Dante Lam era un fantasma.
Tres explosiones, veintisiete fragmentos de cristal extraídos de su cuerpo y una cirugía de reconstrucción facial después, el agente de élite de Interpol aceptó la misión más peligrosa de su carrera: asumir la identidad de Dean Yang, heredero de la Joyería Yang, e infiltrarse en el corazón del imperio criminal más poderoso del mundo.
El problema fue que Anderson Lorenzo ya lo estaba esperando.
Heredero de la dinastía militar-industrial Lorenzo, magnate de armas con contactos en cada gobierno del planeta, Anderson es un hombre que consigue todo lo que desea. Y desde el momento en que estrechó la mano de "Dean Yang", supo exactamente quién se escondía detrás de esa cara nueva. No dijo nada. No lo delató. En cambio, compró el edificio donde Dante vivía. Instaló cámaras en su departamento. Aprendió su sabor favorito de helado. Y cada noche, mientras Dante dormía inconsciente en un sótano del que no sabía que era prisionero, Anderson besaba su nuca sin que él lo supiera.
Obsesivo. Peligroso. Irresistible.
Pero Dante no es una presa fácil. Francotirador de élite, políglota, entrenado para resistir cualquier forma de tortura, tiene una regla inquebrantable: nunca mezclar la misión con los sentimientos. Y hay alguien más esperando su corazón——Leslie Avis, su compañero de armas en Interpol, el hombre que lo protege en silencio y jamás pide nada a cambio.
Entre un agente de la ley y un señor de las armas no debería existir nada. Pero cuando Dante descubre que Anderson recibió tres balazos por salvarlo y cruzó un puente en llamas cargándolo en su espalda, la línea entre el deber y el deseo se quiebra.
Y luego está Marlin——el joven vulnerable que Dante rescató de un casino, el amigo inocente que siempre sonríe con dulzura. Nadie sospecha lo que Marlin esconde. Ni siquiera Dante. Hasta que es demasiado tarde.
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Capítulo 21
Capítulo 21: El Palacio
Lo primero que sintió fue el sabor a óxido en la boca.
Dante abrió los ojos. La luz era artificial, amarillenta, un resplandor enfermo que caía desde lámparas industriales suspendidas a diez metros de altura. El techo era de concreto sin acabado, atravesado por tuberías expuestas y cables gruesos como arterias. El aire olía a sudor rancio, a sangre seca, a algo animal que no podía nombrar.
Se incorporó con dificultad. Tenía las muñecas libres pero el cuerpo pesado, los músculos respondiendo con medio segundo de retraso. Los restos de la droga todavía circulaban por su torrente sanguíneo. Lo último que recordaba era el rostro de Marlin —los ojos abiertos de par en par, la boca formando una palabra que nunca llegó a pronunciar— y después, nada.
El suelo bajo sus manos era de tierra compactada. Alrededor se levantaban gradas improvisadas con tablones y estructuras metálicas, ocupadas por cientos de personas. Algunos vestían trajes de seda; otros, camisetas manchadas de grasa. Todos gritaban. Todos apostaban.
"El Palacio."
Había escuchado rumores durante meses en los expedientes de Interpol. El circuito de peleas clandestinas de Escorpión Rojo, itinerante, imposible de rastrear, donde los combatientes eran prisioneros, deudores o enemigos personales del capo. Nunca se encontraron coordenadas. Nunca se encontraron sobrevivientes dispuestos a hablar.
Ahora entendía por qué.
La jaula no tenía techo. Era un hexágono de malla de acero reforzado, de cuatro metros de diámetro, con el suelo manchado de algo oscuro que Dante prefirió no identificar. En el lado opuesto, Escorpión Rojo observaba desde un palco elevado, con una copa de champán en la mano y esa sonrisa serena que usaba como quien usa un cuchillo.
—Bienvenido, señor Yang —dijo su voz a través de los altavoces, distorsionada apenas por la reverberación del subterráneo—. Mis invitados merecen un espectáculo digno de su tiempo. Espero que no me decepciones.
