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Jefe, afuera somos desconocidos

Jefe, afuera somos desconocidos

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Aventura de una noche / Posesivo / Completas
Popularitas:16.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Siti Kembang

Una noche que debió ser olvidada lo cambió todo.

Valentina Solís, profesora universitaria de idiomas, jamás imaginó que el desconocido con quien despertó en un hotel de montaña sería Sebastián Montero — el hombre más poderoso de San Valero.

Él es frío, implacable y acostumbrado a que el mundo se mueva a su voluntad. Ella es brillante, independiente y arrastra heridas que prefiere no mostrar.

Lo que empezó como un accidente se convirtió en un acuerdo: en privado, fuego; en público, desconocidos.

Pero los secretos en una ciudad donde todos se conocen tienen fecha de caducidad. Entre cenas familiares que derriten el hielo, rivales que acechan en las sombras y una atracción que ni las reglas pueden contener, Valentina descubrirá que amar a Sebastián Montero es fácil.

Lo difícil es que el mundo no se entere.

"Jefe, afuera somos desconocidos."
"¿Y adentro?"
"Adentro... soy tuya."

NovelToon tiene autorización de Siti Kembang para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12: Café para dos

Sebastián llegó con pan.

No una bolsa elegante de pastelería francesa ni una caja con listón de marca imposible, sino una bolsa de papel tibia de la panadería de la esquina: conchas, orejas y dos piezas de pan de elote porque, según él, "había que comparar estándares".

Valentina lo dejó pasar con una risa que intentó esconder.

—Si sigue comprando comida, voy a pensar que cree que me estoy muriendo de hambre.

—Lupita cree eso.

—Lupita me conoce desde hace una cena.

—Es suficiente para ella.

El departamento de Valentina parecía más pequeño con Sebastián adentro. No por falta de espacio, sino porque él no sabía ocupar poco. Se quitó el saco, lo dobló sobre el respaldo de una silla y miró la mesa con exámenes, libros, recibos de luz y una maceta de albahaca que sobrevivía por terquedad.

—No juzgue mi desorden.

—No lo estoy juzgando.

—Tiene cara de junta directiva.

—Es mi cara normal.

—Qué tragedia.

Preparó café de olla en una olla pequeña, con canela y piloncillo. Sebastián la observó desde el marco de la cocina sin invadir. Cuando ella buscó dos tazas, encontró una blanca y otra con una grieta azul en el borde.

—La rota es para usted —dijo.

—Un honor.

—No se corte. No quiero explicar en urgencias que lastimé al Director Montero con vajilla de supermercado.

—Afuera no nos conocemos. Podrías decir que fue un desconocido torpe.

Valentina se rió.

Esa fue la primera taza.

Después vinieron otras.

No todas en su departamento. A veces se veían en Santa Brígida, en restaurantes pequeños donde nadie de San Valero iba a mirar quién compartía mesa con quién. A veces él la esperaba en Las Palmas con cena simple y ventanas llenas de ciudad. A veces ella lo recibía después de clase, con el cabello recogido a medias, el pizarrón todavía en la cabeza y el café listo porque Sebastián ya había aprendido que ella necesitaba algo caliente antes de hablar de cualquier cosa seria.

La regla de afuera siguió intacta.

En público, nada.

En privado, demasiado.

El ritmo se armó sin que ninguno lo anunciara. Sebastián no escribía durante sus clases, aunque sabía sus horarios mejor de lo que ella habría querido admitir. Valentina no aceptaba camionetas, pero sí permitía que Marcos le mandara la dirección exacta de restaurantes donde podía llegar por su cuenta. Si se veían en Las Palmas, ella avisaba a Luciana. Si se veían en su departamento, él llegaba sin escolta visible y subía con una bolsa de pan como si fuera un vecino cualquiera.

Los martes corregía exámenes en la mesa mientras él leía documentos en el sofá. Los jueves, si ella tenía interpretación freelance, él no preguntaba con quién trabajaba; solo enviaba un mensaje al final: `¿Llegaste bien?`. Algunas noches comían tacos en puestos donde nadie miraba dos veces a una profesora cansada y a un hombre demasiado bien vestido. Otras, se quedaban en silencio, cada uno con su taza, como si el silencio también estuviera aprendiendo a ser de los dos.

Lo peligroso no fue que Sebastián invadiera su vida.

Lo peligroso fue que empezó a caber en ella.

La tercera noche en su departamento llovió tanto que la calle se convirtió en espejo. Sebastián llegó con la camisa húmeda en los hombros y pan dulce envuelto contra el pecho como si fuera documento confidencial.

—Prioridades —dijo cuando ella lo miró.

