Zadie fue una genio de la tecnología, una mujer de 24 años creadora de la inteligencia artificial más avanzada de su época, pero despreciada, ignorada y rechazada por un mundo que no entendía su genio ni su valor. Murió en un accidente mientras conectaba su propia conciencia con esa IA, y renació siglos atrás, en la antigua Macedonia, con un nuevo nombre: Zamira. Ahora, su mente y su cuerpo están integrados con esa tecnología, que le da conocimientos infinitos, habilidades sobrehumanas y la capacidad de analizar y dominar cualquier situación. Llega al palacio del príncipe Lixandro, un vampiro de sangre real, hermoso pero terriblemente frágil, viudo y padre soltero de trillizos: Lixan, Lucian y Luciana. Los tres son niños con poderes sobrenaturales, inteligencia desbordante y una fama de traviesos insoportables, que ha ahuyentado a todas las mujeres contratadas para ser su madre sustituta. Zamira acepta el contrato sin esperar amor, solo un lugar donde ser respetada.
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¿Qué soy yo?
—Antes, mamá… —la llamaba así, con ese nombre que ya le pertenecía por derecho de amor— antes tú venías de fuera. Estabas aquí para cuidarnos, para educarnos, para ayudarnos. Y te queríamos, y te queremos, más que a nada. Pero siempre pensamos que estabas aquí por nosotros, o por papá, como alguien que venía a hacer un trabajo importante y maravilloso. Pero ahora… ahora vemos que todo es distinto.
Señaló entre ella y su padre, y continuó:
—Ahora vemos que papá te mira como si fueras todo lo que tiene. Vemos que tú decides todo, que tú mandas, que tú eres la que está al lado de él en todo momento. Vemos que os queréis de una forma especial, distinta a como nos queréis a nosotros. Y queremos saber… ¿qué eres tú ahora? ¿Sigues siendo solo nuestra madre? ¿O eres algo más? ¿Eres ya de la familia? ¿Eres… la reina de este reino?
Hubo un silencio breve, cargado de emoción. Lixandro sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas de orgullo y de felicidad. Zamira, por su parte, los miró a los tres, uno por uno, con un amor inmenso, entendiendo perfectamente lo que preguntaban, lo que necesitaban saber, lo que necesitaban que les confirmaran.
Ella se puso de pie, miró a Lixandro, que le asintió suavemente dándole todo el espacio y todo el derecho para hablar, y luego volvió a mirar a los niños, poniendo sus manos sobre los hombros de cada uno, acercándolos más a ella.
—Hijos míos… —empezó con voz suave, clara y llena de verdad—. Sois muy listos. Y habéis visto bien todo lo que ha cambiado. Y tenéis razón: nada es igual que antes. Porque lo que empezó como una tarea, como un trabajo, como un estar aquí por deber… se transformó en amor. Un amor tan grande, tan inmenso y tan verdadero que lo cambia todo.
Miró a Lixandro, y luego volvió a mirarlos a ellos, con una sonrisa que brillaba como el sol.
—¿Qué soy yo? Me preguntáis. Soy vuestra madre, sí. Eso nunca cambiará. Lo seré siempre, con toda mi alma, porque me habéis dado el honor más grande del mundo: dejarme quereros y ser querida por vosotros. Pero también soy muchas cosas más. Soy la mujer que ama a vuestro padre con todo su ser. Soy su compañera, su igual, su guía, su amor. Y por eso… sí, soy parte de esta familia. Por completo. Por derecho de amor, que es el único derecho que realmente importa.
Hizo una pausa, y sus palabras se volvieron más importantes, más profundas:
—Y sí… soy también la reina de este reino. No porque me hayan coronado, ni porque tenga sangre antigua, ni porque nadie me haya dado un título. Soy la reina porque vuestro padre así lo ha querido. Porque él ha puesto en mis manos su vida, su familia, su reino y su destino. Y porque yo lo amo tanto, que gobernaré, decidiré y protegeré todo esto con toda mi fuerza, toda mi sabiduría y toda mi alma, tal como lo haría cualquier reina nacida en la realeza. O incluso mejor.
