Elena sin memoria acepta fingir ser la novia de Nahuel que tiene un matrimonio arreglado y no quiere casarse con esa a la que eligió su familia, quien le promete averiguar sobre su identidad.
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11- El Despertar
🔴ELENA
Aún siento que Elena solo es un nombre prestado. Sigo teniendo una lucha interna por no recordar. Es un vacío enorme, algo que me acongoja y me asfixia.
Estoy aqui sosteniendo la mano de Jerardo Duarte. Al que me lo señalaron como mi padre.
Observe a German Duarte y tenemos un parecido, eso deberia tranquilizarme. Pero no lo estare hasta que recupere un recuerdo. Hasta que una imagen me golpee en mi memoria y me asegure que realmente esta soy yo, la que reconocen como Elena Duarte.
No me solté de la mano de mi supuesto papá en tres días.
Dormía en un sillón al lado de su cama en la clínica Favaloro, me duchaba en el baño de la habitación, comía lo que me traía Germán en bandejas de plástico. Nahuel venía todos los días. Se quedaba en la puerta, dos horas, tres horas, sin entrar si yo no lo llamaba. Como si tuviera miedo de contaminar algo.
Yo lo llamaba siempre. Porque cuando me agarraba la mano, con esos dedos largos llenos de callos de manejar, me acordaba de quién era ahora. No Elena Duarte, la heredera. Elena, la chica que él besó contra una pared y en una cama sin prometerme nada.
La tercera noche, a las 3:14 de la mañana, la máquina que medía los latidos de mi papá hizo un pitido distinto.
Abrí los ojos de golpe. Jerardo Duarte tenía los ojos abiertos. Nublados, cansados, pero abiertos. Mirando el techo.
—Papá.
Susurré, agarrándole la mano con las dos mías. —Papá, soy yo.
Giró la cabeza, lento. Me enfocó. Tardó. Y entonces se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Elena.
Su voz era un hilo roto.
—Mi nena.
Lloré. Por primera vez desde que desperté en esa cabaña sin nombre, lloré con un motivo real, con un padre real llorándome de vuelta.
Me vi reflejada en sus ojos, la familiaridad se sentia real.
Apreté el botón rojo. Las enfermeras entraron corriendo. Germán apareció en pijama, porque dormía en la sala de espera desde hacía cinco meses. Y detrás de Germán, sin que nadie lo llamara, entró Nahuel.
Había estado en el pasillo. Otra vez. Esperando.
Mi papá lo vio. Y toda la sangre se le fue de la cara.
—Vos —dijo, con un odio que no le conocía—. Vos estabas en el auto.
El cuarto se congeló.
Nahuel se quedó quieto en la puerta. No negó. No huyó.
—Sí, señor —dijo—. Yo manejaba.
Germán me miró a mí, confundido. Yo le apreté la mano a mi papá.
—Papá, él me salvó. Después. Nahuel me encontró...
—No me salvó nada —Jerardo intentó incorporarse, las máquinas pitaron—. ¡Ese pibe casi te mata! ¡Ese pibe y su abuelo!
—¿Qué? —se me heló la sangre.
Mi papá me agarró la muñeca con una fuerza que no debería tener un hombre que lleva cinco meses en coma.
—La noche del accidente —jadeó—. Tu madrastra insistió en que fueras a Formosa a cerrar un trato. Yo dije que no. Ella te subió igual al auto con su hija y un chofer. Vos me llamaste llorando desde la ruta. Me dijiste que te querías bajar. Yo salí a buscarte con Germán. En el camino nos cruzamos con el Ibarra chico. Con él —señaló a Nahuel con un dedo tembloroso—. Iba como loco, discutiendo con un mayor en el asiento del copiloto. Se cruzó de carril. Nos chocó de frente.
Nahuel negó, pálido como un muerto.
—No —susurró—. No, yo no... yo no me acuerdo...
