Elena, una joven de veinte años que ha crecido sola y enfrentando el rechazo constante, busca desesperadamente una oportunidad para sobrevivir tras abandonar la universidad. Su camino la lleva a una mansión solitaria como sirvienta, donde su única responsabilidad es Dante, un hombre de treinta y dos años devastado por un accidente que le arrebató su movilidad y su fe en el amor.
Abandonado por su esposa cuando más la necesitaba, Dante se oculta tras un antifaz y un profundo cinismo, decidido a hundirse en su propia miseria. Sin embargo, Elena no ha llegado a su vida para compadecerlo, sino para desafiar su oscuridad. En medio del silencio y el dolor, ambos descubrirán que, a veces, la única forma de sanar las cicatrices del pasado es permitiendo que alguien más, contra todo pronóstico, se atreva a mirar nuestras heridas sin miedo.
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3.
ELENA DUARTE
Me levanté muy emocionada, me bañé y me alisté. Salí de mi casa al lugar de la dirección que salía en el papel que me había dado aquella señora.
Era un lugar muy apartado de la ciudad. Aun así Caminé hasta ese lugar. Tres horas de camino sin parar. Me sentía agotada e iba hecha un mar de sudor.
Toqué el timbre.
La señora que me había dado el papel estaba ahí.
— Pensé que no vendrías.
—Buenos días — sonreí — realmente necesito el trabajo.
— Entra. Esta no es mi casa, es la casa de mi hermano — ella pausó — solo está el jardinero y la señora de la cocina quien atiende prácticamente todo, pero últimamente ella no se siente bien. Y quiere descansar, está algo avanzada de edad.
— Se quiere jubilar. Es entendible.
Entré a la casa, que era más como una mansión. Todo estaba tapado con mantas, cuadros, repisas, sofás. Era como si el tiempo se había detenido por un momento. Aunque todo estaba limpio sin polvo.
— Mi hermano vive solo. Tienes que atender la casa, cocinar y servirle. Se te va a pagar muy bien. ¿Crees que puedas con todo? Yo sé que es mucho trabajo, pero a él no le gustan las personas.
— Yo puedo — lo dije dudando un poco. La casa era gigante para solo una persona.
— No creas que mi hermano es un loco, porque dije que no le gustan las personas — ella me miró a los ojos — él tuvo un accidente y está en silla de ruedas.
No dije nada. Solo moví la cabeza. Debe ser un poco duro para él vivir así.
— Mi horario de trabajo.
— Es 24/7. Tendrás domingo libre. Es con dormida adentro. Y tu salario es XXXX dólares.
— ¿Por qué tanto? — hablé entre dientes.
— Empiezas hoy. Si quieres puedo llevarte a tu casa y empacas un poco de ropa. Avisas a tu familia para que no se preocupe por ti.
Bajé la mirada.
— No tengo familia. Solo soy yo en mi casa. Y realmente no tengo mucho que empacar. Con que me den un uniforme de sirvienta es suficiente.
— Esta bien. Me llamo Gabriela Spenscer. Y mi hermano se llama Dante Spenscer. Yo vendré cada dos días. Estaré llamándote para ver como sigue mi hermano.
— Bueno.
— Vamos a firmar el contrato — Caminamos hasta una oficina, yo la seguí. Ella sacó los documentos. Los leí.
— Contrato de confidencialidad. ¿Cómo así?
— Sí. Todo lo que pase en esta casa no puedes comentarlo con nadie. Entiendes.
— Esta bien — tomé el lapicero y firmé.
— Bueno, entonces vamos a la cocina. Te voy a presentar a doña Silvia, ella te va a entrenar.
Me llevó a la cocina. Ahí estaba una señora de unos 60 años. Tenía su cabello lleno de canas y un cansancio que era notable.
— Silvita, la dejo en tus manos. Me voy a mi tienda. Ella es quien te va a sustituir — le dio un abrazo y se fue.
La señora me enseñó la casa, los jardines, me explicó todo con demasiados detalles.
— El joven Dante es tu prioridad. Es un hombre de 32 años, y es muy sensible. Te pido que no lo veas con curiosidad, aun está muy sensible con el tema del accidente.
— No se preocupe.
Dos días pasaron...
Silvia me enseñó un poco sobre el manejo de la casa hasta que cayó muy enferma y decidió irse antes de tiempo.
Siendo honesta me sentía nerviosa. Aunque llevaba dos días en la casa, no había servido al señor de la casa.
Me había levantado a las 4 de la mañana, había ido a la cocina a dejar todo limpio y preparar el desayuno del señor Dante.
Hice lo que me dijo doña Silvia, una tasa de café y dos tostadas con mermelada de fresa. Servirle el desayuno a la 7 de la mañana.
Tomé la bandeja y fui al segundo piso. Me detuve frente a la puerta del señor Dante.
Golpee dos veces.
— Buenos días, señor Dante, pido permiso para entrar.
— Entra.
Entré. Él estaba sentado en la silla de ruedas viendo por la ventana. Miré un poco el cuarto.
— Buenos días, señor Dante, soy Elena, la nueva sirvienta.
No dijo nada. Se sentía un ambiente hostil. No se giró para verme.
— Dejo el desayuno en la mesita. Me retiro.
Salí del cuarto. Me dirigí a la cocina.
Aunque esté en una silla de ruedas es muy mal educado. Aunque, debe de ser triste estar todo el día encerrado solo viendo por la ventana. Sentí pena por Dante.
A eso de las 10 de la mañana llegó doña Gabriela. Me extendió una bolsa.
— Es un celular. Mi hermano te escribirá cada vez que necesite algo mientras tanto no subas si él no lo pide.
— Hice algo mal, señora Gabriela.
— No. Solo que él debe adaptarse a ti. Silvia era nuestra nana. Y él sentía confianza con ella.
— Esta bien. Creo que es normal sentirse así. No se preocupe doña Gabriela. Haré mi mejor esfuerzo en todo.
— Dante es un buen hombre solo que ha sido un poco desafortunado. Pobre mi hermano — se lamentó.
La señora salió de la cocina.
Saqué el celular. Lo miré, es primera vez que tenía uno en mis manos. No sabía usarlo. En mi pobreza era un lujo comprarlo. Me había quedado en la era pasada con los celulares de tecla.