Todos sabían que Víctor Moreira se había convertido en un hombre solitario tras su reciente y complicado divorcio con Ángela. Desde entonces, se había concentrado exclusivamente en una sola cosa: ser un padre intachable, enfocado en su trabajo y, sobre todo, en proteger el bienestar de su hija Angélica, una adolescente de quince años.
Pero nadie sabía sobre esos deseos sexuales que se encendieron con cada mirada recibida por Cecilia Morales, su nueva secretaria de veinte años. Una joven que fingía ser tímida, discreta y sumamente profesional ante el mundo, cuando en realidad ocultaba fantasías intensas y deseaba a ese hombre mayor y con autoridad solo para ella.
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Capitulo 12
El tercer día en la ciudad costera amaneció con un cielo limpio y el sonido relajante del mar golpeando contra los acantilados. Tras la tormenta de llamadas familiares del día anterior, Víctor tomó una decisión radical: canceló las últimas reuniones de la tarde y ordenó un descanso absoluto del trabajo. Ya no había contratos que revisar, ni excusas corporativas que inventar frente al mostrador. Por primera vez desde que llegaron, las horas les pertenecían por completo.
Cecilia pasó la tarde preparándose para la noche, sabiendo que el ambiente había cambiado. Ya no era la secretaria que acompañaba al jefe a una cena de etiqueta; era la mujer que salía con el hombre que había decidido adueñarse de su voluntad. Para la ocasión, eligió un vestido de satén negro con un escote infinito en la espalda que terminaba justo donde nacía la curva de sus caderas. El corte lateral de la falda dejaba al descubierto su pierna izquierda con cada paso, y su cabello rubio caía en ondas salvajes sobre sus hombros. No había timidez en su reflejo; solo la expectación ardiente de quien sabe que está a punto de cruzar una línea sin retorno.
Cuando Víctor la vio salir del baño de la suite, se quedó sin aliento. Él ya vestía un traje negro hecho a la medida, sin corbata y con los primeros dos botones de la camisa desabrochados. Su porte maduro de treinta años y su imponente presencia física se acentuaban bajo las luces cálidas de la habitación. Sus ojos oscuros la recorrieron con una lentitud que a Cecilia le erizó la piel.
—Estás espectacular, Cecilia —dijo Víctor, con una voz profunda que denotaba que el autocontrol ya no era una opción.
—Gracias, señor Moreira... o debería decir, Víctor —respondió ella con un susurro atrevido, acercándose lo suficiente para que el aroma a vainilla y madera de su perfume lo envolviera.
La cena se llevó a cabo en un exclusivo restaurante frente al acantilado, iluminado solo por velas y la luz de la luna. Durante toda la noche, el trabajo estuvo estrictamente prohibido en la conversación. Hablaron de ellos, de sus gustos, y la tensión sexual que antes se escondía detrás de carpetas de auditoría se transformó en un juego abierto de roces discretos por debajo de la mesa. La mano grande y cálida de Víctor se posó varias veces en la pierna descubierta de Cecilia, apretando con una firmeza posesiva que la hacía contener el aliento en mitad de cada copa de vino.
Al regresar a la suite del hotel, pasadas las once de la noche, la atmósfera se volvió densa en un segundo. Víctor cerró la puerta trasera con un clic definitivo y, en lugar de quitarse el saco como de costumbre, se giró hacia Cecilia con una mirada implacable, cargada de una determinación que ella no le había visto antes. Las llamadas de su exesposa y la madurez de su hija Angélica le habían dado la claridad que necesitaba: iba a vivir bajo sus propios términos, y Cecilia era su prioridad.
Víctor la tomó del brazo con firmeza, no para lastimarla, sino para imponer su presencia, y la guió hacia el centro de la habitación, justo frente al enorme ventanal que daba al océano.
—Se terminó el juego de las apariencias en este viaje, Cecilia —sentenció Víctor, con una voz de mando tan ronca y profunda que hizo que las piernas de ella temblaran de anticipación—. Ya sé lo que te gusta. Ya me confesaste tus fetiches y lo que esperas de mí cuando nos quedamos solos. Pero si vamos a continuar con esto al regresar a la oficina, las cosas van a ser bajo mis condiciones. Yo pongo las reglas en esta relación.
A Cecilia se le aceleró el corazón. La sumisión que tanto había buscado en secreto, esa necesidad de ser dominada por un hombre que supiera exactamente cómo tomar las riendas, estaba cobrando vida frente a ella. El porte de jefe implacable de Víctor se mezclaba a la perfección con un deseo oscuro y posesivo.
—Dígame cuáles son sus reglas, señor —rogó ella en un hilo de voz dócil, bajando la cabeza sutilmente pero manteniendo sus ojos fijos en los de él, completamente entregada a su autoridad.
Víctor la miró desde arriba, disfrutando del poder que ejercía sobre ella, sabiendo que su madurez era el ancla que el cuerpo y la mente de Cecilia necesitaban.
—Regla número uno —dictó Víctor, dando un paso al frente y tomándola firmemente de la cintura, pegando el cuerpo de ella al suyo con brusquedad—. En la oficina seguirás siendo la secretaria perfecta, dócil y eficiente ante los demás. Pero cada vez que yo cierre la puerta de mi despacho y te dé una orden, la vas a cumplir al pie de la letra, sin cuestionarme. Mi palabra es la única ley cuando estemos a solas.
—Entendido... —susurró Cecilia, jadeando por la cercanía de sus labios. La idea de mantener esa doble vida, de ser la empleada ejemplar de día y su sumisa en la intimidad, le parecía el fetiche más ardiente del mundo.
—Regla número dos —continuó él, deslizando su mano libre por la espalda descubierta de Cecilia, quemando su piel con el tacto de sus dedos—. No vas a volver a provocarme frente a otras personas. Tus miradas, tus gestos y tu cuerpo me pertenecen solo a mí. Si rompes esa regla, habrá consecuencias que no te van a gustar... o tal vez sí.
Cecilia sonrió de lado con un atrevimiento salvaje, extasiada por la posesividad dominante de Víctor. Su exnovio la había juzgado y llamado rara; Víctor, en cambio, estaba abrazando sus deseos con una seguridad que la hacía sentir completa, protegida y deseada como nunca antes.
—Me encantan sus reglas, Víctor... —confesó ella, arqueando la espalda para pegarse más a su firmeza—. ¿Hay alguna otra orden que deba obedecer esta noche?
—Regla número tres —concluyó Víctor, con las pupilas completamente dilatadas por la pasión—. En esta cama, esta noche, vas a dejar que yo tome el control absoluto de todo lo que pase contigo. No te vas a mover, no vas a tocarme a menos que yo lo autorice. Vas a ser completamente mía.
Sin darle tiempo a asimilar la última orden, Víctor la levantó en vilo por las caderas, subiendo el vestido de satén negro por sus muslos. Cecilia rodeó la cintura de su jefe con las piernas instintivamente mientras él la llevaba hacia la cama King Size, depositándola en el centro de las sábanas revueltas. Se posicionó sobre ella, acorralándola con su contextura imponente, atrapando sus muñecas por encima de su cabeza con una sola mano.
El contacto de sus labios fue voraz, un beso profundo y caliente que selló el pacto y las nuevas reglas de su romance secreto. Las manos de Víctor recorrieron su cuerpo con una confianza renovada, reclamando cada rincón de su piel, mientras Cecilia se entregaba por completo al delicioso peso de su autoridad bajo las sombras de la última noche del viaje.