En un rincón olvidado del Caribe, donde el salitre marca la piel y las olas susurran secretos prohibidos, nace una historia de orgullo, sangre y una pasión indomable. Clara de la Riva es la personificación de la pureza: de piel tan blanca como la espuma del mar y poseedora de un apellido que evoca nobleza. Sin embargo, tras los muros de su decadente mansión, el hambre y la ruina acechan. Su madre, una Condesa que se aferra con uñas y dientes a un título que ya no puede pagar, ve en la belleza de su hija la única salida para recuperar la gloria perdida.
Pero el destino tiene otros planes y llega al puerto bajo el nombre de Luis "Satán". Él es un hombre que no conoce leyes, un marinero de estatura imponente, músculos forjados por la tormenta y manos grandes capaces de dominar el océano. Luis ha crecido sin nombre y sin pasado, cargando con el estigma de ser un "hijo de nadie", mientras se convierte en el dueño absoluto de las rutas comerciales y del respeto —o el terror— de quienes lo ro
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Capítulo 12: La Marea Baja
Después de que Adrián se fue, la casa entera pareció exhalar. No fue un suspiro humano: fue algo más hondo, más mineral, como si las mismas paredes de la mansión, hartas de guardar secretos y de sostener el peso de los apellidos, hubieran decidido aflojar los hombros por primera vez en cien años. Las criadas, que habían estado escondidas en la cocina, salieron una a una, mirándolo todo con ojos asustados, y la Condesa, en un gesto que nadie le había visto jamás, les ordenó que prepararan un desayuno para tres. No un desayuno de gala, no un desayuno de cubiertos de plata y porcelana fina, sino un desayuno de pan caliente, café negro, huevos fritos en una sartén de hierro y fruta cortada en un plato de loza. Un desayuno de gente viva, no de gente de título.
Luis se quedó de pie en medio del salón, sin saber muy bien qué hacer con el cuerpo. Durante la tormenta, durante el mar, durante la pelea con su hermano, había sabido exactamente cómo pararse, cómo respirar, cómo apretar los puños. Pero ahora, con la casa en calma, con el sol entrando por los ventanales y pintando el suelo de baldosas con rectángulos de oro, no sabía qué hacer con las manos. Se las pasó por el pelo, se las metió en los bolsillos, se las cruzó en el pecho, y al final optó por dejarlas caer a los lados, pesadas, casi inútiles, mientras observaba a Clara como se observa una llama: con la fascinación de quien ha vivido toda la vida en el frío.
Ella lo miraba desde el otro lado del salón, y había en su mirada algo que Luis no supo leer al principio. No era la mirada de la noche anterior, esa mirada de vinagre y de fuego que había usado para clavarle el tenedor a Adrián. No era la mirada de la adolescente educada para sonreír en los bailes. Era una mirada nueva, una mirada que Clara todavía no se había puesto a sí misma y que, por eso mismo, le quedaba un poco grande, un poco incómoda, como un vestido heredado de una hermana mayor. Era, si Luis hubiera sabido ponerle nombre, la mirada de una mujer que por primera vez se está preguntando si tiene derecho a ser feliz.
—Ven —le dijo Luis, en voz baja, cuando las criadas terminaron de poner la mesa y la Condesa se retiró discretamente a su habitación, con la excusa de que necesitaba cambiarse de ropa—. Ven, siéntate a mi lado. Y no me mires así, que me pongo nervioso.
—¿Nervioso tú? —preguntó Clara, y por primera vez en veinticuatro horas se le escapó una risa breve, una risa de pájaro—. Tú, que te fuiste a remover una tumba en plena tormenta, ¿nervioso?
—Más que en la tormenta —reconoció él, y le ofreció la silla con una galantería que desentonaba terriblemente con sus manos de marinero y con la casaca todavía húmeda—. En la tormenta sabía a quién me enfrentaba: al mar, a mi padre, a mis propios fantasmas. Pero tú, Clara... tú eres el único temporal que no sé navegar.