—El pan sobrevivió mejor que usted.

—Eso espero.

Comieron de pie en la cocina porque la mesa estaba llena de trabajos por calificar. Sebastián leyó una respuesta de un estudiante y arqueó una ceja.

—"The client is sensible"...

—Quiere decir que el cliente es sensato, no sensible. Ya sé. Voy a llorar cuando corrija.

—¿Puedo ponerle cero?

—Usted no toca mis calificaciones.

—Profesora estricta.

—Profe Vale para mis alumnos. Usted todavía no tiene ese privilegio.

—Lo trabajaré.

El comentario era ligero. La mirada no.

Valentina dejó la taza en el fregadero.

—Sebastián.

—Dime.

—Si se queda, no culpe a la lluvia.

La cocina se quedó en silencio.

Él no sonrió. No hizo un chiste. Solo dio un paso hacia ella y se detuvo.

—¿Estás segura?

Valentina había pasado años desconfiando de las preguntas que venían con presión escondida. Esta no la tenía. Era una puerta abierta hacia los dos lados.

—Sí.

—Si cambias de opinión...

—Se lo digo.

—Me lo dices —corrigió, bajo.

Ella tragó saliva.

—Te lo digo.

El beso empezó junto al fregadero, con olor a café, canela y lluvia. Siguió en la sala, entre una pila de exámenes y el saco de Sebastián cayendo al piso. Esta vez no hubo prisa de hotel, ni fiebre ajena, ni miedo cerrándole la garganta. Valentina estuvo presente en cada decisión: cuando le desabotonó la camisa, cuando él le preguntó con los ojos antes de tocarla, cuando ella lo llevó hacia su cuarto pequeño y encendió la lámpara de noche en lugar de esconderse en la oscuridad.

Sebastián la miró como si la luz fuera una promesa.

—Mírame, mi vida.

El apodo le rozó la piel por dentro.

Valentina lo miró.

La noche no fue perfecta, y quizá por eso fue más real. Hubo una risa nerviosa cuando ella se golpeó la rodilla con la esquina de la cama. Hubo una pausa porque él se detuvo al sentirla tensarse, y ella tuvo que respirar contra su cuello antes de decir "sigue". Hubo manos cuidadosas, bocas que aprendían, silencios que no pedían explicación.

Cuando todo quedó quieto, Valentina estaba de lado, con la sábana hasta el pecho y la cabeza apoyada en el brazo de Sebastián. Afuera seguía lloviendo. Adentro, su departamento olía a café frío y a piel caliente.

—¿Estás bien? —preguntó él.

Ella cerró los ojos.

—Sí, amor.

La palabra salió suave.

Demasiado natural.

Valentina abrió los ojos de golpe.

—No quise...

Sebastián no se burló. No sonrió con triunfo. Solo le acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

—No voy a usarlo contra ti.

Eso fue peor.

Mucho peor.

Valentina escondió la cara en la almohada.

—Olvídelo.

—No.

—Sebastián.

—Puedo no decir nada. Olvidarlo no.

El celular de Valentina empezó a vibrar sobre la mesa de noche.

Una vez.

Dos.

Tres.

Ella estiró la mano, todavía con el corazón desordenado, esperando ver a Luciana burlándose de su ubicación compartida.

Era un número desconocido.

Contestó.

—¿Bueno?

—¿La señorita Valentina Solís? —preguntó una voz de mujer, urgente—. Llamamos del Hospital General del Sur. La señora Carmen Herrera ingresó a urgencias hace unos minutos.

Valentina se incorporó tan rápido que la sábana cayó a su cintura.

Sebastián ya estaba sentado.

—¿Qué pasó?

La mujer al otro lado hablaba de una caída en la calle, de una vecina que la acompañó en ambulancia, de presión baja y estudios pendientes. Las palabras llegaban partidas. Valentina entendió apenas la mitad.

Sebastián ya estaba de pie, poniéndose la camisa sin apartar los ojos de ella. Tomó sus llaves de la mesa, luego el pantalón de Valentina del respaldo de la silla y se lo acercó sin decir nada, como si cualquier pregunta pudiera romperla más.

Pero Valentina apenas podía sostener el teléfono.

—Mi abuela —dijo, y la voz se le rompió en dos—. Mi abuela está en urgencias.

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Keyla M Borrero
😂😂😂🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️🤦🏻‍♀️
Eliana Barraza navarro
Que mujer tan cansona
Rosa Rodelo
Foto porfa
Rosa Rodelo
Foto de los protagonistas de la historia 🥰🥰
b zamitiz
🙂
Marixa Burgos
las vueltas de la vida 9🤣
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