Julián Zaragoza lo tiene todo bajo control, excepto su propia vida. A sus 30 años, es el frío y respetado director de una firma de administración aduanera internacional, viudo y padre soltero de una rebelde joven de 18 años. El estrés corporativo y la rutina lo están asfixiando por dentro.
Entonces conoce a Esther Molina.
Ella tiene 27 años, una hija pequeña a la que proteger y un pasado oscuro que dejó atrás: años atrás, trabajó en un prostíbulo. Cuando Julián descubre su secreto, no la juzga. Ve en ella la vía de escape perfecta.
La propuesta de Julián es tan directa como indecente: una relación puramente física. Sin citas, sin preguntas sobre sus vidas personales, sin involucrar a sus hijas y, sobre todo, sin enamorarse. Un pacto donde la única regla es el placer absoluto para olvidar el mundo exterior.
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La verdad cruda
El eco de la noche anterior todavía vibraba en cada fibra de mi cuerpo. Al cerrar los ojos, aún podía verme frente a aquel espejo, atrapada entre el pecho de Julián y la madera de la cómoda, consumida por un vaivén rudo y desgarrador que nos había dejado al borde de una confesión que ninguno de los dos se atrevió a pronunciar. El calor de sus manos grandes grabadas en mis caderas seguía quemándome la piel por debajo del tosco uniforme azul de la empresa. Me sentía flotar en una nube de sensualidad y magnetismo oscuro, convencida, por unas horas, de que el santuario que habíamos construido en el ático era invencible.
Qué estúpida fui.
El turno de la tarde en Zaragoza Aduanera Internacional había terminado. El piso ejecutivo ya estaba prácticamente vacío, sumido en ese silencio sepulcral de los escritorios abandonados y las luces que empezaban a apagarse de forma automática. Crucé el vestíbulo principal arrastrando el carrito de limpieza, sintiendo el peso de la jornada en los hombros, pero con el vientre todavía encendido por el recuerdo de sus labios devorando los míos.
Estaba a punto de cruzar las puertas de cristal hacia el estacionamiento del personal cuando una figura delgada y elegante se interpuso en mi camino.
Victoria.
La hija de Julián estaba de pie junto a la salida, con los brazos cruzados y una gabardina negra que acentuaba su postura rígida. Ya no llevaba las gafas de sol de la tarde anterior; sus ojos, del mismo gris tormenta que los de su padre, me miraron con una fijeza gélida que me cortó la respiración de golpe. El magnetismo y la autoridad que en Julián resultaban jodidamente atractivos y posesivos, en su hija se transformaban en un desprecio afilado como un bisturí.
—Buenas tardes, señorita —dije, forzando una cortesía que se me atoró en la garganta, e intenté esquivarla moviendo el carrito.
—No te vas a mover de aquí, Esther —su voz no fue un grito, sino un susurro cargado de veneno que retumbó en las paredes del vestíbulo.
Me congelé. Escuchar mi nombre de sus labios fue como recibir un balde de agua helada. Mis dedos se apretaron contra el plástico del carrito con tanta fuerza que mis uñas, esas que anoche se habían enterrado en la espalda desnuda de Julián, se tiñeron de blanco.
—Sé perfectamente quién eres —continuó Victoria, dando un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con una altanería que delataba su estatus social—. Sé lo que haces por las noches. Sé a qué te dedicas cuando te quitas ese ridículo uniforme de limpieza.
—Señorita, está confundida... Yo solo trabajo para la agencia externa...
—¡Cállate! No me sigas viendo la cara de idiota —siseó, y una lágrima de pura rabia resbaló por su mejilla, delatando el dolor que escondía detrás de su fachada de niña rica—. Te seguí. Te vi anoche entrar al departamento de la zona norte. Vi a mi papá llegar poco después. Sé que te revuelcas con él en ese lugar.
El pánico se me instaló en las entrañas, destronando por completo los últimos restos de la calidez erótica de la noche anterior. La burbuja se había roto. El secreto que tanto nos había costado mantener, el pacto de carne que se había transformado en un amor prohibido, estaba expuesto ante la persona que más podía destruir a Julián.