Una puerta lateral se abrió con un chirrido metálico. El primer peleador entró.
Era grande. Metro noventa, quizá más. Brazos como troncos, nudillos deformados por fracturas mal curadas. Se movía con la torpeza controlada de alguien acostumbrado a ganar por fuerza bruta.
Dante se quitó la chaqueta. Se aflojó los hombros. Respiró.
"No pienses. Reacciona."
El gigante cargó primero —un derechazo amplio, telegráfico, que buscaba terminar todo en un golpe. Dante lo esquivó girando el torso, sintió el viento del puño pasar junto a su oreja, y respondió con tres golpes consecutivos al plexo solar. Rápidos. Precisos. Con la mecánica limpia que solo producían años de entrenamiento en combate cuerpo a cuerpo.
El hombre retrocedió. Dante no le dio tiempo. Se deslizó hacia su costado ciego, le enganchó el tobillo con el pie y lo derribó con una técnica de judo adaptada. Cuando el cuerpo golpeó la tierra, Dante le aplicó una llave al brazo y presionó hasta sentir la articulación crujir.
El gigante gritó. Golpeó el suelo tres veces con la mano libre.
La multitud enloqueció.
Dante se levantó, jadeando. Miró hacia el palco. Escorpión Rojo no aplaudía. Hizo un gesto con la mano —casual, aburrido, como quien pide otra copa— y dos hombres armados bajaron hasta la jaula. Sacaron al peleador derrotado.
Lo que sonó después no fue un aplauso.
Fue un disparo.
Seco. Definitivo. Seguido de un silencio brevísimo que la multitud llenó de inmediato con más gritos, más apuestas, más hambre.
Dante sintió que el estómago se le contraía. "Lo ejecutó. Perdió y lo ejecutó."
—El segundo —anunció Escorpión Rojo.
Este era más rápido. Más joven. Se movía con la agilidad nerviosa de un animal acorralado que sabe pelear para sobrevivir. Dante recibió un rodillazo en las costillas antes de poder establecer distancia. El dolor fue agudo, eléctrico. Apretó los dientes y contraatacó: un codazo ascendente que impactó la mandíbula del chico, seguido de una patada lateral a la rodilla que lo hizo tambalearse. Lo terminó con un estrangulamiento desde atrás, controlando la presión con precisión quirúrgica —lo suficiente para dejarlo inconsciente, no para matarlo.
Lo soltó antes de que dejara de respirar. Lo depositó en el suelo con un cuidado que nadie en las gradas comprendió.
Otro disparo sonó afuera de la jaula.
Dante cerró los ojos. "No puedo salvarlos a todos. No puedo salvar a ninguno."
El tercer peleador era diferente.
Era profesional. Lo supo por cómo entró a la jaula: sin prisa, midiendo el espacio, evaluando a Dante con la mirada fría de quien calcula probabilidades. Tenía cicatrices quirúrgicas en los nudillos —implantes de refuerzo, probablemente— y se movía con la fluidez lateral de alguien entrenado en muay thai.
El primer intercambio fue brutal. Dante bloqueó una patada circular con el antebrazo y sintió la vibración hasta el hombro. Respondió con un jab que el otro desvió sin esfuerzo. Se separaron. Volvieron a encontrarse.
Esta vez Dante fue más lento. La droga, el cansancio, las costillas que ya protestaban con cada respiración. Recibió un codo en el pómulo que le abrió la piel. Sangre caliente le bajó por la mejilla. Un uppercut le sacudió la mandíbula y por un instante todo se volvió blanco.
"No caigas. Si caes, no te levantas."
Dante atrapó el siguiente golpe con ambas manos, giró las caderas y lanzó al tipo por encima de su hombro con toda la fuerza que le quedaba. El impacto contra el suelo fue sólido. Dante cayó sobre él, inmovilizándolo con el peso del cuerpo, y le aplicó un candado al cuello con el antebrazo. Presionó. Presionó más. El hombre se debatió como un pez fuera del agua hasta que su cuerpo se relajó.
