Helena De la Vega está dispuesta a todo con tal de no presenciar el día más infeliz de su vida: la boda del hombre que ama con su propia hermana. Desesperada y sin medir las consecuencias, recurre a Leonardo de la Torre, su leal amigo de la infancia y el único hombre con el poder suficiente para desatar una tormenta de celos.
El trato es simple: fingir un romance apasionado frente a las cámaras de la alta sociedad.
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Capitulo 2
El jet privado de la familia De la Torre cortó las nubes grises que encapotaban el cielo de Madrid al atardecer. La calidez tropical de la isla había quedado atrás, reemplazada por el aire helado de la capital y el rugido sordo de los motores que anunciaban el regreso a la realidad.
A través de la ventanilla, Helena contemplaba la silueta de la ciudad. A su lado, Leonardo ya no vestía la ropa ligera de la luna de miel; lucía un traje hecho a medida en tono azul marino, con la corbata perfectamente anudada y la mirada fija en la pantalla de su tableta, donde revisaba informes financieros y borradores de prensa sin pestañear.
—Te ves seria, dulce Helena —murmuró él sin levantar los ojos del dispositivo, aunque deslizó una mano grande y cálida sobre el muslo de ella, apretando con suavidad por encima de la seda de su vestido.
—Estaba pensando en lo rápido que se terminó la calma —confesó ella, girándose para mirarlo y enredando instintivamente sus dedos con los de él—. Aunque supongo que la calma nunca fue lo nuestro.
Leonardo sonrió de esa forma perezosa y peligrosa que le aceleraba el pulso a Helena. Apagó la pantalla de la tableta y se inclinó hacia ella, acortando la distancia hasta que su aliento cálido rozó sus labios.
—La calma es aburrida. Además, el mundo tiene que ver a la nueva Sra. De la Torre en su trono.
El aterrizaje en la terminal ejecutiva fue solo el prólogo. En cuanto las puertas del avión se abrieron, un enjambre de fotógrafos y periodistas apostados tras las vallas de seguridad disparó una ráfaga incesante de flashes. La noticia del nombramiento de Leonardo como CEO absoluto y su sorpresivo matrimonio con la heredera De la Vega había paralizado a los círculos de poder.
Leonardo bajó la escalinata sosteniendo a Helena por la cintura con un dominio absoluto. La mano firme en su cadera la mantenía pegada a su cuerpo, proyectando ante las cámaras una imagen de poder inexpugnable y devoción feroz. Helena, luciendo gafas oscuras y un abrigo de corte impecable sobre un vestido ajustado, sostuvo la barbilla en alto, respondiendo a los flashes con una sonrisa distante y calculadora. Ya no era la chica que huía de las portadas; era la reina del escenario.
Una caravana de dos camionetas blindadas negras los esperaba a pie de pista. Gabriel Mores, el nuevo e implacable jefe de seguridad de Leonardo, abrió la portezuela con una reverencia pulcra.
—Bienvenido a casa, señor. Todo está dispuesto en la residencia —informó Gabriel con voz grave y eficiente.
—Gracias, Gabriel —asintió Leonardo antes de subir tras Helena.
La caravana cruzó la ciudad escoltada hasta las afueras, adentrándose en la exclusiva urbanización privada donde se alzaba la mansión principal de los De la Torre. La propiedad era un monumento a la arquitectura neoclásica: portones de hierro forjado de cuatro metros de alto, jardines milimétricamente esculpidos y una fachada de piedra blanca iluminada con majestuosidad.
Al cruzar los portones, Helena sintió un ligero escalofrío. Aquella no era solo una casa; era el corazón del imperio de Leonardo, el lugar donde se habían tomado las decisiones más oscuras de la familia.
El vehículo se detuvo frente a la escalinata principal. La servidumbre completa, vestida de etiqueta, esperaba alineada en la entrada bajo la supervisión del mayordomo mayor.
Leonardo bajó primero y le ofreció la mano a Helena para ayudarla a descender. Al tocar la piel cálida de sus dedos, la mirada de él se suavizó por una fracción de segundo antes de volver a la frialdad imponente que exigía la ocasión.
—Bienvenidos a su hogar, Don Leonardo, Doña Helena —expresó el mayordomo con una inclinación respetuosa.
—Gracias, Eduardo —respondió Leonardo en tono neutro, guiando a Helena al interior del gran vestíbulo de mármol negro y blanco, donde una monumental lámpara de araña proyectaba destellos sobre los techos altos.
