"Nadie sabe que detrás de esta mujer que plancha camisas y hornea galletas, hay otra que a las diez de la noche se convierte en alguien irreconocible.Y lo peor es que ya no sé cuál de las dos soy yo".¿Podrá Valeria continuar con su doble vida antes de que se derrumbe todo su mundo?
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El primer secreto.
Tres meses atrás – Consultorio del Doctor Márquez, oncólogo.
La sala de espera tenía olor a desinfectante y a revistas viejas con las tapas arrugadas por el uso de cientos de manos ansiosas. Valeria había pasado las últimas dos horas sentada en una silla de plástico incómoda, con las manos entrelazadas sobre la falda y la mirada perdida en un acuario donde nadaban peces de colores ajenos a la angustia humana que los rodeaba. Su madre, Elena, esperaba en el pasillo en una silla de ruedas, con un pañuelo de seda cubriéndole la cabeza calva, ajena a la conversación que estaba por venir. El doctor la había llamado a ella primero, a solas, y eso nunca era buena señal. Valeria lo sabía porque había visto suficientes películas de médicos para reconocer el protocolo de las malas noticias.
—Señora Gutiérrez, siéntese, por favor —dijo el doctor Márquez, indicándole una silla tapizada de cuero sintético frente al escritorio de formica.
El consultorio era pequeño pero ordenado, con diplomas enmarcados en las paredes y una planta de interior que luchaba por sobrevivir en un rincón. Sobre el escritorio, una carpeta abierta mostraba análisis de sangre, radiografías con manchas blancas y términos médicos que Valeria no entendía del todo pero que sonaban a sentencia. Sí entendió la expresión del médico. Esa expresión grave, contenida, que los profesionales de la salud ensayan frente al espejo para dar malas noticias sin desmoronarse ellos mismos.
—El cáncer de su madre es un linfoma no Hodgkin agresivo —explicó el doctor, señalando una mancha borrosa en la radiografía con la punta de un bolígrafo—. Está en etapa III. Es grave, pero no es terminal si actuamos rápido. Muy rápido.
—¿Qué significa actuar rápido, doctor? —preguntó Valeria, con un hilo de voz que no parecía el suyo.
—Quimioterapia intensiva. Doce ciclos completos. Medicación importada de última generación que ataca directamente las células cancerígenas. El tratamiento completo cuesta aproximadamente ochocientos mil pesos mensuales. La obra social cubre el cuarenta por ciento. El resto queda a cargo de la familia.
—Ochocientos mil... ¿mensuales? —repitió Valeria, sintiendo que las cifras bailaban frente a sus ojos como una broma macabra.
—Sí, mensuales. Y necesitamos iniciar el tratamiento en dos semanas como máximo. Cada día que pasa, las células cancerígenas se multiplican exponencialmente. No quiero alarmarla innecesariamente, pero sin este tratamiento, su madre no llegaría a ver el próximo verano.
Valeria sintió que el suelo se abría bajo sus pies y se la tragaba. Ochocientos mil pesos mensuales. El sueldo de Andrés como gerente de ventas alcanzaba justo para la hipoteca del departamento, el colegio privado de los niños, los gastos de la casa y algún que otro gusto pequeño como el cine del domingo. Vivían bien, sin lujos pero sin carencias, aunque sin margen para una emergencia de esa magnitud. Los ahorros familiares eran apenas trescientos mil pesos, destinados a cambiar el coche el año siguiente, y eso no cubría ni la mitad del primer mes de tratamiento.
—¿Hay opciones, doctor? ¿Algún plan de pago? ¿Alguna fundación que pueda ayudar? —preguntó Valeria, aferrándose a la esperanza como un náufrago a una tabla.
—Existen algunas ayudas estatales y fundaciones privadas, pero los cupos son limitados y las listas de espera son largas, de varios meses. Para el tipo de medicación específica que necesita Elena, lo más rápido y efectivo es el pago particular. Lamento no tener mejores noticias, señora Gutiérrez. De verdad lo lamento.
—¿Y si no iniciamos el tratamiento en dos semanas? ¿Cuánto tiempo tendríamos?
—Señora Gutiérrez, con esta enfermedad no se puede especular. Cada semana que pasa es una semana perdida. Cada día, incluso. Sin quimioterapia, el linfoma avanza sin control.
—Entonces no hay alternativa —murmuró Valeria, más para sí misma que para el médico.
—Me temo que no. Pero si puedo ayudarla con algo más, algún contacto, alguna gestión administrativa, estoy a su disposición.
—No, doctor. Ya me ayudó bastante con su honestidad. Yo me encargo del resto.