Dante se quedó de rodillas en la tierra, respirando con la boca abierta. Sentía las costillas del lado izquierdo como cristales rotos bajo la piel. La sangre de la ceja le nublaba el ojo derecho. El público rugía pero él ya no los escuchaba.
Escorpión Rojo se inclinó sobre la barandilla del palco.
—Impresionante, señor Yang. Quizá te subestimé. Quizá debería conservarte como mascota.
Dante levantó la mirada. No dijo nada. No tenía palabras. Solo ese odio silencioso que era más elocuente que cualquier insulto.
Fue entonces cuando las luces parpadearon.
Un murmullo recorrió las gradas. Los guardias se llevaron las manos a los auriculares. Algo estaba pasando arriba, en la superficie.
La puerta principal del recinto —una compuerta de acero industrial— se abrió con un estruendo que hizo temblar las paredes.
Anderson Lorenzo entró caminando.
Solo.
Llevaba un abrigo largo de color negro, abierto, y debajo, pegado al torso como una segunda piel, un chaleco táctico cubierto de bloques rectangulares conectados por cables rojos. En la mano derecha sostenía un detonador. Pequeño. Plateado. Con un solo botón.
El silencio que cayó sobre el Palacio fue absoluto. Ni las apuestas, ni los gritos, ni la música de fondo que nadie había notado hasta que dejó de sonar.
Anderson caminó hasta el centro del recinto. Sus zapatos resonaban contra el concreto con la cadencia tranquila de quien pasea por un jardín. Se detuvo frente a la jaula donde Dante seguía de rodillas, ensangrentado, y lo miró. Solo un segundo. Lo suficiente.
Después levantó la vista hacia el palco.
—Escorpión —dijo, y su voz no necesitó micrófono. Llenó el espacio con la autoridad natural de alguien acostumbrado a que el mundo se callara cuando él hablaba—. Voy a llevarme lo que es mío. Si alguien lo impide, presiono este botón. Si presiono este botón, en un radio de cincuenta metros no queda nada vivo.
"Lo que es mío."
Dante lo escuchó y algo dentro de su pecho se fracturó de una manera que no tenía nada que ver con las costillas.
Escorpión Rojo se levantó de su asiento. La copa de champán seguía en su mano, pero ya no bebía. Su sonrisa se había convertido en algo más peligroso: una evaluación.
—Lorenzo. Siempre tan dramático. ¿De verdad esperas que me crea que un hombre como tú se vuela en pedazos por un empleado?
—No espero que te lo creas —respondió Anderson—. Espero que calcules las probabilidades.
El teléfono de Escorpión Rojo sonó.
Nadie se movió. El capo miró la pantalla, frunció el ceño y contestó. La voz al otro lado era femenina, cortante, con acento del este europeo que cortaba cada sílaba como un bisturí.
—Señor Escorpión Rojo —dijo Eva Hofsky desde algún punto del Atlántico—. Soy Eva Hofsky, directora de operaciones de la familia Lorenzo. Tiene usted tres embarcaciones en aguas internacionales frente a la costa de Baja California. Dos fragatas de la Marina mexicana y un destructor de la Armada estadounidense están reposicionándose en este momento hacia esas coordenadas. Tiene cuarenta minutos antes de que sus barcos sean abordados, confiscados y hundidos si ofrecen resistencia. Le sugiero que dedique su atención a ese problema y permita que el señor Lorenzo se retire con su acompañante.
El silencio que siguió fue distinto al anterior. Este tenía textura, peso, la densidad de un cálculo que se resolvía en tiempo real detrás de los ojos de un hombre que no estaba acostumbrado a perder.
Escorpión Rojo colgó.
Miró a Anderson. Miró el detonador. Miró a Dante.
—Llévatelo —dijo, y su voz era suave como seda mojada en ácido—. Pero recuerda esto, Lorenzo: los regalos se devuelven.
Anderson no respondió. Se acercó a la jaula. Un guardia, con manos temblorosas, abrió la puerta. Anderson entró, se quitó el abrigo y lo puso sobre los hombros de Dante con un gesto que era casi doméstico en su naturalidad.
