Mariam fue, en su época, la hechicera más poderosa, temida y adorada de todo el continente. Con un ego tan grande como su magia y una belleza que hizo caer a reyes y dioses por igual, vivió mil años disfrutando de su poder, su riqueza y su libertad. Cuando finalmente su cuerpo antiguo decidió rendirse, ella esperaba ascender a un plano superior o, al menos, descansar en un palacio de nubes digno de su grandeza. Pero el destino, que siempre ha tenido un sentido del humor cuestionable, le tenía preparada una sorpresa: despertó siglos después, en un mundo donde la magia parece haber desaparecido, donde hay cajas que hablan, carruajes que corren sin caballos y ropa que se lava sola. Para su sorpresa, no renació en una choza ni en un reino olvidado. Mariam volvió a la vida como la única hija de una de las familias más ricas e influyentes del siglo XXI: los De la Vega. Con padres que la adoran, le dan todo lo que pide y la miran como si fuera la luz del sol.
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Capítulo 4: Competencia de talentos: El plan perfecto
Al día siguiente de nuestra pequeña aventura en el centro comercial, llegué al instituto con la cabeza más alta que de costumbre. No es que antes la llevara baja, claro, pero hoy sentía que brillaba con una intensidad especial. Caminaba por los pasillos y, como siempre, todas las miradas se posaban en mí. Las chicas susurraban —seguro admirando mi estilo o preguntándose cómo podía ser tan perfecta— y los chicos se apartaban para dejarme pasar, como si fuera una reina en medio de su corte. Y vaya que lo era.
Me ajusté el cabello, que caía en ondas perfectas sobre mis hombros, y sonreí para mis adentros. Pobres almas, pensé con esa dulzura que solo yo sé tener, ninguna de ustedes tiene ni la más remota idea de con quién están compartiendo pasillo. Soy la hechicera que vivió mil años, que domina los elementos y que renació aquí por pura excelencia. Deberían hacerme una estatua en la entrada.
Justo en ese momento, vi un cartel grande y colorido pegado en el tablero de anuncios principal: GRAN COMPETENCIA DE TALENTOS Y ELEGANCIA "ESTRELLA DEL FUTURO".
Me detuve en seco, leyendo con atención. El concurso consistía en varias pruebas: una parte de conocimientos generales, una de talento artístico (canto, baile, música), una prueba de elegancia y presencia, y una final donde se evaluaba la inteligencia y la capacidad de oratoria. El premio era una beca completa para la universidad que yo quisiera, una suma de dinero considerable y, lo más importante para mí, el título oficial de la alumna más destacada de todo el distrito.
Abrí los ojos con entusiasmo y una sonrisa triunfal se dibujó en mis labios. —¡Es perfecto! —exclamé en voz alta, sin importarme que los que pasaban me miraran—. Literalmente han creado un concurso hecho a mi medida. ¿Competencia? ¿De verdad? Es como invitar al sol a competir contra unas velas. Ni siquiera es divertido, pero lo haré de todas formas para que todos sepan quién manda aquí.
Saqué mi teléfono —un modelo exclusivo que saldría a la venta dos meses después y que yo ya tenía, obviamente— y tomé una foto del cartel para enviársela a mis padres con un mensaje: Gané esto hoy para ustedes. No se preocupen, fue fácil.
De repente, una voz conocida, que últimamente parecía perseguirme a todos lados, sonó justo detrás de mi oreja, haciéndome dar un pequeño salto de indignación. —¿Ya ganaste? ¿Y eso que todavía no han empezado las inscripciones?
Me giré bruscamente, con la mano en el pecho y el ceño fruncido. Allí estaba él. Alexandro Ferrer. Con su camisa del instituto que le quedaba demasiado bien, las manos en los bolsillos y esa expresión de aburrimiento que me daba ganas de lanzarle un hechizo de cosquillas eternas.
—¡Tú otra vez! —le dije, señalándolo con un dedo acusador—. ¿Es que tienes un sensor que te avisa cada vez que estoy a punto de hacer algo maravilloso para venir a molestar? Deberías trabajar en el servicio de seguridad, eres mejor que las alarmas.
Él soltó esa risa suya, tranquila y exasperante, y se recostó contra la pared al lado del cartel, mirándome con esa intensidad que me ponía nerviosa pero que, secretamente, me encantaba. —Solo paso por aquí, Mariam. Y veo que ya tienes planes de conquistar otra cosa. ¿Vas a participar en esto? —señaló el cartel con la cabeza.
—¿Participar? —repetí, poniendo los ojos en blanco con toda la elegancia posible—. Querido, yo no participo en las cosas, yo las domino. Por supuesto que lo haré. Míralo bien: conocimientos, talento, elegancia, inteligencia… todo lo que yo tengo en cantidades industriales y que el resto de esta escuela apenas conoce. Será una victoria tan obvia que casi me da pena por las demás chicas. Casi.
Alexandro negó con la cabeza, divertido, y se cruzó de brazos. —Lo que me preocupa es cómo piensas ganar. Ya te conozco, Mariam. Si te dejan cantar, harás que tu voz suene como un coro de ángeles usando magia. Si hay que responder preguntas, harás que las respuestas aparezcan flotando frente a tus ojos. ¿Me equivoco?