Helena caminó lentamente sobre el mármol pulido. El eco de sus tacones resonó en el silencio del vestíbulo. En las paredes colgaban retratos al óleo de las generaciones pasadas de los De la Torre, pero ahora, el mando absoluto descansaba en los hombros del hombre que caminaba a su lado.
—¿Qué se siente estar de vuelta como el dueño indiscutible de todo esto? —preguntó Helena en un susurro, deteniéndose junto a la gran escalera de caracol.
Leonardo caminó hasta quedar a sus espaldas. Rodeó su cintura con ambos brazos y apoyó la barbilla en la curva de su cuello, respirando su aroma a jazmín y piel tibia. Helena dejó escapar un jadeo suave cuando sintió la presión de su cuerpo contra el de ella y la calidez de sus labios trazando una línea lenta por su garganta.
—Se siente incompleto si no estás tú a mi lado para disfrutarlo —murmuró él en un hilo de voz rasposo, mordisqueando ligeramente el lóbulo de su oreja hasta sacarle un temblor—. Esta casa era una prisión fría cuando era niño, Helena. Ahora es nuestro dominio.
—Un dominio que vas a tener que defender mañana en la sede central —recordó ella, girándose entre sus brazos para acomodarle el cuello de la camisa con gesto coqueto.
—Mañana la junta directiva y la prensa van a entender que la era de mi padre terminó —dijo él, con los ojos grises brillando con una intensidad voraz—. Y que cualquier intento de desestabilizarnos será aplastado sin piedad.
A la mañana siguiente, el rascacielos de la corporación De la Torre amaneció blindado por los medios de comunicación.
Leonardo ingresó al imponente vestíbulo de cristal y acero flanqueado por Gabriel y un séquito de ejecutivos. Su presencia infundía un respeto helado; los empleados se hacían a un lado a su paso, susurrando con temor y admiración. En la última planta, la sala de juntas acogía la rueda de prensa oficial donde se ratificaría su nombramiento.
Helena observaba la escena desde la primera fila del auditorio privado, luciendo un traje sastre en tono verde esmeralda que resaltaba su figura y su elegancia natural.
Leonardo ocupó el centro del estrado. Frente a decenas de micrófonos y cámaras de televisión en directo, su voz resonó con una autoridad implacable.
—A partir de hoy, la corporación inicia una nueva etapa de expansión y control absoluto —declaró Leonardo, sosteniendo la mirada fija de las cámaras sin pestañear—. Los rumores sobre la fragilidad de nuestras alianzas han quedado enterrados. La familia De la Torre y la firma De la Vega están más unidas y sólidas que nunca.
Un periodista alzó la mano con audacia.
—Señor De la Torre, se habla de que su ascenso provocó fracturas internas en el consejo y de que su matrimonio fue una maniobra puramente estratégica para acallar los escándalos de la boda cancelada de la señorita De la Vega. ¿Qué responde a eso?
Leonardo sonrió de manera perezosa, una mueca fría que hizo callar al auditorio. Su mirada buscó a Helena en la primera fila, clavándose en ella con una intensidad posesiva que hizo que a ella se le cortara la respiración.
—Mi matrimonio no es una maniobra, es una realidad —respondió Leonardo con voz pausada y categórica—. Y respecto a las fracturas en el consejo... cualquiera que intente desafiar mi liderazgo en esta empresa descubrirá muy pronto el costo de interponerse en mi camino.
La respuesta fue un golpe seco que zanjó cualquier especulación. Las fotos del nuevo CEO, implacable y magnético, junto a la radiante Sra. De la Torre comenzaron a dar la vuelta al mundo en cuestión de minutos.
Al finalizar la conferencia, Leonardo bajó del estrado ignorando las preguntas atropelladas de los reporteros. Caminó directamente hacia Helena, tomándola de la mano frente a todas las cámaras y entrelazando sus dedos con firmeza.
—Vámonos a mi despacho —le susurró él al oído, con un tono bajo y cargado de una tensión sensual que le encendió la sangre a ella.
Al cruzar las puertas de madera noble de la oficina presidencial en el piso superior, Leonardo cerró la puerta con llave y la presionó de inmediato contra la madera, atrapando sus labios en un beso profundo, hambriento y dominador que selló oficialmente el inicio de su nuevo reinado.