Fabián de Castro es un hombre poderoso y respetado en su ciudad. Es frío y poco sociable, dueño de un casino muy visitado por toda clase de persona. También es uno de los solteros más deseado. En una deuda de juego su pago es Débora, quien acababa de recibir su título de profesora y estaba orgullosa de haber logrado su sueño. Al llegar a su casa, se entera entre otras cosas, que la pequeña herencia que sus padres pudieron dejarles al morir, su hermano mayor la había acabado en juegos, mujeres y alcohol. Fabián sintió que si él no se hacía cargo, el hermano la vendería a otro hombre y no sé comportaría igual, así que termina por aceptar. Entre ellos comienza una rivalidad que oculta los sentimientos reales que comienzan a surgir con cada gesto cariñoso y detallista que se hacen al descuido.
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Capítulo 2: La verdad que la destruyó
El taxi se detuvo frente a la vieja casa familiar.
Débora se quedó unos segundos mirando la fachada, con una sonrisa suave en los labios. No era una mansión, pero era su hogar. Allí había crecido. Allí había aprendido a soñar.
Respiró hondo.
—Gracias —dijo al chofer, bajando con su maleta.
El sol de la tarde le dio en el rostro y por un instante sintió que el mundo era perfecto.
Todo estaba en su lugar.
Todo… menos la sombra que la esperaba dentro.
Empujó la puerta.
—¿Hay alguien en casa? —preguntó con alegría.
Silencio.
Demasiado silencio.
—¿Luis? —llamó otra vez, dejando la maleta a un lado.
Su sonrisa empezó a apagarse lentamente.
Caminó por el pasillo.
La casa estaba extrañamente desordenada. Botellas vacías en la mesa. Papeles por el suelo. Un olor pesado, como de días sin dormir.
—No… —susurró, sintiendo un nudo en el estómago.
Entonces lo vio.
Su hermano.
Sentado en el sofá, con la ropa arrugada, los ojos hundidos, la mirada perdida.
Débora frunció el ceño.
—¿Qué ha pasado aquí?
Luis no respondió.
Ella se acercó más.
—¿Luis?
El silencio se volvió insoportable.
Y entonces él rió.
Una risa seca. Vacía.
— ¿Que qué a pasado? Es sencillo, no hay dinero para pagarle a nadie así que nadie puede limpiar este mugrero—dijo al fin.
Débora sintió que el aire se le iba del pecho.
—¿Qué quieres decir con que no hay dinero? ¿Y la herencia de nuestros padres?
Luis se levantó lentamente. Evitaba mirarla.
—Lo perdí.
El mundo de Débora se detuvo.
—No… no puedes estar hablando en serio.
—Sí puedo —respondió él, con una frialdad que no le pertenecía—. Y lo estoy haciendo.
Débora negó con la cabeza, dando un paso atrás.
—Esa herencia era lo único que nos quedaba… era para mi futuro, para empezar a trabajar, para…
—¡Para nada! —explotó él de repente.
El grito la hizo callar.
Luis respiró agitado.
—Se fue. Todo se fue.
Débora sintió cómo la rabia empezaba a subirle por el pecho.
—¿En qué lo perdiste?
El silencio volvió.
Pero esta vez, fue más cruel.
—Juegos —dijo él finalmente—. Cartas. Casino.
Débora lo miró como si no lo reconociera.
—¿Juegos?
—No fue mi intención… —intentó justificar, pero su voz se quebró—. Pensé que podía recuperarlo… que era cuestión de suerte…
—¡Eso no es suerte, es irresponsabilidad! —gritó Débora, con lágrimas de rabia en los ojos—. ¡Nos dejaron ese dinero para sobrevivir!
Luis bajó la mirada.
—Ya no queda nada.
El silencio entre ambos fue como una herida abierta.
Débora caminó por la sala, tocando las paredes, como si la casa misma pudiera darle respuestas.
—¿Y ahora qué? —susurró—. ¿Qué vamos a hacer?
Luis no respondió.
Y entonces, como si el golpe anterior no hubiera sido suficiente, añadió en voz baja:
—Hay algo más.
Débora se giró lentamente.
—¿Qué más hiciste?
Luis tragó saliva.
—Fui al casino otra vez.
El corazón de Débora se aceleró.
—Dime que no…
—Perdí otra vez.
El aire se volvió pesado.
—Y esta vez… no era dinero.
Débora sintió un escalofrío.
—¿Qué apostaste, Luis?
Él levantó la vista por primera vez. Sus ojos estaban llenos de miedo.
—A ti.
El mundo se rompió.
Débora dio un paso atrás como si la hubieran golpeado. Cerro con fuerza los ojos y luego volvió a mirar a su hermano.
—¿Qué… dijiste?
Luis se llevó las manos a la cabeza.
—No quería… no quería hacerlo así… pero él dijo que era la única forma de saldar la deuda…
—¿Él? —repitió ella, sin voz.
Luis tragó saliva.
—Fabián de Castro.
El nombre cayó como un golpe directo al pecho.
Débora lo había escuchado alguna vez. Todos lo habían escuchado. El dueño del casino más importante de la ciudad. Un hombre sin escándalos… porque nadie sobrevivía a ellos.
—Tú… —susurró Débora, con los ojos llenos de incredulidad—. Tú me apostaste.
Luis intentó acercarse.
—Débora, escúchame, yo…
—¡NO! —gritó ella, retrocediendo—. ¡No te atrevas a tocarme!
Las lágrimas le rodaban sin control.
—Soy tu hermana…
—Y eres lo único que me quedaba… —dijo él, quebrado—. Si no aceptaba, me iban a matar. ¡No entendiste eso!
Débora sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¿Y entonces decidiste venderme?
Silencio.
La respuesta ya estaba dada.
Luis bajó la cabeza.
—Es solo una noche… o algo así… él dijo que…
Débora lo interrumpió con una risa amarga, rota.
—¿Una noche?
El aire le faltaba.
Su vida entera, sus estudios, sus sueños, su futuro… reducido a una apuesta.
A una ficha.
—Eres un monstruo —susurró.
Luis dio un paso atrás, como si esas palabras le dolieran más que cualquier deuda.
—No tengo otra opción… —dijo él.
Débora lo miró por última vez.
Y en sus ojos ya no había solo dolor.
Había algo nuevo.
Decisión.
—Sí tienes una opción —dijo con voz firme, secándose las lágrimas—. Pero no eres lo suficientemente valiente para verla.
El silencio cayó entre ambos como una sentencia final.
Y entonces, Débora tomó su maleta.
—¿A dónde vas? —preguntó él, alarmado.
Ella lo miró por última vez.
—A enfrentar las consecuencias de tu apuesta.
Y salió de la casa sin volver la vista atrás.
En la calle, el viento le golpeó el rostro.
Pero no lloró más.
Porque en algún lugar de la ciudad, un hombre frío, poderoso y desconocido la estaba esperando…
Y su vida acababa de dejar de pertenecerle.