Clara se sentó, y la luz del sol le dio de lleno en la cara. Luis, por primera vez, pudo verla sin la prisa, sin la rabia, sin la sombra de Adrián. Pudo ver las pecas diminutas que le salían en la nariz cuando le daba mucho el sol, las ojeras suaves que le había dejado la noche en vela, y la curva exacta de su labio inferior, ese labio que él había querido besar cada vez que la había visto abrir la boca para discutir con él, y que ahora, sentado frente a ella, a la luz limpia de la mañana, se moría por besar con una urgencia que le dolía en las costillas.
—No te voy a besar —le dijo Luis, y la frase le salió antes de que pudiera frenarla—. No hasta que me lo pidas tú. No hasta que estés segura. No hasta que sepamos los dos qué somos, qué somos de verdad, porque en este puerto las cosas se complican, y yo no quiero complicarte más la vida, ya bastante complicada te la he complicado.
Clara lo miró con una ternura que le suavizó toda la cara, y le respondió con la voz más clara que le había oído nunca:
—Luis Villalobos, escúchame bien. Yo no soy una mujer que se deja cuidar. No soy una mujer que necesita que un hombre le pida permiso para quererla. Y si tú quieres besarme, vas a tener que hacerlo, porque yo, te lo juro por la memoria de mi padre, yo no voy a ser la primera en decirlo. Pero te estoy dando permiso, que es distinto, ¿me entiendes? Te estoy dando permiso para que te acerques, para que me mires, para que me toques la mano si quieres. Pero no te voy a decir que te quiero hasta que no me lo hayas dicho tú primero, porque hay cosas que un Villalobos de verdad tiene que ganarse, y yo soy una de ellas.
Luis se rió, y la risa le salió desde un lugar muy hondo, un lugar que él no sabía que todavía existía. Se rió con la cabeza echada hacia atrás, con los ojos cerrados, y Clara lo miró reírse como se mira un milagro: con la boca entreabierta y con las manos quietas sobre la mesa, sin atreverse a respirar para no romper el momento. Cuando Luis dejó de reírse, tenía los ojos húmedos, pero no de pena: de una alegría nueva, una alegría que no tenía costumbre de sentir y que, por eso, le quemaba.
—Está bien —dijo Luis—. Voy a ganármelo, Clara. Voy a ganármelo cada día. Pero ahora, déjame por lo menos mirarte la cara a la luz, que llevo dos noches soñando con esta cara en la oscuridad y necesito saber si la realidad es mejor que el sueño.
—Es mejor —susurró Clara, y se sonrojó hasta la raíz del pelo, un sonrojo que la hizo parecer más joven y más vieja al mismo tiempo, más cercana y más lejana—. La realidad siempre es mejor, Luis. Aunque duela.
Y entonces, sin que mediara una palabra más, Luis estiró la mano sobre la mesa, le tomó la mano a Clara, y se la llevó al pecho, justo encima del corazón. Clara sintió los latidos debajo de la palma, esos latidos fuertes y un poco desordenados, como latidos de un caballo que ha corrido demasiado, y entendió, sin necesidad de que se lo dijeran, que ese corazón estaba corriendo todavía, corriendo hacia ella, y que no iba a parar hasta que ella le dijera que se detuviera. Pero no se lo dijo. Lo dejó correr.
En la cocina, las criadas cuchicheaban tapándose la boca con las manos. En el piso de arriba, la Condesa, de pie frente al espejo de su habitación, se miraba la cara demacrada y pensaba, por primera vez en treinta años, que tal vez había llegado el momento de hacer las paces con la vida. Y en el puerto, sobre el empedrado todavía mojado por la tormenta, las botas de Adrián Villalobos se alejaban cada vez más, cada vez más rápido, como botas de un hombre que acaba de entender que la guerra que viene va a ser peor que la que acaba de perder.
Afuera, la marea estaba bajando. Y en el reloj de la sala, las agujas marcaban las nueve de la mañana, una hora temprana para un duelo, pero la hora perfecta, en cambio, para empezar a vivir.