Valeria salió del consultorio con la carpeta de análisis apretada contra el pecho, como si esos papeles fueran lo único que mantenía a su madre con vida. Elena la esperaba en el pasillo, sentada en la silla de ruedas con el pañuelo cubriéndole la cabeza calva. La quimioterapia anterior le había robado el pelo en la primera semana, pero no la dignidad. Sonrió débilmente al ver a su hija, y esa sonrisa frágil fue como un puñal clavándose en el corazón de Valeria.
—¿Qué dijo el médico, hija? —preguntó Elena, con una voz ronca por los tratamientos previos y los años de cigarrillos que ya había abandonado.
—Que todo va a salir bien, mamá. Que hay un tratamiento nuevo, muy bueno, de última generación. Vas a estar bien, ya vas a ver —mintió Valeria, con una convicción que no sentía pero que su madre necesitaba escuchar.
—¿Es caro? Porque si es caro, podemos buscar otra cosa. No quiero que te arruines por mí. Ya viví suficiente.
—No te preocupes por eso, mamá. Yo me encargo. Tú solo preocúpate por descansar y ponerte fuerte. Lo demás corre por mi cuenta.
—Valeria, mírame a los ojos. ¿Me estás mintiendo?
—Mamá, nunca te mentiría en algo tan importante. Confía en mí, por favor.
—Confío en ti, hija. Siempre confié. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, ¿sabés?
Esa noche, Valeria no durmió. Dio vueltas en la cama mientras Andrés roncaba a su lado, ajeno a la tormenta que se desataba en la cabeza de su esposa. Buscó en internet con el brillo del teléfono al mínimo para no despertarlo: préstamos personales, créditos rápidos, financieras que ofrecían dinero sin demasiadas preguntas. Todos pedían requisitos que ella no podía cumplir sin involucrar a Andrés. Y no quería involucrarlo. Andrés era un hombre bueno, trabajador, honesto, pero también era un hombre que vivía en un mundo de certezas y soluciones lógicas. Si descubría la magnitud de la deuda, querría vender el coche, recortar gastos, pedir ayuda a su madre o a su hermana. Y Valeria sabía, con una certeza fría como el acero, que ni así alcanzaría.
Fue a las tres de la mañana, cuando el silencio de la noche es más profundo y las ideas más descabelladas parecen razonables, cuando encontró el anuncio. Estaba en un foro de trabajos nocturnos, perdido entre ofertas de reparto y seguridad privada. Decía: "Club Eclipse busca bailarinas. Pago en efectivo. Sin experiencia previa. Buen sueldo. Confidencialidad asegurada." El mensaje tenía un número de teléfono escrito en letras rojas, como una invitación al infierno.
Valeria lo copió en su libreta con manos temblorosas. Se quedó mirando el techo hasta que las primeras luces del amanecer se filtraron por la persiana, tiñendo la habitación de un gris azulado. Y cuando los pájaros empezaron a cantar en el árbol de la vereda, tomó la decisión que cambiaría su vida para siempre.
Al día siguiente, mientras los chicos estaban en el colegio y Andrés en la oficina, hizo la llamada. Una voz masculina, grave y sin matices, atendió al tercer tono.
—¿Sí? —dijo la voz.
—Hola... vi el anuncio. El de las bailarinas —respondió Valeria, con la garganta seca.
—¿Nombre?
—Valeria.
—Acá no usamos nombres reales, señora. Esto no es una oficina de empleo convencional. Elegí uno artístico. Algo que suene bien en el escenario.
—No sé... ¿Luna?
—Luna. Lindo nombre, fácil de recordar. Presentate esta noche en Corrientes 3850, pasillo lateral, puerta negra. Preguntá por Dante. Y no llegues tarde, que acá la puntualidad es importante.
—¿Necesito llevar algo? ¿Ropa, zapatos?
—Traé lo que tengas. Acá te va a faltar todo para el nivel que manejamos, pero para la primera noche alcanza. Vestite elegante. Y traé ganas de trabajar, que es lo principal.
Esa noche, Valeria le mintió a Andrés por primera vez en diez años de matrimonio. Se puso un vestido que llevaba guardado desde antes de nacer Mateo, se pintó los labios de rojo carmín y salió a la calle con el corazón latiendo tan fuerte que creyó que se le saldría del pecho en cualquier momento.
—Andrés, hoy tengo una cena con las chicas del secundario. Hace años que no las veo. ¿Te molestaría quedarte con los niños? —preguntó, odiándose por dentro.
—¿Cena de exalumnas? Qué bien, mi amor. Divertite. Hacés mucho por esta familia, te merecés una noche libre —respondió Andrés, sin sospechar nada.
—Gracias. No sabés cuánto significa esto para mí.
—¿A qué hora volvés, más o menos?
—Tarde, supongo. No me esperes despierto.
—Está bien. Te amo, Val. Pasala lindo.
Ella no sabía que esa mentira era solo la primera ficha de un dominó que terminaría por derribarlo todo.