Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro
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Capítulo 12 – Actuar como si nada
Los seis días que siguieron fueron los más largos de la vida de Valentina. Seis días fingiendo que no sabía. Seis días desayunando, cenando, durmiendo al lado del hombre que había planeado su muerte. Cada mañana se miraba en el espejo y se decía: Hoy es un día más. Hoy sonríes. Hoy lo quieres. Hoy no sospecha.
Y funcionaba. Adrián estaba tan ocupado con sus propios planes que no notaba la frialdad en sus ojos, la rigidez de sus abrazos, el modo en que ella apartaba la mirada cuando él decía "te amo". Él veía lo que quería ver: una esposa sumisa, distraída con su trabajo, completamente ajena al torbellino que se avecinaba.
Pero Valentina estaba más alerta que nunca.
El lunes, Adrián llegó a casa con una caja de bombones. Los mismos que le había regalado el día que le pidió que se casara con él. Valentina los aceptó con una sonrisa y los guardó en la nevera. No los probó. Podían estar envenenados. O no. Pero ya no confiaba ni en el chocolate.
—¿No vas a comer ninguno? —preguntó él, apoyado en el marco de la puerta de la cocina.
—Los guardo para el fin de semana —respondió ella, cerrando la nevera—. Así duran más.
Adrián asintió, pero sus ojos se estrecharon apenas un milímetro. Valentina lo notó. Todo lo notaba ahora. La forma en que él observaba sus movimientos, cómo calculaba cada gesto, cómo medía cada palabra. Era un animal acechando a su presa, y ella era la presa que se había vuelto cazadora.
El martes, Valentina fue al taller de restauración. No para trabajar. Para encontrarse con Daniela en un lugar que Adrián no pudiera vigilar. Daniela llegó con gafas de sol y el pelo recogido, como si temiera ser reconocida. Las dos mujeres se sentaron en la trastienda, rodeadas de cuadros rotos y pinceles secos.
—Tengo miedo —dijo Daniela—. Él me ha llamado tres veces hoy. Quiere verme esta noche.
—¿Y qué le has dicho?
—Que no podía. Que estaba resfriada.
—Bien. Sigue así. No le des motivos para sospechar, pero tampoco te acerques demasiado. Necesitamos que esté nervioso. Que cometa un error.
—¿Qué tipo de error?
—Que intente cambiar el plan. Si modifica la fecha o el método, podemos perderlo. Por eso necesito que me mantengas informada de cada cosa que te diga.
—¿Y si me pregunta por ti?
—Dile que estoy normal. Que no he dicho nada raro. Que sigo confiando en él.
—Mentirle a la cara…
—Lo has hecho durante años. Unos días más no te van a matar.
Daniela bajó la mirada. Sus manos temblaban sobre el regazo.
—Valentina… yo siento mucho…
—No quiero tus disculpas. Quiero tu colaboración. Cuando esto termine, podrás irte a donde quieras y empezar de nuevo. Pero mientras tanto, necesito que te olvides del remordimiento y te concentres en sobrevivir.
Daniela asintió. Se levantó y salió del taller sin decir nada más. Valentina se quedó sola entre los cuadros, mirando una réplica del Grito de Munch que alguien había dejado abandonada. Se sintió identificada.
El miércoles, Adrián la sorprendió cocinando. Se acercó por detrás y la abrazó mientras ella picaba cebolla. Sus brazos la rodearon con una fuerza que antes le parecía protectora y ahora le resultaba amenazante.
—¿Sabes qué he estado pensando? —dijo él, apoyando la barbilla en su hombro.
—Dime.
—Que deberíamos irnos de viaje. Después de que termine este juicio. A la playa. A ese pueblo donde fuimos de luna de miel.
Valentina sintió un escalofrío. El pueblo donde fueron de luna de miel estaba a treinta kilómetros de la casa de Rocío.
—Sería bonito —respondió, sin dejar de picar cebolla—. Pero ahora tengo mucho trabajo.
—El trabajo puede esperar. Nosotros no.
La frase sonó dulce. Pero Valentina tradujo en su mente: El trabajo puede esperar. Tu muerte, no.
Esa noche, mientras Adrián se duchaba, ella abrió su teléfono. No había cambiado la contraseña. Seguía siendo la fecha de su boda. Qué irónico. Encontró los mensajes con Daniela. Los había borrado de la bandeja de entrada, pero no de la papelera de reciclaje. Valentina los restauró uno por uno y les tomó fotos.
Había decenas. Algunos eran obscenos. Otros eran escalofriantemente prácticos: "¿Ya le diste los somníferos?", "¿Revisaste el seguro?", "¿La casa de la playa está lista?".
Guardó el teléfono justo antes de que Adrián saliera del baño.
—¿Todo bien, amor? —preguntó él, secándose el pelo.
—Todo bien. Solo estaba pensando en lo del viaje. Creo que tienes razón. Después de este juicio, nos vamos.
Adrián sonrió. Era una sonrisa tan amplia, tan sincera, que Valentina casi podía creerla. Casi.
Se acostaron. Él apagó la luz. A los cinco minutos, su respiración se volvió profunda y regular. Dormía. Valentina esperó treinta minutos más. Luego, con la lentitud de una serpiente, sacó la grabadora que había escondido debajo de su almohada y la activó.
—Adrián —susurró—. ¿Estás despierto?
No respondió.
—Adrián, tengo que decirte algo.
Silencio.
—Sé lo de Daniela. Lo sé todo.
Nada. Pero Valentina sintió cómo su cuerpo se tensaba bajo las sábanas. Estaba despierto. Estaba escuchando.
—No voy a hacer una escena. No voy a pedir el divorcio. Solo quiero que sepas que lo he sabido siempre. Desde el primer día. Y que me da igual.
Dejó pasar unos segundos. Luego añadió:
—Porque yo también tengo a alguien más.
Adrián no se movió. Pero su respiración cambió. Se volvió más rápida. Más furiosa.
Valentina sonrió en la oscuridad. La semilla de los celos estaba plantada. Ahora solo tenía que regarla.
Cerró los ojos y fingió dormir. A su lado, Adrián permaneció despierto hasta el amanecer, dando vueltas en la cama, mordiéndose los labios, imaginando quién podía ser el otro. Leonardo. Un cliente. Cualquiera.
Y por primera vez en años, no era él quien controlaba el juego.
La cazadora se había convertido en cazador.