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Pensamientos A Un Amor Prohibido

Pensamientos A Un Amor Prohibido

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Romance / Amor eterno
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Paula Nuñez

Esta es una intensa novela psicológica y dramática para adultos que explora la compleja y prohibida transición emocional entre dos hermanastros que, tras años de convivencia, deben enfrentarse a sus crecientes deseos en medio de una tensión familiar ineludible

NovelToon tiene autorización de Paula Nuñez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

La ruptura de la máscara

​La cena de cumpleaños fue una tortura silenciosa. El restaurante, elegante y con luces tenues, parecía un escenario de teatro donde Hana debía interpretar su papel de "hermanita feliz" mientras sentía que el alma se le partía en dos. Llevaba un vestido ajustado que acentuaba sus curvas, atrayendo miradas indiscretas de otros comensales, pero Ji-hoon ni siquiera se dignaba a observarla. Para él, ella parecía ser invisible, un mueble más en la mesa familiar que prefería ignorar con una frialdad que le perforaba el pecho. La idea de que él la odiara le causaba un dolor físico; sentía que, tras meses de indiferencia, ella ya no significaba nada en su vida.

​Después de la cena, sus padres la llevaron a la mansión de su amiga, donde le habían preparado una fiesta sorpresa. Sus padres le prometieron pasar por ella a las dos de la mañana y se marcharon. Entre la música estridente, el alcohol y el calor de la fiesta, Hana se dejó llevar, intentando anestesiar el dolor de meses de rechazo. Bebió sin medida, bailando con un chico de su clase que no dejaba de intentar acercarse.

​—Llegó tu hermano, te está esperando —le susurró su amiga al oído, pero Hana, con la mente nublada por el alcohol, ni siquiera se inmutó. Siguió bailando, sintiéndose libre.

​El chico con el que bailaba la atrajo hacia sí y, de repente, le robó un beso. Fue entonces cuando el mundo se detuvo. Una mano firme le tiró del brazo hacia atrás, con una fuerza que casi la hizo perder el equilibrio. Era Ji-hoon. Sus ojos azules no destilaban frialdad esta vez; destilaban una furia asesina, la misma que había visto cuando Min-ho la había acorralado meses atrás.

​—Nos vamos —sentenció él, su voz era un trueno en medio de la música.

​—¡No quiero! —gritó ella, borracha y desafiante—. ¡Suéltame!

​Él no perdió tiempo en palabras. La tomó en brazos, ignorando sus pataleos y protestas, y la cargó hasta el coche. Una vez dentro, la dejó caer en el asiento del copiloto. El silencio en el coche era asfixiante, solo roto por el sonido del motor y la respiración errática de Ji-hoon.

​—¿Por qué viniste tú? ¿Dónde están papá y mamá? —preguntó ella, mirando por la ventana.

​—Tuvieron un viaje urgente a Miami —respondió él, apretando el volante con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos—. Me encargaron venir por ti.

​—Me hubieras dejado allá, la pasaba de maravilla —se burló ella—. Claro, se notaba... emborrachándote y besando a cualquier desconocido.

​—¡Eso no me importa! —espetó ella, girándose para mirarlo con desafío—. Es mi vida. Si quiero besar a alguien, lo hago. Y si quiero acostarme con alguien, también lo haré.

​Ji-hoon frenó en seco en medio de una calle solitaria, haciendo que el coche patinara. Sus ojos, oscuros como el carbón, se clavaron en los de ella.

​—Jamás —dijo él, con una voz que era un susurro peligroso—. Sobre mi cadáver.

​Hana, mareada pero invadida por un orgullo suicida, se bajó del coche y caminó tambaleándose hacia la casa. Ji-hoon la siguió, discutiendo cada paso del camino, la ira acumulada durante meses saliendo finalmente a la superficie. Al llegar al vestíbulo, la tensión era tan insoportable que se podía cortar con un cuchillo.

​—¿Acaso hace unos meses no estabas tan enamorada de mí? —le gritó él, frustrado.

​—Exacto, hace unos meses —respondió ella con desprecio fingido—. Todo cambia. Ahora mismo, para mí, eres un extraño. Eres nadie.

​La cara de Ji-hoon se transformó en una máscara de dolor y rabia pura. La agarró de la mano y la arrinconó contra la pared del pasillo.

​—¿Nadie? —gritó él—. ¡Soy tu hermano!

​—¡No eres mi hermano! —aulló ella, sintiendo cómo las lágrimas quemaban sus ojos—. ¡No tenemos nada que ver!

​Él le sujetó la otra mano y la levantó sobre su cabeza, inmovilizándola contra la pared. La cercanía era agobiante; el pecho de él subía y bajaba con violencia, y ella podía sentir el calor abrasador que irradiaba.

​—¡Suéltame! ¡Eres un idiota!

​—¡Sí, lo soy! —rugió él, acorralándola más—. ¡Soy un estúpido idiota por haber intentado alejarme de ti!

​Hana lo empujó con todas sus fuerzas, pero él no se movió un milímetro. La tensión sexual, acumulada a través de meses de rechazos, palabras hirientes y una distancia autoimpuesta, explotó como un volcán. Ella le gritaba que no tenía derecho a reclamarle nada, que volvería a la fiesta, que buscaría a ese chico... y cada palabra parecía ser gasolina para el fuego de Ji-hoon.

​Él rompió los labios de ella con un beso salvaje, un beso que no pedía permiso, sino que exigía posesión. La llevó a rastras, sin soltarla, hasta su alcoba. Al cerrar la puerta tras ellos, la bajó con brusquedad, pero sus manos no la soltaron, aferrándola de la cintura y pegándola contra su cuerpo con desesperación.

​—Me muero... —susurró él contra sus labios, su voz ahora un lamento roto—. Prefiero morir antes que dejar que alguien toque lo que me pertenece.

​El beso se hizo más profundo, más oscuro, un reclamo definitivo de que, a pesar de las negaciones y los meses de tortura, ninguno de los dos podía seguir fingiendo. La redención no llegaba con perdón, sino con el reconocimiento brutal de que, para bien o para mal, estaban irremediablemente unidos por un deseo que ninguna etiqueta familiar podría apagar jamás.

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