Lucian sonrió de oreja a oreja, lleno de alegría.
—¡Eso significa que ya no te irás nunca! —exclamó feliz—. ¡Que te quedas aquí para siempre con nosotros!
—Nunca —respondió ella con firmeza y dulzura, abrazándolos a los tres juntos—. Nunca me iré. Este es mi hogar. Esta es mi familia. Vosotros sois mis hijos. Vuestro padre es mi vida. Y aquí me quedo, para siempre.
Luciana, con esa sensibilidad que tenía, miró a su padre, que estaba en silencio, con los ojos brillantes de emoción y orgullo, y le preguntó con voz suave y curiosa:
—Papá… ¿tú estás contento con esto? ¿Estás contento de que ella sea nuestra madre, nuestra reina, parte de nosotros? Porque vemos que ahora ella decide, ella manda, ella protege… y tú lo dejas, y lo aceptas, y te gusta. ¿Por qué? ¿Por qué dejas que ella lleve el mando de todo?
Lixandro se acercó a ellos, se arrodilló para estar a su altura, y les habló con toda la verdad de su corazón, con esa admiración y ese amor que sentía por ella:
—Hija mía, hijos míos… —dijo con voz llena de emoción—. Estoy más que contento. Soy el hombre más feliz y afortunado del universo. Y tenéis razón: ella manda, ella decide, ella protege… y yo no solo lo dejo: yo lo agradezco, yo lo deseo, yo lo amo. ¿Sabéis por qué? Porque ella es mucho más grande, mucho más sabia y mucho más poderosa que yo. Ella es la mujer de la leyenda, la que trajo la salvación a esta familia. Ella es quien me ha devuelto la vida, quien me ha curado, quien me ha enseñado a amar y a ser amado.
Miró a Zamira, y luego volvió a mirar a sus hijos, con una certeza absoluta:
—Yo le di mi nombre, mi título y todo lo que tenía. Y ella lo ha transformado en algo mucho más grande y hermoso. Y si ella lleva el mando de todo… es porque es la mejor para hacerlo. Porque ella sabe lo que es mejor para todos. Porque mientras ella decida, nosotros estaremos a salvo, nosotros seremos felices, nosotros seremos grandes. Y para mí… para mí, entregarle el mando de todo, entregarle mi destino… es la forma más hermosa de amarla y de ser amado. Porque ella no manda para ser más que nadie. Manda para cuidarnos, para hacernos bien, para llevarnos a la gloria.
Se puso de pie, tomó la mano de Zamira y la apretó con fuerza contra sí mismo.
—Y entended esto bien: ahora somos uno solo. Ella y yo. Lo que es de ella, es mío. Lo que es mío, es de ella. Ella es vuestra madre, sí, pero también es mi mujer, mi reina y mi vida. Y eso hace que sea parte de esta familia más que nadie. Porque la sangre se hereda, sí… pero el amor es lo que realmente une. Y nosotros estamos unidos por el amor más grande que existe.
Los tres niños los miraron, y por fin todo quedó claro en sus corazones. Ya no había dudas, ni preguntas sin respuesta, ni confusiones. Entendían todo. Entendían que ella ya no era una extraña, ni una invitada, ni alguien que estaba de paso. Entendían que era la madre que habían elegido, la mujer que su padre amaba, la reina que los protegía, el centro de todo. Entendían que era parte de la familia, por derecho de amor, que era el único que realmente importaba.
Corrieron hacia ellos y se abrazaron a los dos juntos, apretándolos con fuerza, llenos de una alegría inmensa y perfecta.
—¡Nuestra madre! —gritaban—. ¡Nuestra reina! ¡Nuestra familia! ¡Para siempre!
Y allí, abrazados todos juntos bajo el sol de la tarde, Lixandro y Zamira supieron que todo estaba bien. Que los niños lo habían entendido todo, que lo aceptaban, que lo amaban. Y supieron que ahora, más que nunca, eran una familia completa, unida, fuerte y feliz, camino juntos hacia todo lo que el destino y el amor les tenían preparado.
Muy... creativos 🙄😒