—¿Puedes caminar? —preguntó en voz baja.
Dante lo miró. De cerca, podía ver las líneas de los cables del chaleco explosivo bajo la camisa de Anderson. Podía ver el detonador todavía apretado en su mano derecha, el pulgar a milímetros del botón. Podía ver que Anderson Lorenzo, el hombre que controlaba imperios con una llamada telefónica, tenía un temblor casi imperceptible en la mandíbula.
—¿Por qué viniste? —preguntó Dante.
Anderson no contestó. Le pasó el brazo por la cintura, soportando parte de su peso, y lo sacó del Palacio.
Nadie los detuvo.
El aire de Las Vegas los recibió como una bofetada de calor seco y luces de neón. Un auto blindado esperaba en la puerta con el motor encendido. Richard, impecable como siempre, sostenía la puerta trasera abierta.
—Señor Lorenzo. Señor Yang —saludó, como si los estuviera recibiendo para una cena formal.
Anderson depositó a Dante en el asiento trasero con un cuidado que contradecía cada una de sus palabras públicas. Le abrochó el cinturón. Le apartó el cabello ensangrentado de la frente con los dedos, un gesto tan breve que podría haber sido accidental si Dante no hubiera sentido la presión exacta de cada yema contra su piel.
—Richard —dijo Anderson sin volverse.
—Ejecutado, señor. Estructura C-4 bajo el centro comercial de la zona ocho. Detonación programada en cuatro minutos.
—Bien.
Anderson se sentó a su lado. Cerró la puerta. El auto arrancó.
Dante miraba por la ventana con el ojo que todavía podía abrir. Las luces del Strip pasaban como estrellas fugaces en un cielo enfermo. Sentía cada hueso, cada músculo, cada centímetro de piel maltratada. Pero lo que más sentía era la presencia de Anderson a su lado —el calor de su cuerpo a treinta centímetros de distancia, el olor a pólvora y colonia cara, el peso invisible de todo lo que no se habían dicho.
—Era real —murmuró Dante.
—¿Qué cosa?
—El chaleco. No era una farsa. Ibas a detonarlo.
Anderson miró hacia adelante.
—No tiene relevancia.
—¡Claro que tiene relevancia! —Dante giró la cabeza demasiado rápido y una punzada de dolor le atravesó las costillas—. ¡Ibas a morir! ¿Por qué? ¿Por la misión? ¿Por tu inversión? ¿Por qué, Anderson?
El silencio de Anderson fue la respuesta más honesta que Dante había recibido de él.
A lo lejos, una explosión sacudió el horizonte. Una columna de fuego y humo se elevó contra el cielo nocturno del desierto, visible incluso a kilómetros de distancia. Las alarmas de los edificios cercanos comenzaron a sonar en cadena, como dominós de sonido.
Richard ajustó el espejo retrovisor.
—Regalo de despedida entregado, señor.
Anderson asintió.
Dante lo observó —la mandíbula tensa, los ojos fijos en la carretera, las manos que ya no temblaban porque habían encontrado algo a lo que aferrarse aunque fuera por unas horas más.
"¿Por qué viniste?"
La respuesta estaba en el abrigo que todavía cubría sus hombros, impregnado del calor de otro cuerpo. Estaba en los cables rojos del chaleco que Anderson no se había quitado. Estaba en la manera en que había dicho "lo que es mío" frente a trescientas personas armadas, como si esas tres palabras fueran más peligrosas que cualquier explosivo.
Ambos la conocían.
Ninguno la dijo.
El auto se perdió en la autopista rumbo al aeropuerto privado. Atrás quedaba el fuego, el Palacio, los cuerpos de los que no tuvieron a nadie que viniera por ellos. Adelante no había nada claro, nada seguro, nada que pudiera llamarse futuro sin que la palabra sonara como una mentira.
Pero por primera vez, Dante cerró los ojos sin miedo.
Y eso, quizá, era lo más peligroso de todo.