Me puse de puntitas para quedar un poco más alta, lo cual no era difícil, y le devolví una mirada de inocencia fingida que hubiera engañado a cualquiera menos a él. —¿Yo? ¿Usar magia? —puse una mano sobre mi pecho, fingiendo escándalo—. Alexandro, me ofendes. Yo no necesito trucos. Soy naturalmente brillante, hermosa y talentosa. La magia es solo… un pequeño extra que la naturaleza me regaló por ser tan maravillosa. Pero puedo ganar sin ella, si quiero. Aunque sería una pérdida de potencial, la verdad. ¿Para qué tener poder si no lo uso para brillar más que nadie?
—El problema es que, si brillas demasiado, te van a notar —dijo él, bajando un poco la voz y acercándose un paso, esa vez con tono serio—. Y ya te lo dije antes: este mundo no está listo para una hechicera de la antigüedad caminando por ahí haciendo milagros en un concurso escolar. Si haces algo fuera de lugar, yo…
—¿Tú qué? —lo interrumpí, desafiante, acercándome también hasta que nuestras caras estuvieron a pocos centímetros—. ¿Me vas a detener? ¿Me vas a vigilar? ¿O vas a hacer lo que siempre haces: ¿quedarte ahí parado, ver lo increíble que soy y luego fingir que no te impresiona? Porque te tengo una noticia, cariño: voy a ganar, voy a hacerlo espectacular, y tú vas a estar ahí en primera fila aplaudiendo, aunque te cueste admitirlo.
Lo dejé allí parado, sin darle tiempo a responder, y caminé hacia la dirección para inscribirme, moviendo las caderas con esa gracia que había perfeccionado durante siglos, sabiendo perfectamente que él se quedaba mirándome.
Durante los siguientes días, me dediqué a prepararme. Digo, prepararme en mis términos. Para la parte de conocimientos, ni siquiera estudié. ¿Para qué? Yo había vivido hechos históricos que aquí enseñaban como cosas antiguas, sabía matemáticas y ciencias que en este siglo apenas estaban descubriendo. Lo único que tenía que hacer era no aburrirme demasiado mientras respondía.
Para la parte artística, elegí cantar. Tenía una voz hermosa de por sí, pero, como siempre digo, lo bueno se puede hacer mejor. Y ahí es donde entraba mi don. Practiqué una canción moderna, pero le añadí un toque mágico: cuando cantara, el aire vibraría, la emoción se transmitiría directamente al corazón de quienes me escucharan y mi voz sonaría tan clara y potente que nadie podría compararse.
Y para la parte de elegancia… bueno, esa era mi especialidad. Diseñé mentalmente el vestido perfecto: una creación que parecía simple pero que, con un toque de mi energía, cambiaría de color y brillo según la luz, haciéndome ver como una diosa de la mitología moderna.
Todo estaba planeado al milímetro. Sabía exactamente qué hacer, cuándo hacerlo y cómo disimularlo para que pareciera talento natural. Era un plan perfecto, infalible, digno de la gran Mariam.
La noche anterior al concurso, me miré al espejo de mi habitación, repasando mentalmente cada paso. —Será magnífico —le dije a mi reflejo, guiñándole un ojo—. Y cuando gane, todo el mundo me adorará aún más. Y Alexandro… bueno, él seguirá fingiendo que no le importo, pero yo sé que por dentro estará orgulloso de ser el único que conoce mi secreto.
Lo que no sabía, y lo que hacía que todo fuera mucho más divertido, era que Alexandro tenía sus propios planes. Y estaba absolutamente decidido a que, si yo iba a hacer el ridículo usando demasiados poderes o a ser descubierta, él estaría allí justo a tiempo para interrumpirme, arruinar mi momento de gloria y salvarme la vida… aunque yo le gritara por ello después.
El día del concurso llegó, el gimnasio del instituto estaba decorado con luces y guirnaldas, lleno de alumnos, profesores y padres de familia. Yo entré la última, por supuesto, porque las estrellas nunca llegan temprano. Y cuando entré, el silencio fue absoluto. Todas las cabezas se giraron hacia mí. Me paré derecha, sonreí con esa sonrisa que desarma voluntades y caminé hacia mi lugar, sintiendo el poder correr por mis venas, lista para demostrar que, sin importar en qué época estuviera, yo siempre sería la reina indiscutible.
Y entonces, al mirar hacia la primera fila, allí estaba él. Alexandro. Me miraba, se llevó una mano a la boca y fingió un bostezo exagerado, poniendo los ojos en blanco como si todo esto le aburriera mortalmente.
Apreté los dientes, contuve la risa y le lancé una mirada de desafío que le decía claramente: Espérate y verás. Hoy gano yo, y tú vas a tener que tragarte todo tu cinismo.
El concurso estaba a punto de empezar, y yo ya sabía el resultado. Lo que no sabía era que, en cuanto usara mi primer hechizo para destacar, mi querido y molesto Alexandro Ferrer ya estaba preparado para intervenir y convertirse, una vez más, en el aguafiestas más guapo y exasperante de la historia.