—Te bajaste del auto —siguió mi papá, con los ojos clavados en él—. Sangrando, gritando el nombre de mi hija. Te vi. Después me desmayé. Cuando desperté, me dijeron que mi hija estaba muerta y que vos estabas en Buenos Aires, limpio, sin un cargo. Eso me hizo perder el conocimiento, hasta hoy.
El pitido de las máquinas se aceleró. Las enfermeras echaron a todo el mundo.
En el pasillo, Germán agarró a Nahuel de la camisa y lo estampó contra la pared.
—¡Hijo de puta! —rugió, él, que nunca levantaba la voz—. ¡Casi matás a mi sobrina! ¡Dejaste a mi hermano en coma!
Nahuel no se defendió. Dejó que lo golpeara. Una vez. Dos veces.
—¡Basta! —grité yo, metiéndome en el medio, con 20 años y temblando entera—. ¡Basta, es mi...!
¿Mi qué? ¿Mi novio? ¿Mi salvador? ¿El chico que me chocó hace cinco meses y me encontró hace una semana y me hizo el amor hace tres noches?
Germán me soltó. Nahuel se limpió la sangre de la boca con el dorso de la mano. Me miró.
—No me acuerdo —dijo, y por primera vez le creí que no era una excusa—. Elena, te juro por mi madre muerta que no me acuerdo de esa noche. Solo sé que me desperté en un hospital y mi abuelo me dijo que choqué solo.
—¿Y le creíste? —escupió Germán.
—Tenía 22 años y un golpe en la cabeza —contestó Nahuel, con la voz rota—. Sí. Le creí.
Me acerqué a Nahuel. Le puse las manos en la cara, como esa noche en la cocina de su casa. Tenía un corte en el labio. El mismo labio que me había besado.
—¿Me chocaste vos? —le pregunté, mirándolo a los ojos—. Decime la verdad. Aunque me duela. ¿Fuiste vos?
Me agarró las muñecas. No para apartarme. Para sostenerse.
—No sé —susurró—. Ojalá pudiera decirte que no. Pero no sé. Y si fui yo... entonces no merezco ni que me mires.
Le solté las manos. Di un paso atrás. Y otro. Cada paso me dolía como si me arrancaran algo.
Porque yo lo quería. Con 20 años, sin recuerdos completos, con un padre recién despertado que lo odiaba, con un apellido Duarte que pesaba toneladas... yo quería a Nahuel Ibarra.
Pero también quería saber quién era. Y si para saber quién era tenía que soltar al amor que encontré en sus brazos, ¿entonces qué clase de elección era esa?
—Necesito tiempo —dije, con la voz hecha pedazos—. Necesito... necesito estar con mi papá. Necesito saber mi nombre entero antes de saber si puedo darte el tuyo.
Nahuel asintió. Una vez. Tragó saliva.
—Dos golpes —dijo—. En la pared. Donde sea que estés. Dos golpes y estoy. Aunque me odies. Aunque tu papá me mate. Dos golpes.
Se fue por el pasillo, solo, con las manos en los bolsillos, con 22 años y pareciendo de 50.
Germán me puso una mano en el hombro.
—Hiciste lo correcto, nena —dijo—. Los Ibarra solo traen problemas. Siempre fue así.
Miré la puerta por donde se había ido Nahuel. Luego miré la puerta de la habitación donde mi papá volvía a dormirse, agotado, murmurando mi nombre.
Tenía mi identidad de vuelta. Tenía a mi papá vivo. Tenía mi apellido: Elena Duarte.
Y acababa de soltar al único hombre que me había querido cuando no tenía nada de eso.
No sabía si era una victoria o una derrota. Solo sabía que me dolía respirar.
—Ve a descansar.
Me susurro German poniendo una mano rn mi hombro.
—No quiero irme.
Le confesé.
—Necesitas dormir en una cama... Tu padre ya desperto...
—Tu también...
—Te acompaño... Un par de horas y volvemos.
Asenti no muy segura.
Como la secuestro y desde cuando lo hizo 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Veremos que pasa si la ayuda Nahuel ella se decidirá aceptar la propuesta
🤔🤔🤔❓❓❓❓