que ganaba dinero.
Dinero mío.
—Bien hecho.
Asentí.
No sabía qué decir.
Guardé cuidadosamente las monedas en el bolsillo.
Y sonreí.
---
Los días siguientes encontré más trabajos.
Una anciana necesitaba ayuda para limpiar la nieve acumulada sobre el techo de su casa.
Acepté.
Subí.
Trabajé durante horas.
Cuando terminé, también me pagó.
Otro día la cafetería del pueblo necesitaba un mesero porque uno de los empleados estaba enfermo.
La dueña dudó al principio.
—¿Sabes atender personas?
Pensé unos segundos.
—Puedo aprender.
Ella sonrió.
Y me dio una oportunidad.
Resultó ser mucho más difícil que cargar troncos.
Recordar pedidos.
Llevar platos.
No chocar con los clientes.
Pero al finalizar el día también recibí algunas monedas.
Poco a poco...
Mi pequeña bolsa comenzó a pesar más.
---
Cada noche contaba el dinero.
Una moneda.
Dos.
Cinco.
Diez.
Las acomodaba cuidadosamente sobre la cama.
Luego las volvía a guardar.
Rose nunca debía descubrirlo.
Quería sorprenderla.
Como ella me había sorprendido tantas veces a mí.
---
Una tarde regresé completamente agotado.
Tenía pequeñas heridas en las manos.
Los hombros me dolían.
Y apenas podía mover los brazos.
Rose me encontró sentado frente a la casa.
—Leon.
Levanté la cabeza.
Ella observó mis manos.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué pasó?
Escondí las manos detrás de la espalda.
—Nada.
Ella cruzó los brazos.
—Te conozco demasiado para creer eso.
Suspiré.
—Solo trabajé un poco.
—¿Trabajaste?
Asentí.
—¿Por qué?
Pensé en decir la verdad.
Pero quería que fuera una sorpresa.
—Quería ayudar.
Ella sonrió con dulzura.
—No hacía falta.
"No."
Pensé.
"Sí hacía falta."
Porque ella había cambiado mi vida.
Y aunque jamás pudiera devolverle todo lo que hizo por mí...
Quería empezar por algo pequeño.
Muy pequeño.
---
Aquella noche, mientras todos dormían, saqué nuevamente la pequeña bolsa de monedas.
Ya comenzaba a llenarse.
La observé durante varios minutos.
Después levanté la vista hacia la ventana.
La luna iluminaba el pueblo cubierto de nieve.
Sonreí.
Por primera vez desde que tenía memoria, comprendí algo.
El dinero no era lo importante.
Lo importante era la razón por la que lo estaba ganando.
No trabajaba por obligación.
No trabajaba porque alguien me lo ordenara.
No trabajaba para sobrevivir.
Trabajaba porque quería ver sonreír a alguien que me había enseñado a vivir.
Y esa diferencia...
Lo cambiaba absolutamente todo.