Solo había amado una vez en la vida, solo a ella, y después de mucho tiempo lo descubrí, verlos juntos causó en mi desesperación y debo ganar esta lucha.
Debo ganar su amor.
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Cap 21
Había dejado a Verónica en la ciudad y había llegado para continuar con el proyecto. No me esperaba encontrar un escándalo de este tipo. Había comprendido, de cierta forma, el afán de Vero por la protección de las niñas, y ahora me estaba planteando seriamente el llevarlas con mis padres. Si bien mis suegros amaban a las pequeñas, no tenían los recursos económicos que poseían mis padres para protegerlas. Lo que me preocupaba era que, para que comprendieran la urgencia, habría que contarles parte de la verdad, y sabía perfectamente que no les iba a agradar la noticia.
¿Pero realmente cuál era la verdad que debía contarles? Solo necesitábamos seguridad, que consiguieran a los mejores; no era necesario que se encargaran de nada más. Yo era perfectamente capaz de pagar la seguridad, pero mis padres tenían los contactos.
—¿Señor Jaraba? —Susana me habló, sacándome de mis pensamientos—. ¿Está usted bien?
La miré con seriedad.
—¿Usted sabe quién soy yo y quién es mi esposa? —no alejé mis ojos de ella y después miré a aquel hombre—. ¿Por qué me dice que él es peligroso? ¿Con qué objetivo nos hizo venir hasta aquí? ¿Para ponernos en peligro?
—¿De qué está acusando a mi hermana? No se atreva —intervino Samuel, hostil.
—Te callas, Samuel. El señor Jaraba tiene razón en cierto punto —admitió Susana—. Yo los invité. Yo sabía quién era su esposa y sabía que él perdería la cordura cuando la viera.
—No, usted no puede hacer esto —sentí que la furia me dominaba—. Verónica es mi esposa. Él le puede hacer daño, ¿y mis hijas? ¿Qué culpa tienen ellas?
—¿Sus hijas son hijas de Cristopher?
—No. Victoria y Virginia son mías.
—¿Él lo sabe? —Susana sonrió con amargura—. Él sospecha que son sus hijas, no les hará nada.
—¿Enloqueció? —negué con la cabeza, indignado—. Usted de verdad enloqueció si nos metió en esto. ¿Sabe? Le voy a decir algo: su marido dejó a mi mujer. La abandonó para casarse con una mujer con dinero. Dejó a mi mujer sola, y yo la ayudé, y la embaracé, sí. Esas niñas son mías. Cuando él lo sepa, les hará daño. ¿Le gustaría a usted que él sospechara que su hijo Antón no es suyo y le hiciera daño?
—No, porque Antón sí es su hijo.
—Eso no me importa. Quiero que solucione esto. Por ahora pararemos este proyecto, porque mi familia importa más. Y si algo le pasa a mi familia por su culpa, le aseguro... —miré fijamente al tal Samuel— que no se los voy a perdonar. A ninguno de los dos.
Salí de allí como alma que lleva el diablo. Susana trató de seguirme, pero su hermano la retuvo. Llamaba a Verónica y no respondía; llamé a mi suegro y tampoco contestó.
—Dios, que alguien responda...
Llamé a la empresa de Vero y me dijeron que ya había salido. Desesperado, marqué el número de mi casa familiar.
—¿Hola? —respondió mi madre.
—Mamá, necesito tu ayuda.
—Hijo, ¿cómo estás? ¿Cómo van las cosas del proyecto?
—Necesito ubicar a Vero, por favor, ayúdame.
—¿Qué pasó, Mark? —la voz de mi madre se alteró de inmediato—. ¿Sucede algo? ¿Estás peleado con Vero?
—Mamá, algo pasó. Necesito seguridad para Verónica, para las niñas y para mis suegros, por favor.
—Mark, quiero la verdad. ¿Qué pasa con ustedes?
—Mamá, él volvió... y me la quiere quitar —admití, sintiendo el peso de la desesperación en el pecho.
—¿Quién, Mark? Respira y dime quién quiere hacerles daño.
—El ex de Vero. Volvió y quiere quitármela.
—Eres idiota —mi madre me regañó sin contemplaciones—. ¿Cómo te va a quitar a tu mujer? Verónica es tuya, están casados.
—Madre, por favor, ayúdame.
—Ya está hecho, hijo. Tu suegra estaba muy preocupada, así que nos adelantamos y le pusimos seguridad a todos: a las niñas, a ti y a Vero. No te preocupes, Verónica está aquí en la casa con su amiga.
Casi me desmorono del alivio en mitad de la calle. —Por qué me haces esto... casi me muero del susto.
La voz de mi madre se tornó severa y profunda a través del auricular:
—Dime la verdad, Mark. ¿Qué tan importante es ese hombre? Quiero la verdad.
—Madre, por favor, no le digas a ella. No quiero... no quiero preocuparla. Era su ex, fue su novio antes de yo llegar... de llegar a su vida.
—¿Andas pensando que se irá con él? ¿Por eso estás así?
—Vamos, mamá.
—Dime la verdad, Mark. Solo eso quiero.
—No, no... eso no es lo que me preocupa. Me preocupa que les haga daño. Él cree que las niñas son suyas y que mi esposa le pertenece.
—Está obsesionado... —dedujo mi madre al otro lado de la línea—. Cuando los vio, ¿cómo se comportaron frente a él? ¿Tu esposa estaba asustada?
—Madre...
—La verdad, Mark. Solo la verdad.
—No... Bueno, sí, estaba asustada. Él la miraba con mucho interés. Actuamos, sí... Le dije que debía actuar más enamorada que nunca.
—Ese es un error; le dieron pie a pensar que tiene cabida, que tienen una fractura en el matrimonio. Pero no te preocupes, nosotros las cuidaremos. Sigue con tu proyecto. Tienes a tu disposición un chofer con toda la seguridad. Llamé a mis contactos y el señor Martínez nos ayudará.
—¿Cuál señor Martínez?
—Amor, sabes que tu padre y yo tenemos muy buenos contactos. Nosotros nos encargaremos, ahora ve a descansar. Leidy estaba con las niñas en el parque, por eso no te respondió, me acaban de informar. Llámala y ve tranquilo —mi madre me colgó.
Y yo solo me recosté contra la pared, aflojando mi corbata mientras soltaba el aire que contenía. Cuando levanté la cabeza, Susana estaba parada frente a mí.
—Resolviste el problema... Muy rápido, tienes a unas mujeres formidables de tu parte. Vamos, mi padre te quiere ver.
Tras ella iba ese tal Samuel. Cómo odiaba a ese hombre.