Rosa es una joven humana que intenta reconstruir su vida en la moderna e imponente metrópolis de Silverwood tras la misteriosa muerte de su familia. Buscando un momento de escape, se entrega a una ardiente e intensa aventura de una noche con un desconocido de magnetismo animal en el club más exclusivo de la ciudad. Lo que ella cree que fue un encuentro pasajero se convierte en una obsesión cuando despierta con una extraña quemadura en su clavícula en forma de rosa marchita.
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Capítulo 04
El corazón de Rosa se detuvo cuando vio al nuevo y despiadado inversor de la empresa, reconociendo de inmediato al imponente hombre con el que había compartido su cama. La realidad se fragmentó en mil pedazos, dejando solo el eco de sus propios latidos retumbando en sus oídos como tambores de guerra. No podía ser él. No en este edificio, no en este contexto, no bajo la luz aséptica de la Torre Vance. Pero ahí estaba, transformado de una bestia nocturna en un depredador corporativo que vestía un traje gris carbón de seda y lana que parecía costar más que la vida entera de Rosa.
El Sr. Harrison continuaba hablando, su voz una melodía distante que Rosa apenas lograba procesar. Él hablaba de sinergias, de expansiones globales y de la "visión revolucionaria" que el Sr. Vance traía consigo. Mientras tanto, Ethan —si es que ese era su verdadero nombre y no solo un susurro en la oscuridad de un club— no apartaba sus ojos de ella. Eran dos soles ambarinos que la desnudaban, atravesando las capas de su traje profesional, de su dignidad y de su miedo, hasta llegar a la esencia misma de su alma.
Rosa sintió un sudor frío recorrer su espalda. La marca en su clavícula, oculta bajo la seda de su blusa, comenzó a palpitar con una violencia inusitada. Ya no era solo calor; era un reclamo. Era como si un hilo invisible, pero de acero, tirara de ella hacia él, exigiéndole que cayera de rodillas y reconociera su dominio.
—Sr. Vance —dijo Harrison, haciendo un gesto hacia la fila de pasantes—, estos son nuestros jóvenes talentos del departamento de diseño. Han sido seleccionados entre miles. Especialmente la señorita Rosa, que tiene un portafolio...
—Lo sé —interrumpió Ethan. Su voz era un trueno bajo que hizo que varios ejecutivos se removieran, incómodos, en sus asientos de cuero. No era una voz hecha para oficinas; era una voz hecha para mandar en campos de batalla, para aullar a la luna, para dictar leyes que no estaban escritas en ningún código civil.
Él dio un paso adelante. La elegancia de sus movimientos era aterradora. Había algo en su forma de caminar, un equilibrio perfecto entre la gracia y la fuerza bruta, que delataba que el traje no era más que una jaula muy bien diseñada para algo que no podía ser domesticado. Se detuvo a escasos centímetros de Rosa. El aire a su alrededor se volvió tan denso que ella temió desmayarse. El aroma a sándalo y tormenta la golpeó de nuevo, evocando imágenes de la noche anterior: sus manos grandes sobre su piel, su respiración agitada, la sensación de estar siendo devorada por algo inmenso.
—Rosa —pronunció su nombre con una lentitud deliberada, saboreando cada sílaba—. Un nombre delicado para alguien que sabe cómo... desaparecer con el primer rayo de sol.
El silencio que siguió a sus palabras fue absoluto. Harrison y los demás pasantes miraban alternativamente a Rosa y a Ethan, confundidos por la obvia tensión y la familiaridad cargada de veneno que emanaba de su interacción. Rosa sintió que sus mejillas se encendían. El pánico gritaba en su mente, pero su orgullo, ese pequeño vestigio de independencia que aún le quedaba, la obligó a levantar la barbilla.
—Sr. Vance —respondió ella, su voz temblando apenas lo suficiente para ser perceptible—. No sabía que el mundo de las finanzas fuera tan... pequeño.
—El mundo es exactamente del tamaño que yo decido que sea —replicó él, su mirada bajando por un segundo hacia su cuello, justo donde la marca ardía con más fuerza—. Y nada en él escapa a mi control. Especialmente aquello que lleva mi sello.
Rosa sintió que el mundo giraba. ¿Su sello? ¿A qué se refería? ¿Era la marca algo más que un accidente? Harrison, notando que la situación se volvía extraña, intervino con una risa nerviosa que sonó hueca en la inmensa sala de juntas.
—Bueno, es excelente ver que ya hay una... conexión dinámica. Sr. Vance, si me permite, tenemos los informes de proyecciones en la oficina principal.
Ethan no apartó la vista de Rosa ni por un milisegundo mientras respondía a Harrison.
—Vayan ustedes. Yo me quedaré un momento aquí. Quiero discutir personalmente el enfoque creativo con... la señorita Rosa. Ella será mi asistente personal durante esta fase de transición.
El anuncio cayó como una bomba. Ser la asistente personal del inversor principal no era una pasantía; era un ascenso meteórico que cualquiera mataría por tener, pero para Rosa, se sentía como una sentencia de muerte. Los otros pasantes la miraron con una mezcla de envidia y asombro, mientras que Harrison, aunque sorprendido, asintió rápidamente, temeroso de contradecir al hombre que acababa de salvar su empresa de la quiebra.
—Por supuesto, Sr. Vance. Lo que usted desee. Rosa, por favor, atienda todas las necesidades del señor. Nos vemos en una hora para la presentación.
La sala se vació con una rapidez quirúrgica. En menos de un minuto, el pesado silencio volvió a reinar, pero esta vez, estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Rosa se erizara. Se quedaron solos frente al inmenso ventanal que mostraba la ciudad de Silverwood a sus pies, una jungla de concreto que parecía diminuta bajo la sombra de la Torre Vance.