—¿Cuánto te paga por hora, Esther? —preguntó Victoria, con una sonrisa cínica que me revolvió el estómago—. ¿O es que el sueldo de la cafetería no te alcanzaba para tus caprichos y decidiste buscar un atajo más fácil? Mi papá es un hombre viudo, un hombre que todavía sufre la pérdida de mi madre, y tú te aprovechaste de eso. Eres una maldita interesada que solo busca su dinero, su apellido y el lujo que jamás vas a poder darte por ti misma.
Cada palabra era un golpe directo a mi orgullo, una humillación que me desnudaba de la peor manera posible. Me sentí sucia, pequeña, como si el uniforme azul se hubiera convertido en una marca de infamia. La acusación de ser una trepadora me dolió más que cualquier golpe físico, porque en el fondo de mi alma, yo sabía que lo único que quería de Julián era su cuerpo, su protección y ese amor salvaje que me hacía sentir viva. El dinero no me importaba; por eso mismo había rechazado el departamento. Pero ante los ojos del mundo, ante los ojos de su familia, yo siempre sería la mujer de la limpieza que se metió en la cama del jefe adinerado.
—Usted no sabe nada de mí, ni de lo que pasa entre su padre y yo —articulé, con la voz rota, sintiendo las lágrimas agolparse en mis ojos. El recuerdo de la entrega lenta y romántica frente al espejo se sentía ahora como una fantasía retorcida.
—Sé lo suficiente —escupió Victoria, acercándose tanto que pude oler su perfume costoso, un aroma floral que chocaba con el olor a desinfectante que yo cargaba—. Sé de dónde vienes. Sé que una mujer como tú no tiene escrúpulos. Mi papá se compadeció de ti, te dio un trabajo y tú le pagaste abriéndole las piernas en un hotel de citas. Eres una cualquiera, Esther. Una interesada que está destruyendo lo poco que queda de mi familia. Si crees que vas a ganarte un lugar en su vida, estás muy equivocada. Él solo te usa para vaciarse por las noches porque eres un cuerpo disponible y fácil, pero jamás te va a llevar a una cena de negocios, jamás te va a presentar como su pareja. Para él, solo eres el secreto sucio de la oficina.
Las lágrimas finalmente desbordaron mis ojos, calientes y amargas, arruinando cualquier rastro de la mujer altiva que anoche se dominaba bajo el cuerpo de Julián. Sus palabras finales se clavaron como dagas en mi pecho: *«un cuerpo disponible y fácil... el secreto sucio»*. El trauma de mi pasado con Mario, la sensación de volver a ser tratada como una mercancía barata, regresó con una fuerza devastadora.
—Déjeme en paz... —sollocé, soltando el carrito de limpieza. Ya no podía respirar. El vestíbulo se me venía encima.
—Aléjate de mi papá, Esther —amenazó Victoria, con los ojos inyectados en una furia fría—. Si vuelves a buscarlo, si vuelves a pisar ese departamento, me voy a encargar de que todo el consejo de administración de esta empresa se entere de la clase de basura que el director tiene metida en su oficina. Y créeme, no querrás ver de lo que soy capaz para proteger el legado de mi madre.
Victoria dio media vuelta y caminó hacia la salida con paso firme, dejando el sonido de sus tacones resonar en el vacío del vestíbulo como una marcha fúnebre para nuestro amor.
Me quedé sola, completamente destrozada, apoyada contra la pared de cristal mientras el llanto me sacudía el cuerpo. El dolor era físico, un vacío punzante en el vientre que borraba toda la sensualidad de las horas pasadas. El precio de amar a Julián Zaragoza acababa de cobrarse mi dignidad. Me abracé a mí misma, temblando bajo el uniforme azul, con la dolorosa certeza de que la confrontación familiar nos había empujado al borde del abismo y que, por más que nuestros cuerpos se reclamaran con locura en la oscuridad, el mundo real estaba listo para destruirnos sin piedad.